MI GALLO DE PELEA
Siendo un niño caminaba por las calles del pueblo en huaraches y a veces descalzo. Mi cabeza estaba llena de ideas. Los huaraches se desgastaban de la vaqueta, los arpones que las sostenían se inclinaban de lado molestándome y decidía quitármelos hasta que mi padre de nuevo los arreglara. Muy pocas ocasiones usaba zapatos (En mi primera comunión, o cuando iba a la ciudad a visitar a la abuela) Caminaba sobre la arena fresca de la mañana y caliente en la tarde, sobre las piedrecillas que lastimaban mi tierna piel.
Las penetraciones de las espinas en
la piel respondían con dolor. Son los pies, y las palmas de mis manos las más
sensibles. Las quito de la piel y pronto olvido el daño para seguir caminando.
En otras son tan grandes que despues de extraerlas debo caminar rengueando
cargando el peso de mi pequeño cuerpo sobre la otra pierna. En mi gallinero ha
crecido un gallo de pelea, desde pequeño demostró ser un aguerrido luchador.
Es chico y va creciendo, le encanta
andar entre las gallinas, solo que el gallo que dirige a las gallinas “Su
padre” no lo quiere cerca de ellas. En un pollo aun con excelente color en su
plumaje, algo especial. Es rápido, y eficaz en sus peleas con los otros pollos,
no se deja ganar, se ve que no les tiene miedo y los derrota rápidamente
haciéndolos correr.
Al gallo “Su padre” es un gallo
español traido desde Andalucia España, que me fue ragalado por mi tio Alejandro
Torróntegui Millán despues de ganar varias peleas y quedar medio rengo, y su
madre una gallina Claret, recibida también en regalo por mi tio, quien la trajo
de Estados Unidos. El gallo su padre es quien custodia las gallinas. El hijo,
no le tiene miedo, y lucha de vez en cuando con este cuando es descubierto
subiéndose a una de las gallinas, pero el pollo está al tanto en cómo manejar
la situación. Se baja protegiéndose, lo reta y luego de unos cuantos intentos
de pelea se retira tranquilamente. No me sorprende ya cumplió 11 meses, creó
que pronto estará listo, y su padre, el gallo mayor se ha hecho viejo, tiene 4
años, por lo que lo desplazara de ese lugar al disminuir su capacidad de
pelear, o lo dejara sin vida.
Una tarde decidí cortarle su cresta y
sus barbillas. Un niño amigo mío me ayudó a sostenerlo recostado en sus brazos
y entre ambos lo logramos. Al cortar una de las barbillas, en cierto momento la
navaja de rasurar que usaba mi padre se me fue causándole una herida sangrante
la cual bloque con mis dedos. La amenaza en desangrado se detuvo, por lo que
seguí cortando. Desgraciadamente esta cirugía requiere habilidad y experiencia
y era mi primer gallo a quien se la practicaba, pero al final todo salió bien.
Un mes despues cuando se le quitaron
las costras lo solté en el patio de las gallinas, y antes de caer sobre las
gallinas se fue directo sobre su padre, el gallo que controlaba las gallinas.
En un segundo lo tenía sobre el suelo, y luego de balancearlo para patearlo
aplicándole movimientos muy rápidos. El gallo viejo no lograba pararse cuando
su hijo se le echaba de nuevo con una serie de patadas, golpes bajos, lo
tambaleaba, el viejo trataba de pararse y no podía o lo hacía con mucho
esfuerzo para que el nuevo lo volviera atacar de forma efectiva. El gallo viejo
por fin cayo, se quedó tirado en la tierra, y su hijo parado encima suya
parecía decirle ¡Levántate, vamos golpéame como lo hacías antes! ¡No, que muy
gallito!
El viejo trataba de incorporarse para
continuar la pelea, pero sus patas no le respondían, se tambaleaba pesadamente.
Me acerque para separarlo, pero el gallo nuevo se molestó tanto que me pico la
mano y hasta unas patadas me receto por entrometerme, de hecho, le tome su
cabeza para calmarlo, pero con fuerza comenzó agitar sus alas clavándome nuevamente
su pico en mi mano. Casi sollozando por el dolor lo solté, y de nuevo se fue
encima del gallo viejo, lo agarro de la cresta y le propino varias patadas en
el cuello.
