LA HUMANIDAD DEL
FUTURO
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado y Maestría
en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
La evolución humana no terminó cuando aprendimos a caminar sobre dos piernas ni construimos nuestras primeras ciudades. De hecho, sigue ocurriendo hoy en día, solo que intervienen diferentes factores. La tecnología, el cambio climático, la medicina y la globalización están cambiando nuestra forma de vida y reproducción. Los científicos se preguntan: ¿Qué sigue? El cerebro se hará más pequeño, pero no perderá su eficacia. Parece un escenario distópico, pero los científicos están considerando seriamente la posibilidad de que el cerebro humano se reduzca en el futuro.
Y hay evidencia que lo sugiere: en los últimos veinte mil años, nuestro cerebro ya se ha encogido unos ciento cincuenta centímetros cúbicos, aproximadamente el tamaño de una pelota de tenis. ¿Por qué ocurre esto? Los antropólogos establecen un paralelismo con los animales domésticos: sus cerebros también se encogen a medida que disminuye la agresividad y aumenta la dependencia del grupo. Los humanos hemos pasado esencialmente por un proceso de auto domesticación: en lugar de depender únicamente de nosotros mismos, comenzamos a vivir en sociedades complejas con división del trabajo, donde no tenemos que estar constantemente en guardia y resolver todos los problemas solos por lo que vamos abandonando muchas de las funciones del cerebro.
Y, creo que ahora con la tecnología lo harán más rápidamente las próximas generaciones de humanos ¿A qué se debe? A que ya no confiamos ni en nuestro cerebro, ni en nuestra memoria, todo se lo v amos dejando a la inteligencia artificial, a las redes, los teléfonos inteligentes, los cálculos complejos a los algoritmos y la comunicación a las redes sociales. Es fácil deducir que, si la inteligencia artificial y los sistemas digitales asumen cada vez más tareas mentales, la selección natural puede empezar a favorecer a las personas con cerebros más compactos, pero energéticamente eficientes.
Esto no significa que los humanos se volverán más tontos, sino que su inteligencia se adaptará a un mundo donde las máquinas son las que más piensan. El cerebro del futuro podrá ser más pequeño, pero estará optimizado para la vida en simbiosis con la tecnología. Mayor resistencia a la contaminación del aire y a las toxinas industriales. El cerebro humano se adaptará a la contaminación atmosférica, la baja de oxígeno al respirar, no olvidemos que en la actualidad ya es la cuarta causa principal de muerte en el mundo, en nuestro país cada vez hay más ciudades contaminadas. El polvo fino, los gases de escape y las emisiones industriales destruyen nuestros pulmones, dañan nuestro corazón e incluso reducen nuestras capacidades cognitivas (Mentales). Pero no todos sufren por igual.
Algunos tienen rasgos genéticos, como variaciones en los genes, que les ayudan al cuerpo a neutralizar las toxinas con mayor eficacia. Investigaciones realizadas en las ciudades más contaminadas del mundo, como México, Delhi y Pekín, muestran que sus habitantes ya presentan diferentes reacciones al smog: algunos presentan una inflamación más leve, lo que implica consecuencias menos graves para la salud.
Dado que la mayor parte de la humanidad probablemente vivirá en mega ciudades en el futuro, estas diferencias genéticas podrían desempeñar un papel clave en la evolución. Quienes tengan un cuerpo más resistente al aire tóxico tendrán mayores posibilidades de vivir una vida sana y procrear. Y si el aire limpio sigue siendo un lujo, la selección natural podría, en pocas generaciones, eliminar silenciosamente a quienes no puedan adaptarse a la vida en un ambiente de smog.
Resulta que podemos estar evolucionando lenta pero seguramente hacia una especie que no sólo sobrevivirá en aire sucio, sino que se adaptará a él. Las muelas del juicio son un ejemplo clásico de cómo la evolución elimina gradualmente partes innecesarias del cuerpo. Nuestros ancestros lejanos las necesitaban: las mandíbulas grandes y los alimentos ásperos, como la carne cruda y las raíces, requerían muelas adicionales para moler. Pero con la llegada del procesamiento térmico de los alimentos y el desarrollo de la agricultura, nuestras mandíbulas comenzaron a encogerse y simplemente no quedó espacio para las muelas del juicio.
Hoy en día, causan más problemas que beneficios: se inflaman, se deforman y obligan a la gente a acudir al cirujano odontólogo. Curiosamente, en la actualidad ya, entre el 35 % y el 40 % de las personas nacen sin una o más muelas del juicio, y el número de estos casos aumenta con cada generación. El mismo destino corrió con el musculo palmar, en donde el quince por ciento de las personas carece del músculo palmar largo, que antaño ayudaba a nuestros ancestros a trepar árboles con destreza. El músculo plantar, útil para agarrar con los pies, falta en el nueve por ciento de la población mundial.
Incluso el cóccix, heredado de nuestros ancestros con cola, ya no cumple ninguna función, pero no tiene prisa por desaparecer. Estos cambios no se producen por mutaciones repentinas, sino porque la evolución, lenta pero segura, elimina todo lo innecesario. Me pregunto ¿Cómo los humanos se adaptaron a vivir en las grandes alturas de las montañas, donde el oxígeno es raro, o escaso? Los tibetanos, por ejemplo, heredaron una versión especial de un gen de sus antepasados. Gracias a esto, sus cuerpos aprendieron a utilizar eficazmente el oxígeno escaso sin aumentar la viscosidad sanguínea. Los que viven en los Andes, tomaron un camino diferente: sus cuerpos producen más glóbulos rojos y aumentan la capacidad pulmonar. Y los etíopes demuestran una resistencia asombrosa a la hipoxia sin cambios en los niveles de hemoglobina. Lo más sorprendente es que todas estas adaptaciones surgieron en tan solo unos miles de años, un abrir y cerrar de ojos en el tiempo evolutivo.
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