jueves, 24 de julio de 2025

 

QUEJARTE DE TUS PROBLEMAS

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.

Probablemente todos hemos caído en esta trampa. Te enfrentas a un problema, grande o pequeño, y en lugar de actuar, te sientas y empiezas a pensar. Lo analizas desde todos los ángulos, desde diferentes escenarios, buscas dificultades, sopesas los pros y los contras, y así sucesivamente durante un día, dos, una semana. Parece que estás a punto de encontrar la solución perfecta, pero el problema no está resuelto. La paradoja es que pensar demasiado no es la clave de la solución, sino una llave de salida segura. Por eso, si te excedes, corres el riesgo de quedar atrapado en el problema, y nunca lo olvidaras.

Estás paralizando las ideas para que se convierta en tu enemigo número uno en la cabeza ¿Por qué? Te obsesiona tanto que dedicas todas tus energías a recopilar información, evaluar todos los riesgos posibles y predecir todos los resultados. Tu corteza prefrontal (la parte del cerebro responsable de la planificación compleja) trabaja arduamente, pero en lugar de claridad, sientes que te ahogas en un mar de datos. Cada vez que te cuestionas ¿Y, si hago esto, que pasaría? “Ahí, está la duda que te paraliza” Recuerda que la solución perfecta no existe por lo que nada garantizara que quede totalmente resuelto.

Y cuanto más estés en ese trance, y busques la perfección, lo más probable es que no des ni un solo paso. La acción se ve sustituida por una interminable simulación o engaño mental. ¿El resultado? “Nada” El problema no solo no se resuelve, sino que se ve plagado de nuevos miedos y dificultades hasta llevarte al agotamiento emocional, mental. Traer en tu cabeza reviviendo un problema a cada paso que des genera ansiedad, miedo al fracaso, decepción, ira contra uno mismo o contra las circunstancias. Quedas atrapado en un círculo vicioso de pensamientos obsesivos y repetitivos centrados en los aspectos negativos del problema y tus sentimientos al respecto.

Esto va aumentando en tus niveles de estrés: el cortisol se dispara, lo que dificulta pensar con claridad y actuar racionalmente. Y repetir constantemente pensamientos sobre el problema puede causar indefensión aprendida: la sensación de no poder cambiar nada en absoluto y la falta de voluntad para hacerlo. Empiezas a ver el mundo a través de tu ansiedad. Cuando piensas en un problema durante demasiado tiempo sin tomar acción, tu percepción de la realidad se distorsiona y tus pensamientos se convierten en una realidad.

El miedo al posible fracaso te hace ver amenazas donde no las hay, exagerar las dificultades y subestimar tus fortalezas. Vas sobrecargando tu mente hasta que te paralizas y a partir de ahí, te da miedo actuar. Los problemas que no se resuelven de inmediato van distorsionando la mente, y cuando te decides actuar es demasiado tarde debido a que las decisiones que tomas son ineficaces o excesivamente complejas, o a la inacción. “Perder el tiempo, es perder la oportunidad” La vida no se detiene exclusivamente para darte tiempo en reflexionar, el contexto cambia rápidamente, aparecen nuevas circunstancias, nuevos datos y nuevas oportunidades.

Una acción rápida, aunque sea imperfecta, a menudo proporciona más información y posibilidades de corregir el rumbo que meses de deliberación que nos hacen perder el momento. Podrías perder una ventana de oportunidad que sólo se abre por un tiempo, y un problema que podría haberse resuelto con relativa facilidad en una etapa temprana, mientras estabas “pensando”, podría convertirse en un verdadero desastre. No hay mayor inutilidad que quedarse rumiando consolándose en que las cosas cambiaran por si solas si les das tiempo suficiente, eso solo es una ilusión que sirve como defensa psicológica. Y aunque reduce un poco la ansiedad no la controla por completo. Aprendiste que, si lo piensas todo, puedes evitar errores, dolor y fracasos. La verdad es que los problemas cuanto menor sea el tiempo en afrontarlos con acción, retroalimentación, corrección, menor serán los daños.

Pensar sin actuar no resuelve nada, simplemente es una forma de estar escapando hasta llegar a la fatiga mental perdiendo en ese tiempo valioso la concentración en otras tareas y de toma de decisiones en general. Gastas toda tu energía mental en una rutina sin fin, sin avanzar hacia la meta. En este estado, encontrar una solución realmente buena es casi imposible. Pierdes el contacto con el presente. Cuando estás absorto en un problema, tu consciencia casi siempre se pierde en el pasado o en un futuro inquietante buscando encontrar la culpa perfecta. Es el tiempo presente cuando tienes la capacidad, el poder de cambiar en algo el problema, y cuando te quedas atrapado pierdes la oportunidad de acción que esta frente a ti.

El presente es el momento justo donde puedes obtener retroalimentación objetiva de la realidad del problema. Cuando piensas en el pasado o el futuro, te estas enfrentando a recuerdos distorsionados o fantasías, no a hechos. Ese espacio de tiempo en la mente crea impotencia. Dudar de uno mismo, de los demás, de las palabras, de las acciones y de las emociones es parte de la naturaleza humana. Las dudas nos hacen frenar y pensar: ¿lo estamos haciendo todo bien? Gracias a ellas, a menudo evitamos decisiones precipitadas y riesgos injustificados. Pero las dudas también pueden afectar negativamente tu calidad de vida.

Pueden impedirte alcanzar tus metas, exigir lo que quieres, desarrollarte y dejar atrás todo aquello que te frena. Es importante comprender a tiempo que te equivocas y deshacerte de las dudas antes de que cambien tu perspectiva y te perjudiquen. La gran mayoría de las personas dudan de su importancia como seres humanos en su familia, trabajo, relaciones sociales. Se notan cuando hablan solo de problemas en su vida sin esperar una respuesta de quien lo escucha. Cree que con sus palabras cambiara la situación, pero sin acción no hay solución, y por lo tanto solo está soltando con sus ansiedades sus propias inseguridades. ¡No, la gente no tiene por qué estarte escuchando con tus ansiedades en la tu vida, ni tampoco escuchar tus críticas para con otras personas!

La gente no está para justificarte o valorarte en si haces lo correcto o no. Si dejas de ir quejándote, no significa que no seas importante. No pierdas ni un segundo dudando de tu propio valor. Simplemente abandona el lugar donde no te aprecia y deja de buscar confirmación de tu valor en el trato que recibes los demás. Conviértete en esa persona que creerá en ti pase lo que pase.  Dudar de ti mismo te impide concentrarte en la acción. Esas dudas te ponen en escenarios negativos generados por tu imaginación, y ante ellos terminas por resignarte.

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