jueves, 26 de octubre de 2023

 El ABUELO Y SUS TESOROS

RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
Diplomado y Maestría en desarrollo Humano FESC- UNAM
LOS TESOROS. - El abuelo gustaba en platicarme anécdotas y cuentos por la mañana, antes de que me fuera a la escuela. Mi madre, me daba leche fresca antes de irme a dormir. Me lavaba los dientes, antes de acostarme. Me enseño que cuando no tuviera sueño me dedicara a contar borregos o gallinas.
En tiempos que le decía que estaba muy aburrido se reía y expresaba que me entretuviera castrando hormigas. Muchas noches las dedique a contar borregos y gallinas en medio la oscuridad de mi cuarto, pero no logre dormir. El sueño me alcanzaba cuando iba amaneciendo y tenía que bañarme, para ir a la escuela.
Estando en la escuela me quedaba dormido sobre la tabla del pupitre, y entonces comenzaba a soñar tonterías. Al platicarle a mi abuelo mi situación se rio y se le ocurrió la idea en que no contara borregos ni gallinas, sino que imaginara los momentos más agradables que pasaba en el día. Al mencionarme esto, sus ojos se ponían tristes recordando su infancia. Debo decir que le escuche tantas anécdotas, historias que no abarcaba en mi pequeña cabeza ¿En dónde le cabía tanto al abuelo?
Poseía una imaginación incontenible, tenía tantos sueños que no estaba claro cómo encajaban en su cabeza. Un día se sentó con una taza de café y un pan en la banqueta de da a la calle y comenzó con los hechos que le llamaban su atención. – Me hablo de los antiguos guerreros indígenas que se oponían a los españoles y que estos con sus hermosos caballos, espadas, armas, cañones los vencieron.
La historia que me contaba la instale de inmediato en mi mente. Despues que se marchó a su trabajo, me fui al monte cercano subiéndome en un montículo de piedra para proclamar mi propia conquista. Subía y bajaba el montículo imaginando que en cada una me enfrentaba a los indígenas, y los vencía. Mi frente sudaba ante el esfuerzo de esa guerra.
Mi espada era un palo caído de un árbol seco, lo mismo el fusil. En otra ocasión me explico que en el pueblo había muchos tesoros enterrados en los patios de las casas por personas que, para cuidar su Oro, y plata en época de la Independencia y la revolución lo enterraban.
Rápido pensé que en el patio de mi casa o en las paredes gruesas de adobe podía estar escondido un tesoro. Cuando le dije a mi madre sobre el tesoro, sonrió afirmando que solo eran historias del abuelo para entretenerme. En la primaria leí un cuento de tesoros escondidos por lo que comencé a dudar de la verdad de mi madre y, a creer en lo que el abuelo insinuaba.
Imagine encontrar un baúl lleno de joyas y monedas de oro y plata. Ya entusiasmado se lo conté a un amigo de juegos de mi edad. Puso cara de sorpresa murmurando ¿Te imaginas, todos los dulces, nieves, helados que podríamos comprar? - Que tal si se lo platicamos a mi papá sugirió. ¡No! Conteste de inmediato, porque tu papá se lo quedaría, nos quitaría todo y no tendríamos dinero para los dulces, helados, nieves. Una, dos, tres fines de semana los dedicamos a excavar en el patio.
Mi madre me observaba y preguntaba el porqué del hoyo, y mi contestación siempre fue la misma-, vamos a plantar un árbol de mango, al siguiente hoyo, un papayo y así, creo que agotamos los nombres de los árboles frutales.
Ella sabía que estaba mintiendo y solo sonreía para que me diera cuenta que ella tenía la razón y no mi abuelo. Los dos buscadores de tesoros cambiamos de patio y fuimos a casa del abuelo en el corral donde ordeñaban las vacas, inmediatamente comenzaremos a exhumar el tesoro, el cual el primer día solo sacamos una cuchara de servir café vieja y oxidada. En las mañanas el abuelo se daba una vuelta por el corral y observaba la excavación del día anterior sonreía y regresaba a la silla que daba a la calle a tomarse tranquilamente su café acompañado de un pan. Cada vez, cavamos más hondo, hasta que nos dolían las manos y la espalda, incluso me salieron callos en las palmas de las manos.
No había tesoro, le dije molesto una mañana al abuelo. - En respuesta balbuceo. - No has buscado bien, sigue excavando en ese último hoyo (Señalo uno).
Otro día reiniciamos la búsqueda en el hoyo señalado y para mi sorpresa encontré una moneda de plata. En ese instante pensé ¡Me hare rico! Corrí a enséñasela a mi abuelo. Vi, que no se sorprendió. Fueron tres cuatro monedas las que encontré, una cada día. Al fin traía dinero para mi nieve, helado, ir al cine por la noche que se encontraba a una cuadra de mi casa. Mi abuelo me mando a traer el maíz para su mula a la tienda. Despues de llenarme el morral, recuerdo que me dijo el dueño, pregúntale a tu abuelo, ¿si quiere otras monedas de plata que acaban de pagarme con ellas la mercancía?
Camino de regreso, la idea en que lo del tesoro estaba detrás mi abuelo me comenzó a martirizar. – Lo encare y sonriendo me confeso. - Tuviste suerte, la tierra y la plata es de quien la trabaja.
Para pronto me cambio de historia insinuando que cuando él era niño, le dijo a un niño que sembrara monedas para que nacieran arboles con frutas en monedas y el niño se lo creyó. Cada día aquel niño enterraba una moneda de 20 centavos cobre en la jardinera de la escuela y mi abuelo la sacaba para comprar dulces.
El niño seguía esperando que brotaran las hojas del árbol. Cada mañana mi abuelo llegaba feliz a la escuela y vigilaba al niño esperando estar solo y excavar para sembrar su moneda que el abuelo al poco rato cosechaba. Eso es una tontería abuelo, ¿Cómo pudo creerle? . - En este mundo hay tontos de todo tipo hijo, la gente está deseosa de escuchar lo que desean, por eso unos trabajan y otros cosechan sin sembrar.
Tratando en copiar la estrategia del abuelo al llegar a la escuela busque a mi víctima, lo emocione con el negocio, lo fácil que era sembrar un árbol de monedas. Le gustó la idea solo le molestaba que cuando brotara, otros niños las cortaran por la noche cuando estuviera él en su casa. Para convencerlo recuerdo le dije. - ¡No, va a suceder! porque todos los días yo te ayudare a cortarlas para que te las lleves a tu casa. Pero por el secreto me invitaras una nieve hasta que crezcan los árboles.
Comencé mi propio negocio disfrutando las nieves gratis y recoger las monedas. Pasaron dos semanas y ninguno de los arboles florecía por lo que me pregunto- ¿Cuánto hay que esperar? Comenzó a excavar y sus ojos se pusieron en blanco al no localizar ninguna de sus monedas. Rápidamente lo convencí que las monedas estaban a punto de florecer por eso no las localizo, recuerdo le dije que así sucedió con un árbol de tamarindo que plantee en el patio de mi casa.
Busque la semilla, pero ya no estaba y a los días apareció un tronquito. Esa explicación para nuestra edad fue más que convincente, pero perdí el negocio de las monedas ya que decidió que no quería más árboles que bastaba con los sembrados debido a que no sabría qué hacer con tantas monedas, pero las nieves siguieron por un tiempo más.
Lo seduje con la idea que si enterraba monedas de tostón (Cincuenta centavos) por ser más grandes más rápido nacería el árbol. Desgraciadamente me comento que esas monedas no le gustaban porque pesaban mucho en la bolsa y se le rompía. Mi amigo siguió en espera de sus riquezas incalculables, y todo lo hicimos con la más estricta confidencialidad, por lo que nadie se enteró de nuestros negocios.

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