jueves, 1 de agosto de 2024

 

VIENTO DE LA LIBERTAD

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Maestro en literatura inglesa en Universidad Interamericana del Norte

Fue hace mucho tiempo, aunque el tiempo es relativo aun me sigo preguntando ¿hace cuánto tiempo? A veces parece que fue ayer, y luego, entendiendo la esencia, te das cuenta de que no fue ayer, ni hace varias décadas, ni siquiera fue como la piensas hoy., sino que continúa siendo ese ayer que recuerdas co nostalgia. Un tiempo en el que era un niño, y vivía en un pueblo rodeado de montañas, arboles, arroyos de aguas cristalinas. Salir del mismo no significaba peligro alguno aun siendo infante. No existían los animales salvajes, ni los humanos irracionales.

Un pueblo en donde su realidad sigue siendo misteriosa medio salvaje, irracional en donde la gente crece diferente a las de la ciudad, y que miran con curiosidad a los de la ciudad que los visitan. Un pueblo en donde podías acercarte a todos y conversar por largo tiempo sin preocupaciones, o malos entendidos que generaran incertidumbre. Para mi mente ese pueblo, esos montes, arroyos siguen ocultos para permanecer cerca de mis ideas recordándome mi hogar. Allí, desaparecía de la mirada de la gente a la primera oportunidad.

Era a inicios del mes de noviembre, cuando no hacía calor ni frio, y todo a su alrededor era verde, y por alguna razón la intensidad del sol se iba haciendo tenue, triste, apagada. Las hojas de los arboles caían recordándome que se acercaba el invierno. La época de las cosechas hacian que se viera gente por los caminos polvorientos donde solo las vacas, burros y caballos son capaces de transitar. Para mi persona era un otoño hermoso, acababa de terminar la temporada de las lluvias. Que nadie me pregunte el ¿Por qué ando caminando en estos montes? Y ¿Por qué no hacerlo? Si cuando niño lo hacía frecuentemente para sentir en el alma el viento de la libertad.

No había carreteras, y escasos los autos teniendo en cuenta que el pueblo está en una zona alejada de la civilización por donde cruza la carretera principal. Un pueblo que contaba con un cementerio histórico llamado el de los españoles, y que las fuerzas militares se encargaron en destruir para su comodidad borrando la historia. Al recodar esa infancia me doy cuenta que no me arrepiento de nada, se me permitió todo desde adentrarme solo en esos montes, bañarme en esos arroyos, vagar a lomo de un caballo. Ese es mi origen histórico del que no me arrepiento en nada. Esos caminos que los camine durante mucho tiempo.

 

Caminos de tierra donde me encontraba en sus veredas a humildes campesinos caminando hacia sus parcelas para cultivar el elote, calabazas, o cargados de zacate, o quelite para dar de comer a su familia o, animales. Un lugar que fue morada de humildes trabajadores que dejaron su vida en su tierra para sacarle un puñado de alimento para sus hijos. Caminos que no estaban llenos de espíritus malignos como los humanos de la ciudad. Los caminos zigzagueaban hasta conducirte a la montaña para que desde lo alto de sus montículos miraras los valles. Cuanto más avanzas, más altos son sus cerros cubiertos de maleza, y cuanto más adelantas más estrecho se vuelve el camino.

Caminas por él y no se vislumbra un final, pero los moradores de estas montañas conocen los caminos de ambos lados por los que pueden andar sin perderse. No fue una ni dos veces que fui allí. Pero ese día de noviembre me dejé llevar por la nostalgia y la curiosidad, y fui llevado al mismísimo corazón de la sierra, entre esos caminos estrechos que parecían no tener fin. Subí y baje por las piedras, observe las grandes raíces de los árboles que se extendían sobre la tierra para sobrevivir en ese bello caminar que utilizan los árboles para cambiar de lugar. Ante mis ojos estaban los barrancos profundos que se perdían cuando los miras buscando su fondo. Es ese hermoso bosque el que nos enseña el valor del silencio en la vida, el valor de la libertad.

Ese día mi mente me preguntaba ¿hasta dónde termina el camino? Y las curvas seguían girando. Camine más y más sin desear regresarme, nada debía quedar sin que lo viera y entendiera claramente lo que al caminar sobre la v ida nuestros caminos se van haciendo más estrechos y por alguna razón por muy viejos que estemos nos negamos abandonar. Nuestra capacidad se ve mermada, ya no entendemos los mensajes y el camino que dejamos atrás se nos empieza a olvidar o si deseamos regresar no llegamos a ninguna parte. No basta con dar la vuelta y recorrer los pasos que dejamos marcados sobre la tierra, esos pasos se van borrando borrados por al aire y convertidos en polvos.

Me dije aquel día “Si te pierdes, eres muy joven, tienes fuerzas, y puedes volver a empezar, aun encontraras tus huellas frescas por el camino” Si te pierdes en el dia, párate y observa al sol, y si es de noche, observa la luna. Eres joven, estas apto para caminar, así que camina más y más sin importar el terreno que pises. No sé cuánto tiempo ha pasado desde aquella fecha, ni tampoco como logre regresar al pueblo, lo que si recuerdo es que estaba perdido en medio de las montañas en un lugar desconocido que se extendía a lo largo de las cordilleras y abismos, y cuya belleza me era indescriptible. Un solo camino con cientos de brechas sin ninguna señal o gente que me orientara. Solo sabía que antes que yo, allí hubo mucha gente que buscaba riqueza debajo de la tierra.

Nunca sentí ese miedo que produce el silencio por lo que a uno le puede suceder en esas aventuras desconocidas y que a lo largo de la vida las vamos viviendo. ¿Estaba perdido, o dependía de mi encontrar una salida? Una vida aventurera no podía sentir miedo, sucediera lo que sucediera, eso no estaba en mí. Me senté en una de las piedras a esperar que mi mente definiera el camino a seguir. Por fin la mente me indico que entre cerros corren los arroyos, y hay que seguirlos en dirección a donde bajan, que todas las aguas corren al mar, y en sus orillas están los pueblos. Caminé hasta el primer arroyo y lo seguí dándome cuenta que mi mente no estaba equivocada, y el regresar al pueblo se hizo realidad.

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