CUENTO
EL MAESTRO JUBILADO (01 octubre 2023)
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado
y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
El
maestro Plutarco, es un viejo jubilado cuya única actividad era dedicarse a
leer y escribir en un rincón de su hogar. Su pensamiento lo llevaba a reflexionar
que nunca se rendiría ante la edad y solo recodaba su pasado con nostalgia
pensando en muchos de los jóvenes que estudiaron bajo su materia en secundaria.
Se reía recordando algunos de los muchos jóvenes a los que tuvo que doblegarles
la bestia que llevaban dentro, y que a la fecha son personas honorables en la
sociedad. Eso, es lo que deseaba ver en cada uno de sus alumnos, por ello ahora
descansaba con la conciencia tranquila del deber cumplido.
Para
él, ese fue el sentido y destino de su vida. Era una noche tranquila, el timbre
de la puerta de su casa sonó largo y varias veces antes de que el maestro
llegara hasta el umbral de la misma. Se levantó de la mesa, tomo sus lentes,
acomodo el libro que leía y fue hacia la puerta ¿Quién es? Desde fuera escucho
una voz de hombre que le contestaba ¡Soy su ex alumno, Pedro! Confiado el
maestro le abrió la puerta, e inmediatamente se quedó congelado al ver en la
mano del que se hizo llamar Pedro una pistola que lo encañonaba. – ¡Entremos despacio,
ordeno el tipo, no haga ninguna tontería o aquí se muere!
Ya
dentro cerró la puerta detrás de él con un movimiento brusco ¿Qué quieres de mí?
Pregunto el maestro en un susurro de voz suave. El rostro del maestro se
mostraba confundido y asustado ¿No, eres mi alumno Pedro, ¿verdad? Si, vienes a
robar, no tengo dinero, no tengo nada. Mira no tengo dinero, solo libros viejos,
muebles viejos. El maestro metió su mano en una de las bolsas del pantalón y extrajo
una billetera vieja mostrándosela sin dinero dentro. Le señalo la mesa del
comedor en donde encima estaban unas cuantas monedas “ahí está todo mi efectivo,
puedes tomarlo y marcharte” El maleante se rio entre dientes ante los ojos del
maestro.
Es
un hombre alto, fuerte, vestido con pantalones de mezclilla, camisa a cuadros,
lentes oscuros, y sobre su cabeza una gorra de béisbol de los yanquis de Nueva
York. El maestro es bajo de estatura producto del encogimiento que la edad hace
de los seres humanos, es delgado, lleno de canas y su andar es torpe, un clásico
abuelo al que solo le falta un bordón. El intruso le pregunto ¿Has leído los periódicos
del dia de ayer o has visto los noticieros en la televisión? - ¡No! Admitió el
maestro. - Bueno pues ese al que la policía anda buscando soy yo, traigo los
pies quemándome la lumbre. – Bueno ¿Y, eso que tiene que ver conmigo?
¿Qué diablos quieres de mí? redundó el maestro
en voz suave - Bastante, quiero ver cómo vive el que me quitó todo en la vida,
el que me robo mis esperanzas en la juventud, el que por su culpa ando en estos
malos trances. - ¿Acaso, estás loco? En primer lugar, no sé quién eres, es la primera
vez que te veo en mi vida. El intruso empujo al maestro hacia un largo y viejo
librero. – Enseguida le dijo: Cálmese maestro, esta noche vamos a tener una
larga conversación usted y yo, aquí solitos. – Que es este tipo de tontería? Refunfuño
molesto el maestro.
La
sala de su hogar era pequeña, su decoración muy anticuada, nada se veía agradable,
y se atestiguaba con cosas viejas acomodadas en los rincones de la sala (periódicos
viejos, amarrados con un listón, enseguida bultos de revistas atados etc.) Libros
viejos amontonados, aquí y allá. Frente a la sala estaba una foto grande en
donde el maestro lucia joven rodeado de sus primeros alumnos de secundaria. El
intruso acerco una silla y se sentó frente a la foto. Mirando al maestro a los
ojos, con el dedo de su mano le señalo uno de esos alumnos “Ese soy yo” ¿acaso
en aquellos años, era un estúpido como me dijo cuándo me expulso de la escuela?
El maestro respiro hondo, por fin estaba
comprendiendo la situación. Si, era pedro, el chico descarado a quien tenía
frente a él apuntándole con una pistola - ¿Qué quieres de mí? – Veo que ya me recordó
¿verdad? - Me acuerdo, sí, sí, cuando usted con su arrogancia me humillo y todo
el pueblo se rio de mí gracias su decisión y lo que expreso despues de hacerlo.
Sabe, durante muchos años, lo traigo atravesado, y muchas veces me pregunte si tendría
las agallas en enfrentarlo para sacudirme esos malos pensamientos hacia su
persona ¿Acaso fue gracioso lo que usted hizo con mi persona?
Me trato peor que basura – Ahora está claro,
el ¿Por qué estoy aquí frente a usted basura, no se le hace gracioso, no tiene
ganas de seguirse riendo como lo hizo cuando me destruía? Pensé que usted era una buena persona debido
a que sabía mucho, y la gente del pueblo mencionaba que tenía muchos libros en
su casa para leer, pero veo que todos se los metía por el ano ¿verdad,
profesor? - El maestro mirándolo a los ojos, le pidió una disculpa por su mal
proceder y se justificó arguyendo que en aquellos años era un joven inexperto.
- ¡Toma todo lo que gustes de esta casa, si de
alguna forma puedo reparar el daño! ¡Tómalo, no lo necesito en absoluto! - El
hombre se quitó la gorra de béisbol y la arrojó sobre la mesa. – Sabe que profesor ¡Usted es idiota, necio, estúpido,
tonto, arrogante, engreído!¡Usted me orilló casi al suicidio! ¡Usted enveneno
mi vida! El hombre se quitó los lentes oscuros, y los coloco en la mesa cerca
de la gorra de béisbol, y miró al profesor sin pestañear.
–
El maestro por fin le respondió. – ¿Tú crees que a todos los alumnos que pasaron
por mis manos los lleve al borde del suicidio? A todos les exigí decencia, perseverancia
y apego a los principios morales. A todos los obligue a que respetaran las
reglas, la moralidad y tú debes admitir que nunca aceptaste ser un joven
honesto y estas son las consecuencias. Yo, nunca me aproveche de mi posición de
maestro, a todos los trate como iguales, unos demostraron su talento, y otros
prefirieron doblar la cuerda de su vida, como tú, por ejemplo. Desde niño demostrabas una falta de sentimientos,
abusabas de tus compañeros sin compasión, por eso te expulse. - ¡Ya terminaste
viejo inútil! ¡Ahora te mataré!, dijo el hombre.
-
Ya basta, si vas a matarme, hazlo, no le tengo miedo a la muerte, creo que la
misión de mi vida, ya he cumplido. – Enojado el hombre le grita ¡Sigues siendo
un cabrón insensible! Sin embargo, eso ya no importa, - El joven levantó su
pistola y apuntó con el cañón a la cabeza del profesor. - Dame un par de
minutos más, y luego aprieta el gatillo, susurro el maestro. El intruso estaba
confundido, ya que esperaba que el maestro le pidiera de rodillas que no lo
matara, pero ahí estaba frente a su pistola pidiéndole solo unos minutos para
que lo matara.
–
Molesto el hombre exclamo ¡No, me cabe la menor duda, usted sigue siendo un
idiota sin amor a la vida!¡Usted se convirtió en mi pesadilla, y mi tortura
juvenil! Lo mataré, profesor, no salgo de esta casa sin hacerlo, así liberaré a
este mundo de un monstruo vil, y Dios me perdonará. - ¿Dios? ¿Dijiste Dios? –
se sobresaltó el profesor, como buscando al menos algún tipo de pista para
retrasar el trágico final. - ¿Es así, por cierto, o realmente crees? Dios, la
religión, la fe, envía a uno de sus hijos ¿hacer justicia sin juicio alguno?
– Es que usted no me deja otra alternativa,
porque fácilmente se deja matar. Grandes gotas de sudor corrían por el rostro
del intruso, sus ojos brillaban con furia. El profesor cruzó las palmas de las
manos en oración. Enseguida prosiguio - Soy un verdadero creyente, y esta fe me
hace libre. - ¿Libre de qué? - De ti, que eres una persona no pensante, que no
te das cuenta del alcance de tus actos. El maestro comprendía que su vida pendía
de un hilo, sin embargo, prosiguió calmadamente: Estas en el punto justo de comprender
lo que hasta hoy ha sido tu vida, creo que todo lo que sucedió en aquellos
años, lo malinterpretaste, y ese tipo de problemas son frecuentes en cada una
de las escuelas, y si en algo te sirve de consuelo el saberlo, te anduve
buscando para pedirte perdón y que regresaras a la escuela.
Tu
padre me dijo que te había corrido de la casa y que no volvió a saber de ti,
creo que todo se conjugo. El hombre se quedó mirando pensativo la foto en la pared
nuevamente. Entre dientes murmuro “Lo voy a perdonar profesor” Creo que tanto
usted como yo y mi padre fuimos culpables. Hizo una mueca, recogió su gorra, se
la puso en la cabeza y se dirigió a la puerta de salida. No, crea que no lo
mato por miedo, simplemente me doy cuenta que no pensamos igual, usted siga muriéndose
encerrado en esta casa solo y yo seguiré por las calles viviendo como perro con
rabia. Ya no es mi enemigo, solo deseo que, al morir no, nos encontremos de
nuevo en el infierno. Usted continúe difundiendo su verdad dando explicaciones
sobre los valores de la vida. Siga aburrido viejo burro.
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