domingo, 18 de enero de 2026

 

AJOYA, SAN IGNACIO, CUNA DE “MANJARREZ”

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Maestro de Danza, y Maestro de Teatro. Egresado del Instituto Nacional de Bellas Artes.

 En el verano, las montañas son áridas, cenizas, y los ríos son secos. La vegetación se observa muerta y es como si el tiempo para dar paso entre la vida y la muerte se haya detenido. Ese era el tiempo en que disfrutábamos el periodo de las vacaciones largas, ese tiempo que marcaría los pasos de mi juventud. Una edad inquieta que se aburre fácilmente, que le sobra entusiasmo y no haya en que quemar sus energías, que no encuentra nada que se prolongue para disfrutarlo.

Era el regreso a mi pequeño pueblo lo cual desde varios dias antes estaba preparando mi maleta con entusiasmo. Tiempo libre para ir a donde deseara sin la obligación de asistir otro día a clases, estudiar, prepárame para los exámenes, etc. Cada verano me dirigía hacia allí con la esperanza de reencontrarme con mis amigos. Eran tiempos de recuperación de fuerzas, entusiasmo por el estudio, un clima quemante, y un obligado baño en las tranquilas aguas del rio. En diciembre regresaba para disfrutar de unas vacaciones más cortas con clima frio. Al final de las vacaciones de verano el calor era infernal, y daban inicio a la temporada de lluvias con lo cual a la primera gota que caía se iba la electricidad, y no podían funcionar los abanicos eléctricos.

Al final de las vacaciones los dias los aprovechaba para ir a vagar por los nacientes arroyos, o recorrer caminos por las verdes montañas con todo el tiempo libre de impuestos disfrutando la naturaleza en todo su esplendor. Justo en esa estación iniciaban a florecer las flores de todo tipo, y me encantaba ver a las silvestres. Hoy, me es difícil regresar a mi pueblo, y recorrer aquellos caminos por lo que vivó en la ciudad sin su lluvia, viento, frio, calor infernal, pero sigo con la vista puesta en la zona, pensando que quizás haya una atracción gravitatoria entre nosotros a medida que regreso a mis recuerdos, creo que me acerco, y que, naturalmente, mis recuerdos me conducen hasta allí.

En una de estas vacaciones me dirigí hacia las profundas montañas a un pequeño caserío rural de nombre San Francisco Javier de Campañillas. Cerca del mismo hay otro pueblo un poco más grande de nombre “Ajoya” y más arriba el antiguo pueblo minero “San Francisco del oro” hoy conocido como el Chilar. Todos son pequeños, y se localizan en el inicio de la sierra madre occidental, todos estan escondidos entre cerros altos de grandes piedras. Este viaje lo hice con la intención de ir a visitar a mis parientes hijos de mi tío abuelo “Cheno Manjarrez Bastidas”

En el camino al pequeño poblado, recuerdo que iba disfrutando de un día soleado, cálido, y de repente se dejó caer una lluvia fría torrencial e inesperada añadiéndole un toque invernal en pleno verano. Como mi destino ya no estaba lejos, continúe caminando bajo una fina llovizna de verano. El camino estaba desierto, flanqueado por ondulantes colinas verdes, el cielo pesado y la lluvia incesante. No sé cuándo salí un momento del camino para subirme a una loma alta que despues supe le llaman del pueblo del “Carrizal”

Desde arriba vi como el camino serpenteaba por vados del arroyo entre los picos verdes y corriendo su agua rumbo a encontrarse con el rio abajo. Cuando llegue al cruce del camino que me indicaba “Campañillas” a la izquierda, y Ajoya de frente apareció en mi mente que debía ir Ajoya, y que campañillas lo pisaría de regreso. Nunca imaginé que pisaría esta tierra simplemente de paso, ya que es la ranchería rural donde nació mi abuela Isabel Manjarrez Bastidas. Y, pensaba que siempre llegaría un momento en mi vida en el que haría un viaje especial y serio para sentir la brisa del campo que ella disfruto en su niñez, y que yo en mi juventud deseaba apreciar, aunque solo fuera por unos cuantos minutos fugases.

Me dirigí a Ajoya, atravesé el rio rumbo a la montaña y desde la mitad de lo alto de la montaña decidí ver el poblado, el rio el bosque. Mi regreso al poblado coincidió con una señora quien al verme sonrió quizás un poco sorprendida de que alguien de la ciudad viniera al pueblo con este tiempo, ¿no? Y un pueblo que se niega a perecer en un lugar remoto. Recordé que en el camino me encontré con un señor que viajaba arriando vacas a lomo de su caballo cantando alegremente en el silencio del campo.

 Al examinar la historia estos lugares veo que fue Francisco Manjarrez quien en la nueva España los adquirió, y trabajo. Y que a campañillas le puso Francisco Javier por su hijo, y que a partir de allí las glorias económicas de la familia Manjarrez la siguen disfrutando sus generaciones.  Los tiempos han cambiado, y no es necesario repetir aquí los debates de antaño de si era vasco, y vino a sacar la riqueza de la tierra, mejor pensemos que era una práctica común de su época. Además, ya han pasado más de 200 años, y las rancherías y pueblos siguen aquí como las rocas duras que no las dobla ni los arroyos, el rio o la lluvia, y Francisco Javier sigue siendo recordado por el nombre de este rancho que disfruta su gente de la naturaleza y no se ven castigados o condenados a los problemas de la ciudad.

Algunas cosas simplemente deben ser hechas por alguien, y lo hacen. Tenemos la vida que tenemos hoy gracias a eso. Alguien hace un sacrificio y con el paso del tiempo otros lo disfrutan. Somos hijos de diferentes tiempos a los que no nos dejaron ni siquiera una foto porque no existían, y hoy nos quedamos sin mirar una foto y los pocos recuerdos que mi padre, y mi i abuelo, el resto se lo llevó el viento. Y, aunque Nunca nos conocimos en la vida y sin embargo nos convertimos en su más gloriosa admiración. Su fallecimiento no solo dejó heridas irreparables en el corazón de mi padre, y abuelo, un dolor que les duro toda su vida.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario