APRENDEMOS A MENTIR
EN LA INFANCIA
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado y Maestría
en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
La actitud de los padres hacia las mentiras tiene un profundo impacto, afectando gravemente nuestras relaciones en la edad adulta. Al indagar en las razones que hay detrás de estas mentiras, a menudo descubrimos que se originan en la falta de confianza. Nuestra desconfianza en la capacidad del otro para afrontar la realidad proviene de nuestra propia proyección de incapacidad para afrontarla, por lo que recurrimos a mentirnos unos a otros.
“¡Si te portas mal, te llevara la policía!” “¡Si, te portas mal te llevare con el doctor para que te inyecte!” “¡Si no te terminas la comida, te regale al primero que pase por la calle!” Estas son frases que los padres suelen usar para persuadir a sus hijos, con la esperanza de que se comporten como ellos esperan. Claramente, los padres recurren a las mentiras, y aunque parezcan inofensivas para la mayoría, su único propósito es lograr que sus hijos sean más obedientes.
Sin embargo, esta actitud hacia las “mentiras inofensivas” enseña a los niños que mentir para lograr un objetivo está permitido. Cuando preguntamos a los padres si tienen una opinión positiva o negativa sobre las mentiras de sus hijos, la gran mayoría se muestra reacia a que aprendan a mentir, e incluso algunos consideran intolerable que les mientan.
Sin embargo, en nuestra vida diaria, ¿cuántos padres recurren habitualmente a las mentiras para tratar con sus hijos? Nosotros mentimos, pero no permitimos que nuestros hijos mientan; ¡este conflicto interno y externo es considerable! Si bien las mentiras de los padres pueden hacer que los niños obedezcan sus instrucciones a corto plazo, el impacto negativo de las mentiras de los padres no desaparecerá a medida que los niños crezcan. Los padres aprenden a mentir desde cuando son niños, y se van adaptando a su papel de adulto para desafiar sus conflictos en la vida.
Los padres van engañando al hijo con mentiras, y el niño aprende a mentirle a sus padres cuando enfrenta obstáculos o dificultades. El niño va desarrollando conductas destructivas, problemas de comportamiento, culpa, vergüenza, egocentrismo y una fuerte necesidad de control. Contrariamente son los padres quienes defienden que la honestidad es lo mejor de la vida que el niño debe adquirir, pero ellos les demuestran lo contrario con sus mensajes contradictorios.
El niño va perdiendo la confianza en sus padres, y va adquiriendo el mentir porque sus padres se lo han enseñado, y además toleran mentir. Si los padres son conscientes del impacto potencial de la mentira y consideran métodos alternativos, como reconocer los sentimientos del niño, proporcionar información para que el niño sepa lo que los padres esperan de él y ofrecer opciones para la discusión conjunta, pueden fomentar el comportamiento honesto y autónomo del niño.
Las mentiras que usan los padres para mantener su poder (como “Si no te portas bien, te tiro al mar para que te coman los tiburones”) tienen más probabilidades de causar mayor desadaptación en los niños en su vida adulta que las mentiras que usan para conseguir que obedezcan. La autoridad puede causar traumas psicológicos en los niños pequeños, dañando potencialmente su autonomía y transmitiéndoles una contradictoria sensación de rechazo, lo que en última instancia puede provocar trastornos emocionales.
Nuestra desconfianza en la capacidad del otro para afrontar la realidad proviene de nuestra propia incapacidad para proyectar nuestra propia capacidad para hacerlo. Por lo tanto, recurrimos a complacer las preferencias del otro y a mentirnos mutuamente. Podemos ver que detrás de estas mentiras subyace una gran desconfianza. Los padres no confían en que sus hijos puedan procesar sus emociones y comprender sus expectativas cuando se enfrentan a la verdad, por lo que habitualmente recurren a mentiras aparentemente absurdas, pero más graves y desesperadas, para que los niños logren sus objetivos. ¿Consecuencia?
Cuando los niños crecen, también desconfían de la capacidad de sus padres para controlar sus emociones y comprender sus expectativas cuando se enfrentan a la realidad, y habitualmente recurren a las mentiras para encubrir áreas en las que se sienten sensibles, tabú o que creen irreconciliables. La mayoría de los padres mienten con naturalidad para controlar a su hijo, y ellos creen que esto es inofensivo. Mienten siempre con el argumento de que el niño seguramente no lo entenderá. Esa actitud se va arraigando en la mente del niño hasta generar la desconfianza al verse engañado.
El niño se va dando cuenta que sus padres le mienten, que fingen, no son honestos, y no aceptan la verdad. Nota que sus padres no escuchan sus sentimientos, sino que se sienten complacidos cuando el niño les miente. Es raro que la madre sea muy reservada y que el padre sea muy abierto. Ellos guaradan y no compaten ciertos secretos, y nadie puede abligarlos afrontar su verdad. Es perfectamente razonable que no aceptemos muchas verdades, y también es nuestro derecho optar por no aceptarlas. Pero, al mismo tiempo, ¿podemos darnos cuenta de que las mentiras también se construyen sobre estas verdades inaceptables.
Nuestra actitud hacia la verdad determina cuántas mentiras nos rodearán, y la actitud de la sociedad hacia la verdad también determina la frecuencia del uso de mentiras en el entorno social más amplio. La próxima vez que nos lamentemos de que nuestros hijos o parejas nos mientan, miremos primero hacia atrás y veamos si tenemos la capacidad de aceptar a la otra persona tal como realmente es.
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