sábado, 19 de octubre de 2024

 

MI EXPERIENCIA EN EL RASTRO COMO ESTUDIANTE

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Médico Veterinario Zootecnista FESC- Universidad Nacional Autónoma de México. 

 Algún día tendremos un caballo que dará leche como una vaca, lana como una oveja, pondrá huevos como una gallina y ladrará como un perro, y un granjero puede criar un tipo de animal y obtener todo de él. ¿No es este el sueño de la humanidad?

 Llegamos temprano al rastro, éramos estudiantes de la carrera de Medicina Veterinaria y Zootecnia, y acudíamos aprender sobre la vida normal, y el manejo de un rastro. Lo primero que me llamó la atención al entrar fue el ruido (sobre todo mecánico) y el hedor asqueroso a cuerno, viseras quemadas, suciedad. Primero nos mostraron el área de matanza, ¿cómo se matan las vacas? Uno por uno de los estudiantes nos acomodamos para observar desde un puesto alto y vimos a las vacas que las arriaban con toques eléctricos mientras ellas lloraban desesperadas ante su muerte.

 Un hombre con una pistola eléctrica se inclinó sobre la valla y disparó al animal entre los ojos. Esto aturdió y el animal cayó al suelo. Luego se levantaron las paredes del pasadizo, y la vaca salió rodando, volteándose de costado. Parecía petrificada, como si cada músculo de su cuerpo estuviera congelado por la tensión. El mismo hombre enganchó una cadena alrededor del tendón de la pata de la vaca y, utilizando un mecanismo de elevación eléctrico, la levantó hasta que sólo quedó la cabeza de la vaca en el suelo. Enseguida tomó un gran trozo de alambre, a través del cual, según nos aseguraron, no podía pasar corriente alguna, y lo insertó en el agujero hecho por la pistola entre los ojos del animal.

 Nos explicaron que de esta forma se corta la conexión entre la médula craneal y espinal del animal, y éste muere. Cada vez que el hombre insertaba un cable en el cerebro de una vaca, ella pataleaba y resistía, aunque parecía estar inconsciente se veía como sufría ante el arribo de su eminente muerte. Varias veces mientras observábamos esta operación, vacas que no estaban del todo aturdidas, cayeron de la plataforma metálica, y pataleaban en el piso mojado tratando de incorporarse y salir huyendo. Por su parte el hombre tenía que tomar nuevamente la pistola eléctrica, y les propinaba otro disparo en la frente. Cuando la vaca perdía la capacidad de moverse, la levantaban de modo que su cabeza quedara colgada cerca del piso.

 Enseguida, el hombre envolvía la cabeza del animal y le cortaba el cuello. Cuando hizo esto, la sangre brotó como una fuente, inundando todo a nuestro alrededor, incluidos nosotros. El mismo hombre también cortó las patas delanteras a la altura de las rodillas cuando aún el animal no había terminado de vivir. Otro trabajador cortó la cabeza de la vaca, que estaba torcida. El hombre que estaba arriba, sobre una plataforma especial, estaba desollando. Luego llevaron el cadáver más lejos, donde su cuerpo fue cortado en dos y se cayeron las entrañas (pulmones, estómago, intestinos, etc.)

 Me quede impactado cuando un par de veces tuvimos que ver cómo caían terneros bastante grandes y desarrollados de vacas recién degolladas. Había vacas embarazadas en su último tercio de su gestación. El guía comisionado por el rastro para darnos información, dijo que estos casos son comunes aquí. Luego, el hombre cortó el cadáver por el lomo con una motosierra y la carne fue al congelador. Mientras estábamos en esa área, sólo se sacrificaban vacas, pero también había ovejas en los establos en espera a que terminara la matanza de las vacas para seguir ellas y despues los cerdos. Los animales que esperaban su destino mostraban claramente signos de pánico, jadeaban, ponía los ojos en blanco y echaba espuma por la boca. Intuían y vivían aterrados ante su próximo fin.

 Nos dijeron que los cerdos se matan mediante electrocución (Pero ese día no sucedió en esta forma, sino que los colgaban de una cadena y les clavaban un cuchillo partiéndoles el corazón, y aun estando el animal vivo, desangrándose lo dejaban caer en una pila de agua hirviendo). En cuanto al uso de electrocución en las vacas, se nos informó que este método no es adecuado para las vacas, porque para matar a una vaca se necesitaría tal voltaje eléctrico que la sangre se coagula y la carne queda completamente cubierta de manchas negras. Mi corazón se llenó de angustia al observar el sufrimiento de los animales, y sus gritos desesperados taladraban mis oídos, fue tanta la afectación emocional que dure varios di9as sin probar un pedazo de carne en mis alimentos, y el recuerdo me seguía día y noche.

 En ese momento de ansiedad comenzaron a traer las ovejas. Las colocaron y les cortaron el cuello con un cuchillo afilado y luego la colgaron de la pata trasera para drenar la sangre. Esto aseguraba que el procedimiento no tuviera que repetirse, de lo contrario el carnicero tendría que rematar manualmente a la oveja mientras se retorcía en agonía en el suelo en un charco de su propia sangre. Las ovejas sentían la muerte, y comenzaban a llorar, se orinaban, y algunas se arrastraban al suelo intentando que con ello no las movieran al lugar en donde acaba de ver morir a sus compañeras, pero todo fue en vano. Los animales sentían el aliento de la muerte que se acercaba y resistían. Usando picas eléctricas y filosas puntas las herían y otro hombre la empujaba por fin el animal era arrastrado a la fuerza, perdía su última batalla y su vida cerró la puerta.

 Desde el lugar en donde me encontraba podía ver como el cuchillo les atravesaba sus entrañas y pude escuchar su ultimo lamento desgarrador, luego vi correr su sangre por el piso. Aún con tantos años que han pasado recuerdo la mirada de aquellas vacas y ovejas quienes gritaban y miraban hacia mí en busca de auxilio. Bastaron unos minutos para que cada uno de los animales se quedara en silencio para siempre. Atrás quedaba su pataleo, miedo, ansiedad, un charco de sangre. Aún recuerdo el forcejeo para que el cuchillo no entrara en sus entrañas. El animal se resistía en plena conciencia que la iban a matar sin piedad, y murió desangrada. 

 Los animales suelen pasar hasta tres días en un camión sin comida ni agua hasta su descarga en los corrales del rastro. A la sed y el hambre debilitantes a menudo se suma el factor climático: en invierno, los vientos helados provocan hipotermia general y congelación local, en verano, el calor abrasador y la luz solar directa, junto con la falta de agua, provocan deshidratación del cuerpo; El sufrimiento de los becerros comienza unos dos o tres meses antes de ser enviados al rastro ya que son castrados para que engorde y consuma menos alimento.

 Vale tocar la castración de los becerros de engorde, ya que es extremadamente dolosa, y sumerge al animal en un estado de shock durante mucho tiempo. En la mayoría de los casos se castra sin anestesia. El proceso es el siguiente: se tira al animal en el suelo y se corta el escroto con un cuchillo, dejando al descubierto los testículos. Luego, cada uno de ellos se arranca con la mano, rompiendo los ligamentos y venas que los sujetan, y se pone un hilo alrededor. Enseguida se le pone un desinfectante cicatrizador.

 

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