El viejo torpemente trataba de
defenderse, pero el nuevo lo enganchaba de donde podía agitando sus alas de
inmediato. Por fin el gallo viejo salió corriendo y el nuevo detrás. De
inmediato los seguí para proteger al gallo viejo, por lo que lo tome en mis
brazos, mientras el joven nos acosaba exigiendo que lo soltara, pero no lo
hice, sino que lo lleve a la cocina para amarrarlo con un cordón mientras se
tranquilizaba. Mi madre recuerdo me dijo “Gallo viejo hace mal mole” Apenas
tuvo tiempo de descansar de su pelea cuando mi madre me dio la orden que le
retorciera el buche, y cerrando los ojos acate su orden. El gallo viejo había
sido derrotado y su hijo el nuevo inicia su reinado a los 12 meses de edad.
Unos días despues mientras les daba
de comer maíz a las gallinas, me encontré con la figura de un hombre mayor en
edad, chaparro, quien sonreía vuelto hacia mi. Lo conocía por ser el personaje
a donde mi padre me llevaba a cortar el pelo. Su ropa era vieja, gris, medio
sucia debido a que en ese entonces vivía solo en un cuarto frente a la casa de
mi tío Fernando. Apenas vire la cara para verlo bien, y este me dijo ¡Te compro
ese gallo, o te lo juego con uno de los míos! Mi expresión cambio, estaba
encariñado con el gallo, y comprendía que si perdía el gallo moriría.
Además, no estaba preparado para una
pelea, puesto que andaba suelto con las gallinas, y eso era exponerlo a una
muerte segura, pero el tipo me hirió en mi orgullo naciente de puberto
expresándome ¿Acaso tienes miedo? ¡Tú gallo no es tan bueno como crees! A las
primeras patadas saldrá corriendo llorando de miedo (Se rio) Esa expresión no
me dejo descansar por todo ese día. El peluquero se ría de mi hermoso gallo, en
mi propia cara. Me di la vuelta y echándole maíz al gallo lo cogí en mis
brazos.
- ¿A dónde está tu gallo? Le pregunte
de inmediato a lo que contesto-, no mejor mañana en la mañana los peleamos
afuera de la peluquería, haya te espero, y se marchó. Ese mediodía recogí mi
gallo, y me lo llevé a dormir a un lado de mi cama. Por la mañana no le di agua
ni comida. A las once de la mañana me encaminé a la peluquería, para ello rompí
mi cochinito lleno de monedas de cobre y varias de pesos de plata.
Un amigo de mi padre se encargó en
ser el soltador mío. Bastaron unos segundos para que mi gallo desangrada, al
contrario. Recogí la apuesta, me di vuelta y me regresé a la casa para soltar
al gallo con sus gallinas. A mis espaldas escuche al peluquero que me gritaba
¡Véndeme tu gallo, para pelearlo en Semana Santa!
Despues de la alegría recibida por el
triunfo de mi gallo al llegar a mi casa, me recibió mi padre con cara de pocos
amigos. Me hizo la seña con su dedo en silencio que acudiera a su lado. Acudí,
sus ojos verdes brillaban a la luz de la semioscuridad de la cocina y los rayos
del sol que se filtraban. Fijo su mirada en mis ojos y me sentí un tanto
extraño, tenía miedo que estallara su coraje, pero con voz tranquila, dijo que
no anduviera haciendo eso, que yo no estaba en edad de andar por allí
exponiendo la vida de los animales, mucho menos apostando por su vida.
Entendí su recomendación, así que
tuve que callar el porqué de mi enojo y arrebato que me llevaron aceptar tal
pelea. Difícilmente mi padre entendería que el peluquero había lastimado mi
orgullo, vanidad, ego, y eso me llevo a no resistir aceptando el reto, no
estaba dispuesto a que se esparcieran los rumores que era un niño que tenía
miedo, aunque en realidad no me gustaban las peleas. Al ver los ojos de mi
padre clavados sobre mi rostro por un momento me imagine que me daría una
cintariza, sentí agotamiento sobre mis piernas, ganas de salir corriendo como
si toda la culpa cayera sobre mi cabeza.
En ese momento comprendí la capacidad
de mi padre para perdonar mis errores, y lo que es la vergüenza por el acto
cometido, pero ¿qué podía hacer?, lo hecho, no se podía borrar lo hecho estaba.
