sábado, 24 de diciembre de 2022

 

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

DIPLOMADO Y MAESTRÍA EN DESARROLLO HUMANO FESC- UNIVERSIDAD NACIONAL AUTONOMA DE MÉXICO

ENSEÑANDO Y EDUCANDO A NUESTRO HIJO

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Es imposible atravesar la vida sin que un trabajo salga mal hecho, sin que una amistad cause decepción, sin padecer algún quebranto de salud, sin que nadie de la familia fallezca, sin que un amor nos abandone o sin equivocarse en un negocio.

Ese es el costo de vivir. Es el precio que tenemos que pagar por tomar una decisión determinada y no haber escogido otras alternativas que pudieran haber representado un menor costo o desatino. Que una persona tenga presente el riesgo que representa tomar una decisión y el costo de dejar de lado otra, pues de ello dependerá que el resultado final le sea redituable o represente un problema futuro.

Sin embargo, lo importante no es lo que suceda, sino cómo reaccionamos nosotros. Si te pones a coleccionar heridas eternamente sangrantes, vivirás como un pájaro herido incapaz de volver a volar. Uno crece cuando no hay vacío de esperanza, ni debilitamiento de voluntad, ni pérdida de fe en sí mismo. Uno crece al aceptar la realidad y al tener el aplomo de vivirla.

Crece cuando acepta su destino y tiene la voluntad de trabajar para cambiarlo. Uno crece asimilando y aprendiendo de lo que deja detrás y construyendo y proyectando lo que tiene por delante. Crece cuando se supera, se valora y da frutos. Cuando se abre camino dejando huellas y asimilando experiencias. Uno crece cuando se impone metas, sin tomar en cuenta comentarios negativos, ni prejuicios, cuando da ejemplos sin importar burlas, ni desdenes. Uno crece cuando se es fuerte por carácter, sostenido por formación, sensible por temperamento... ¡y humano por nacimiento!

Cuando enfrenta el invierno, aunque pierda las hojas, recoge flores, aunque tengan espinas y marca camino, aunque se levante el polvo. Uno crece apoyando a sus semejantes, conociéndose a sí mismo y dándole a la vida más de lo que recibe. Uno crece cuando se planta para no retroceder, cuando se defiende como águila para no dejar de volar, cuando se clava como ancla en el mar y se ilumina como estrella. Entonces... Crecemos. Para crecer necesitamos descubrir la vocación propia y tus fortalezas individuales, en encontrar para que tienes talento y para que inteligencia, en hallar lo que te hace verdaderamente feliz cuando lo haces y ponerte a hacerlo.

El crecer, es más que tener fama o fortuna, pero no está peleado con ellas. El crecer verdadero es algo bueno para ti, tu familia y los demás. El crecer estriba en descubrir la misión de tu vida y ponerte a trabajar en forma decidida, con gran gozo y permanentemente en ello con un espíritu de trascendencia. Me parece absolutamente válido y cierto lo que escribió el magnate automotriz Henry Ford y me uno a ello: “Si piensas que puedes hacer una cosa o crees que no puedes hacerla, tienes razón.”

Sé firme en tus actitudes y perseverante en tu ideal. Pero sé paciente, no pretendas que todo te llegue de inmediato. Date tiempo para todo, y todo lo que te corresponde recibir, vendrá a tus manos en el momento oportuno. Aprende a esperar el momento exacto para recibir los beneficios que reclamas. Espera con paciencia a que maduren los frutos para poder apreciar debidamente su dulzura.

La alegría es un rayo de luz que debe permanecer siempre encendido, iluminando todos nuestros actos y sirviendo de guía a todos los que se acercan a nosotros. Si en tu interior hay luz y dejas abiertas las ventanas de tu alma por medio de la alegría, todos los que pasen cerca de ti serán iluminados por la luz que irradies. Sueña lo que quieras soñar; ve donde quieras ir; sé lo que quieras ser, porque solamente tienes una vida y una oportunidad para hacer las cosas que ambicionas.

Ten la suficiente felicidad que te haga dulce, los suficientes tropiezos que te hagan fuerte, la suficiente tristeza que te haga humano y la suficiente esperanza que te haga feliz. Recuerda que la vida comienza con una sonrisa, crece con una ilusión y se fortalece con el anhelo de ser cada día un poco más sensible, más afectuoso, más amable e íntimamente bello. A partir de hoy procura construir una vida nueva y que el éxito y la prosperidad te acompañen.

Ésta es la historia de un loro muy contradictorio. Desde hacía un buen número de años vivía enjaulado, y su propietario era un anciano al que el animal hacía compañía. Cierto día, el anciano invitó a un amigo a su casa a tomar un té. Los dos hombres pasaron al salón donde, cerca de la ventana y en su jaula, estaba el loro.

Se encontraban los dos hombres tomando el té, cuando el loro comenzó a gritar insistente y vehementemente: – ¡Libertad, libertad, libertad! No cesaba de pedir libertad. Durante todo el tiempo en que estuvo el invitado en la casa, el animal no dejó de reclamar libertad.

Hasta tal punto era desgarradora su solicitud, que el invitado se sintió muy apenado y ni siquiera pudo terminar de saborear su taza de té. Estaba saliendo por la puerta y el loro seguía gritando: “¡Libertad, libertad!” Pasaron dos días. El invitado no podía dejar de pensar con compasión en el loro. Tanto le causó pena el estado del animalillo que decidió que era necesario ponerlo en libertad.

Tramó un plan. Sabía cuándo dejaba el anciano su casa para ir a efectuar la compra. Iba a aprovechar esa ausencia y a liberar al pobre loro. Un día después, el invitado se apostó cerca de la casa del anciano y, en cuanto lo vio salir, corrió hacia su casa, abrió la puerta con una ganzúa y entró en el salón, donde el loro continuaba gritando: “¡Libertad, libertad!” Al invitado se le partía el corazón.

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