UN RECUERDO DE MI
INFANCIA
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado
y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
Una de mis primeras impresiones del campo permanece en mi memoria: un paseo con mi padre hasta la milpa de ajonjolí en el potrero de los “tules”. Su naturaleza era un poco seca y tranquila, podría decir que si no fuera por el calor seria incluso acogedora. Por el camino fui recogiendo pequeñas piedras redondas, y lisas para mi resortera. De repente por la tarde el cielo se comenzó a oscurecer. Mi padre lo observaba con nortada preocupación en su rostro. Las nubes oscuras aparecieron en el horizonte y fueron apagando la luz.
El viento comenzó a embravecerse, los caballos jalaban la rienda del árbol en donde estaban atados con la intención de escapar. Mi padre me arrastro de la mano hasta donde se encontraban los caballos. Mire al cielo y todo se miraba arremolinado en un caos que producía ansiedad. Nos montamos en los caballos y emprendimos el regreso a casa dejando atrás el cielo que rugía estruendosamente. Un rugido que se hacía cada vez más fuerte a nuestras espaldas. Parecía como el cielo se estuviese cayendo sobre nosotros.
Mi padre me pidió que me bajara del caballo, y me tomo de la mano para subir por una montaña. Mientras subíamos y jalábamos de la rienda a los caballos el viento agitaba mi pequeño cuerpo, los árboles se inclinaban hasta alcanzar sus ramas el suelo doblándose. La fuerza del viento me parecía una fuerza maligna dispuesta arrastrarnos ladera abajo, y los arboles dispuestos atacarnos con sus ramas. De repente vi que atrás de nosotros nos seguía un hombre quien al igual lo sacudía el viento. El hombre grito ¡Roberto, Roberto!
Mi padre miro hacia atrás, y se dio cuenta que yo, ya casi me desvanecía por el esfuerzo, me agarro fuerte la mano, me levanto y me tomo entre sus brazos. Fue en ese instante que sentí nuevamente la seguridad, ese algo bueno que necesitamos los niños para comprender que nada nos sucederá. Mientras tanto, el hombre nos alcanzó y se agarró de la cola de mi caballo aferrándose con fuerza para ayudarse a subir la montaña. Llegamos a la boca de una cueva, y nos metimos para protegernos de la tormenta. Una hora despues volvió la calma.
Fue una experiencia tan llena de ansiedad que todavía puedo reproducir en mi alma el sentimiento que entonces, en los albores de mi vida, llenó mi alma. La noche cayó, y el regreso a casa se hizo presente. Mi padre sobre la silla de su caballo quien caminaba tranquilamente. Ya no teníamos prisa, pronto llegaríamos a casa y disfrutaríamos el abrazo de mi madre y la cena. Por los callejones oscuros todavía corrían arroyos con hojas y ramas arrancadas por la tormenta, pero eso ya no me asustaba.
Muchos años despues regresé al mismo lugar, el mismo mes de
lluvias, pero ahora lo hice caminando, sin caballo, y sin padre para cuidarme a
mi lado. Ya no había milpa de ajonjolí, mi padre había muerto, pero el lugar
seguía siendo el mismo, solo que ahora me parecía más pequeño, la montaña menos
alta, la lluvia menos aterradora. Camine acelerando mis pasos para subirla, y
allí, estaba la cueva como en aquel entonces. Aquella a la que me llevo mi
padre en brazos ante una intensa lluvia, y rayos estruendosos. Si, aquí estaba
parado en su entrada como en aquel entonces. Ahora había crecido, pero
recordaba aquel largo camino oscuro, con viento, en donde no se veía claro nada
¿Por qué y para que regresar? No lo tenía de nuevo nada claro. Me recosté sobre
una piedra observando la naturaleza.
Dentro de la cueva vivían chinacates, y casi a la entrada mariposas negras. Esta cueva esta no muy lejos del pueblo, cerca de ella hay un camino. Ya, no era un niño, había llegado a la edad en donde las chicas captaban mi imaginación. Recuerdo muy bien este lugar porque aquí mi padre me demostró el gran amor que me tenía cuidándome. Aquella tarde deje abajo el miedo a la oscuridad, y sus sombras, y solo veía el rostro sonriente de mi padre dándome la seguridad que necesitaba para sentirme tranquilo.
El alma del niño, se aclaró y se abrió a nuevos caminos. Este camino siendo un niño me pareció muy largo, pero después de varios años me pareció muy corto. Las flores silvestres del campo me enseñaron a amar y apreciar los colores, sus olores. Las hojas verdes de los arboles me resultaban agradables al tocarlas, todo ello de alguna manera se fue depositando en mi alma. Esos colores que conocí en la infancia a través de las flores.
Las mariposas ocuparon un lugar importante en mi vida en esos años. La fragilidad de su color, que se desvanece tan fácilmente como un arco iris en las nubes, quizás incluso con más fuerza que las flores, me hizo sentir el colorido del mundo. Las mariposas que aparecían en los prados floridos, deslizándose con sombras claras entre los árboles me parecían criaturas de algún orden superior especial. Y yo, quedaba absorto mirándolas volar.
Recordé la piedra en donde me senté en aquella ocasión, se acerque acariciarla como si fuéramos viejos amigos, ella seguía intacta, y un poco cubierta de hierba. En algún lugar cercano estaba el arroyo cuya agua corría aquella tarde incontrolablemente, y hoy se encuentra seco. No me queda duda, aquí en la montaña todo está conectado, el cielo, el valle, los animales, las flores, y mi alma infantil quedo rosando en mis recuerdos como un eco que no cesa.
Visite de nuevo este lugar, y mientras deambulaba por el camino los arboles me saludaban de forma que parecían decirme “¿Te acuerdas?” En mi nostalgia deseaba pedirles un milagro “¡Devuélvanme al menos un minuto de claridad en mis recuerdos para vivirlos de nuevo junto a mi padre” ¡Regresar aquí, fue como si mi infancia resucitara, porque este es uno de los grandes secretos que guardo de mi vida, y debo mencionarlo aquí con un sentimiento de viva gratitud!
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