No entiendo me dijo como puedes alegrarte si pusiste en riesgo la vida de un
gallo que lo cuidas como si fuera tu hermano. Enfoque mis ojos en el lindo
gallo que alegre corría detrás de una de las gallinas como si nada hubiera
pasado. – ¿Ya comiste? Me pregunto, para volver a la carga.
Quiero que me prometas que esta será
la última pelea. Vino un silencio de relajación. Yo, permanecía encorvado con
la vista puesta en el suelo, y mis piernas no me respondían. Despues de estas
breves palabras, ya no esperaba sorpresa alguna. Mi padre puso su sombrero
sobre una de las sillas del comedor, y en eso apareció mi madre en el umbral de
la puerta de la cocina.
Vestía de forma modesta. Cuando la vi
corrí abrazarme a sus piernas, y ella abrió sus brazos para mi encuentro. –
Escuche que le dijo a mi padre: me alegro que hayas hablado con él, no es bueno
que ande con esos vicios de andar jugando gallos a su edad. Con esa frase
comprendí que, si lo hacía de nuevo, nada bueno presagiaba para mi cuerpo.
– Bueno hijo, expreso mi madre, ve
hacer tu tarea, y no molestes más a las gallinas. Mi padre me miro con desdén,
recogió su sombrero de palma dando por terminada la conversación. Se puso el
sombrero, me dirigió una mirada aguda que hizo me sintiera bajo una observación
estricta a partir de esa travesura. Me preguntaba ¿Por qué lo hice, que deseaba
demostrar? Pero al recordar la cara del peluquero brotaba una chispa de sonrisa
en mis labios.
La apuesta la guarde de nuevo en mi
cochinito despues de contarla. Eran unos 30 pesos de plata. Me dije ¿En qué
puedo emplearla? Me alcanzaba para dos gallinas finas de pelea, o un burro. -
Ya está; me dije, le comprare dos gallinas a mi gallo, que él se las ha ganado.
Lo hare en mi próxima ida a la ciudad con mi abuela, así que aprovechare las
vacaciones de verano para quedarme el mayor tiempo posible por allá.
Sentía placer en solo pensarlo, ya
que aprovecharía para conseguir gatos, los cuales llevaría a campanillas (Un
rancho) para cambiarlos por gallinas corrientes, eso hizo que sonriera con
malicia, despues de todo, las cosas no me habían salido tan mal y de solo
pensar que mi gallo hubiera muerto las gallinas se quedarían solas debido a que
a su padre ya lo habíamos hecho mole. Me fui a mi cuarto tirándome en la cama y
con los ojos abiertos contemplaba el techo, enseguida me fui al cuarto en donde
nos bañábamos para despejarme, sentí el placer del agua sobre el cuerpo, quité
el sudor amargo que salió durante la pelea de los gallos. Por fin estaba limpio
de nuevo.
Observe al patio, y el gallo estaba
acostado en un montículo de arena que él había escarbado y jugaba llenándose
las plumas de arena contento. Por la noche estaba inquieto sin poder dormir, me
seguía esa extraña sensación de ansiedad por lo sucedido durante el día. Estaba
incómodo y despues de varios intentos en querer dormir y no poder logarlo me
levante para ir al patio.
Sentado observaba en lo alto del
guamúchil al gallo, eso me relajo, pero a la vez desato en mi mente una serie
de preguntas, sin respuesta sobre mi vida y el quien soy.
Mis parpados se comenzaron a cerrar,
y comencé a mirar la oscuridad del patio, me di cuenta que veía lo que no veía
y que debía dejar de luchar con la idea que golpeaba mi mente en el sentido en
que mi gallo, si lo seguía peleando me daría mucho dinero. Me dije por cada
pelea mínimo son 30 pesos en plata, y si gana cinco peleas tendría en el
cochinito 150 pesos plata, lo suficiente como para comprarme dos caballos.
Me fui de nuevo a la cama brillándome
los ojos de codicia, pero a la vez pensando ¿Y, ¿qué tal si pierdo en la
siguiente pelea, y mis gallinas se quedan sin gallo? ¿Mi padre como
reaccionaria, si desobedezco su orden? Eso acometió de nuevo mi ansiedad. Recordé
mi escuela primaria, en donde no siempre ganaba mis peleas, y eso podía
sucederle a mi gallo. Por fin me puse tranquilo y me quedé dormido. Mis futuras
acciones con el gallo las deje al tiempo, no podía detenerlas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario