sábado, 29 de noviembre de 2025

 

GRACIAS A MIS PADRES, Y AMIGOS PÓR MI INFANCIA

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.

Aunque los detalles de las experiencias de la infancia se hayan desdibujado, la alegría que una vez sentimos permanece vívida en nuestros recuerdos. Como adultos, recordar nuestra infancia siempre evoca nostalgia. Son aquellos lejanos días que ya no volverán y los extrañamos.  La infancia es una época despreocupada, sin muchas preocupaciones, que te permite dedicar más tiempo a lo que amas. Correr y perseguir bajo el cielo azul, jugar con los amigos, y retozar en las esquinas. Por todo esto los hermosos recuerdos de la infancia siempre merecen ser atesorados. En las tardes noches solíamos jugar a las escondidas por los callejones, y podíamos jugar durante toda una tarde- noche. Jugábamos al “Uno- dos- tres- por todos mis amigos”

Al trompo, el yo-yo, las canicas, la rayuela. Me encaba ir a jugar béisbol con mis amigos al patio de la escuela primaria que se encontraba a una cuadra de mi casa. Recuerdo que lo que más esperaba era el día del niño ya que los maestros   nos regalaban bolsas llenas de dulces. Dulces que en diciembre en época de posadas nos peleábamos por recogerlos del piso despues de romper la piñata en la explanada de la iglesia. Todo eso me parecía muy gracioso, sobre todo el palo encebado donde la persona debía subir y tomar el billete de dinero en lo alto. La escuela se convertía en una fiesta de alegría por la sonrisa de todos los niños.

Creó que era el día que nunca faltaba a la escuela, y estaba entre los primeros que llegaban, y el ultimo en marcharse. Hoy mirando hacia atrás, veo que mi infancia fue maravillosa e interesante. Recuerdo a la salida de clases en la puerta de la escuela sobre la banqueta de la tienda de Alejandrina Bastidas, y su esposo Valente Osuna, al de las nieves “Juanfra”, al de las frutas ´picadas, sus jícamas, o sandias con chile de monte molido “Chairez” a el de los cacahuates “El venado”

Entre tanta oferta debía escoger solo una debido a que acudía a la escuela para gastar con 20, o 40 centavos. La infancia tiene su propia alegría y despreocupación, y los adultos también tienen sus propias responsabilidades y deberes. Siempre debemos esforzarnos por no decepcionar a nuestros niños. Espero que los niños aprecien el presente, crezcan felices y se conviertan en la versión ideal de sí mismos.

La infancia siempre es maravillosa; todos tenemos una infancia hermosa, sea esta mala en tratos familiares o excelente pero la infancia por ser tan inocente nos hace vivirla felices. Mirando atrás, no teníamos tantas preocupaciones ni presiones. Podíamos jugar sin preocupaciones todos los días, sin tener que preocuparnos por ganarnos la vida. Siempre que recuerdo esa época, suspiro al pensar en lo nostálgica que es la infancia. Pero ahora, en esta sociedad digital, los niños están siempre pegados a sus dispositivos, y a sus teléfonos, las tabletas y los juguetes que han abandonado. Al ver esos juguetes abandonados, mis pensamientos inevitablemente regresan a esa infancia maravillosa y llena de diversión en donde nuestros juguetes eran toscos hechos de materiales de la región principalmente de madera (Bat de guácima, carro de árbol de pino, etc.)

Fui un niño muy feliz, mi infancia fue vibrante y llena de color. En aquel entonces, la tecnología electrónica no existía, la radio no llegaba al pueblo, en cuanto a el teléfono existía una caseta que la atendía Chepina Bonilla Mancillas, y ella mandaba llamar a su casa a quien lo estuvieran llamando por el teléfono. Colgaba y daba dos horas para que le volverán a llamar para que el solicitado ya estuviera presente en la caseta, por lo que era impensable que un niño contara con una tableta o teléfono. Mis juguetes puedo decir cada uno de ellos tenía su propia historia.

Mi manilla de béisbol era mi favorita junto con mi pelota cubierta de cera de abeja con la jugaba ese deporte, eran mi posesión más preciada. Por supuesto, el bate hecho con mis manos del corte de una guácima, y la pelota encerrada la cual durante horas estuve masticando la cera para ponerla por encima de la pelota “despochotada” (Desgajada) también tiene su propia historia. Mi madre recuerdo que me prometió comprarme una manilla nueva cuando fuéramos a Culiacán a visitar a mi abuela, a cambio me pidió que sacara buenas calificaciones a fin de curso. Finalmente, conseguí la manilla con la que había soñado durante tanto tiempo.

Creo que lo apreciaba mucho en aquel entonces porque fue el primer regalo que me gané con esfuerzo, y también es el regalo más inolvidable que recibí aquel día que acompañé a mi madre y abuela al centro de la ciudad. Aquella tarde junte a mis primos (Oscar, Héctor, Torróntegui Gastelum, mis primos Jaime, Hugo Torróntegui Depract., y otros de la colonia Rosales, y nos fuimos a jugar béisbol en el parquecito del club de leones en lo que hoy son parte de los patios de la secundaria dos, o el jardín central del estadio de béisbol profesional. En aquellos años mi mejor amigo en Culiacán era mi primo Hugo.

Pasará lo que pasará, siempre lo compartíamos tiempo juntos. Cuando estaba feliz, compartía mi alegría con él; cuando estaba triste, le contaba mis confidencias. Era mi oyente, el único compañero que podía escuchar las historias de mis inquietudes, lo mismo sucedía con él. Nos calmábamos uno al otro. En mi pueblo tenía otros amigos, entre ellos Oscar Torrero Salcido con quien compartía mi deporte favorito.  En aquel tiempo otros niños me enseñaron a cómo debía enfermarme para tener el pretexto de no ir a la escuela. Recuerdo que me dijeron que en la mañana no me levantara de la cama, me agarrara la panza, y me quejara con que me duele.

No niego que lo hice dos o tres veces, pero me di cuenta que era mucho más aburrido ya que mi madre no me dejaba que me levantara en todo el día, y peor aún, se iba a la escuela antes de que finalizaran las clases para pedirle a la maestra que le anotara la tarea. “Yo, ingenuamente pensé que sería divertido, pero me salió el tiro por la culata” Hoy, ya soy adulto, y vivo en esta sociedad moderna, rodeada de dispositivos electrónicos a diario, ya no necesito juguetes para acompañarme. Perdí a todos mis amigos de la infancia cuando me mudé a la ciudad, pero, aun así, les estoy agradecido tanto a mis padres como a mis amigos, por haberme dado una infancia maravillosa y divertida, llena de color y de hermosos recuerdos.

Siempre será mi juguete favorito en mi cabeza, y mi confidente. Nunca olvidaré los recuerdos de mi infancia; lo guardaré por siempre en mi corazón. Gracias por acompañarme en mi crecimiento, por acompañarme en mi infancia, por afrontar juntos las dificultades de la vida y por hacer de mi infancia una experiencia más hermosa y plena.

No hay comentarios:

Publicar un comentario