jueves, 10 de julio de 2025

 

REFLEXIÓN SOBRE RECUERDOS DE LA INFANCIA

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.

En la mayoría de los casos, las personas, incluso los villanos, son personas más ingenuas de lo que solemos suponer. Por cierto, tras unos cuantos años que mi madre me abandono en este mundo y ella se marchó al descanso eterno la recordare por el resto de mi vida. Su rostro, sus caricias, como si estuviera ante mí, viva. Tales recuerdos son tristes, todos los sabemos incluso desde una edad temprana cuando se pierde uno de los padres o hermanos, y siguen apareciendo a lo largo de la vida como puntos brillantes en la oscuridad de la mente, como cuando lo vez en un rincón en un cuadro de una foto para darnos cuenta que no dejaremos que se apaguen del todo, y desaparezcan de nuestra mente.

Como todo niño en una familia numerosa, siempre hay uno más travieso, y fui el que le saco las canas verdes a mi madre y a mi padre. De mi carácter, diré que me recuerdo, inquieto, astuto, calculador, pícaro, travieso, pero contaba con la gracia de congraciarme y agradar, y la capacidad de hacerme querer. De modo que el don de despertar un amor especial por mí mismo lo contenía, por así decirlo, en mi propia naturaleza, lo traía impregnado en mis genes como ese algo natural con el que cuentan todos los niños traviesos que tienen ese corazón puro, sin malicia, o malos pensamientos.

Me gustaba platicar en clases, y desde el lugar en donde estuviera sentado levantaba la mano para responder con voz firme la pregunta. Fui aprendiendo, y observando todas esas cosas pequeñas que los niños observamos inmensas. Todo aquello que desconocía, y no comprendía y que con el correr de los años ahora me resulta familiar. En mi mente infantil no existía la depravación moral que me hicieron aprender en los 10 mandamientos para mi primera comunión, ni tenia los alcances para reflexionar sobre el cinismo social. Mi vida trascurría viviéndola de forma humilde, decente, sin ostentaciones, y en mente contaba con la firme idea de que existían los milagros, la varita mágica, el desear una cosa para obtenerla. Por eso hoy mirando atrás sostengo que los niños son dignos de admiración y respeto, ya que para ellos no son los milagros los que los inclinan a la fe, no son creyentes fanatizados, y solo creen en sus sentimientos de los cuales solo admiten el amor a sus padres, y hermanos.

Así que al ser llevado a un templo religioso es para él, un mundo desconocido en el cual sus padres lo obligan a hacerlo el de su preferencia, puesto que la fe no nace de un milagro, sino que un milagro nace de la fe. Debo admitir sin embargo que a pesar de mi edad sigo pensando que existen los milagros  como lo existen para todas las  almas humildes en sus sentimientos, agotadas por los sufrimientos que la vida les va poniendo para que los enfrenten, y que pueden valorarlos como injusticias de su Dios, o por culpa de los pecados aprendidos en su infancia, y es “allí” donde buscan el consuelo a sus penas rogándoselo a un santo, postrándose o adorándole mediante imágenes, por lo que podría reflexionar que en este mundo nadie se va sin pecar, ser falso, y mantener en su mente pasiones, y tentaciones ¿Quién tiene la verdad, quien la conoce, quien es un Santo espiritual? En la edad adulta somos solo apariencia con una mente repleta de tonterías, en donde deseamos imponer siempre nuestras reglas y criterios. Y para ello prometemos lo que nunca cumpliremos.

En mi pubertad aprendí la importancia de la puntualidad “Nunca esperé más de 15 minutos a una chica con la que quedaba en verme en un lugar” Una vez escuché a mi madre decir que una vecina era muy quisquillosa, y creía que se refería hacerle cosquillas en el costado de la panza. En tercero de primaria le repetí la palabra a mi maestra Chagua “Es usted muy quisquillosa” Y, ese día me dejo sin salir al recreo, incluso le pedía permiso para ir al baño y esperaba 10 minutos para darme el ansiado permiso, por lo que deduje que ser “Quisquillosa, no se refería a reír haciéndole cosquillas”

Pero sucedió hace mucho tiempo, así que no me avergüenza contarlo, y me sirve para meditar sobre la inocencia de los niños, y las infamias de los adultos. Son los adultos los que   vamos enseñando a los niños a que tengan vergüenza con actos que no son reprobables, y arremeten con intemperancia verbal. El cura del pueblo se subía al pulpito y sermoneaba ¡No se dejen llevar por la lujuria! – le pregunte a mi madre y recuerdo que me dijo “Son las cosas del cura que nadie sabemos por qué le tiene tanto odio a esa persona ¿Algo malo a de haber hecho en su niñez o juventud?”

– “Lo más importante hijo, es que nunca debes mentir, y mucho menos a ti mismo” Tenía razón mi madre, y años despues lo comprendí del todo “Quien se miente a sí mismo y escucha sus propias mentiras llega a tal punto que ya no discierne la verdad, ni en sí mismo ni a su alrededor, y, por lo tanto, se falta al respeto a sí mismo y a los demás” Un mentiroso no ama la verdad, y se entrega a sus pasiones “Quien se miente a sí mismo, es el primero que se auto ofende” Es por eso que millones de personas van sintiéndose ofendidas por las calles, sin que nadie las haya ofendido, sino que ellas mismas se van inventando en su mente esas ofensas, o van exagerando y alterando platicas y actos de las otras personas con las que tienen la oportunidad de convivir. Ofender es un placer negativo, pero placer, al fin y al cabo, pero cuando llega al oído de otro se convierte en odio, rencor, enemistad.

Hay dolores silenciosos en nuestra mente como lo son la muerte de nuestros padres, o hermanos, familia, amigos. Son recuerdos que desgarran el alma. Son recuerdos insaciables que se esconden en lo más oscuro y profundo de nosotros pero que cuando menos lo esperamos regresan, se hacen presentes. Nuestros padres en su ignorancia nos dan consejos en que no le temamos a nada, o solo a Dios. Nos enseñan que Dios lo perdona todo despues de nuestros pecados con solo arrepentirse ¿Acaso Dios, está siempre al pendiente de cada uno de nosotros nos arrepiéntanos?

Nos enseñan a que perdonemos a un difunto que nos ofendió en su vida. El amor de una madre es el tesoro más invaluable con el que puedes comprar la plenitud de la vida. Las personas fueron creadas para la felicidad, y quien es completamente feliz se siente verdaderamente honrado de decirse a sí mismo “Tuve los mejores padres” – Si, no eres capaz de amar a tus padres, no amaras a nadie. Lo principal es huir de las mentiras, de todas las mentiras, y personas mentirosas que vas detectando porque no solo te mienten a ti, sino a sí mismos.

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