MAZATLÁN, SINALOA, MÉXICO. “OLAS
ALTAS”
LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN
ANTONIO
Maestro en Literatura
Inglesa en la Universidad Interamericana del Norte.
Una tarde me encontré a la
orilla del océano, en uno de esos lugares tan propicios para la reflexión.
Estaba pensando en la pérdida de años, vida, familia, amigos, amores, en lo
abarcadora y omnipresente que es el recordar. Y que, a pesar de su inevitabilidad,
en nuestra sociedad hay tan poco espacio y permiso para preocuparse y llorar
por las pérdidas, grandes y pequeñas. En cambio, escuchamos llamados constantes
a “La voy sobrellevando, hay que aguantar, la vida es bella, hay que soportar
las buenas y disfrutar las malas, ignorar muchas cosas centrarte en lo bueno,
en los momentos feliceses, dejando atrás lo oscuro”, “sobrellevarlo” o
“aguantar”, a “soportarlo, a ignorarlo, y centrarse en lo positivo”
Cuantos, y cuantos anhelos,
los que oscurecen por completo el papel de lo que llamamos vida entre anhelos y
esperanzas, pérdida de vidas cercanas, adaptarnos a ello, no permitir que
nuestra mente nos gane y controle en la desesperación. Esa tarde frente al gran
océano, me daban ganas de llorar sin motivo, o por las pérdidas que en ese
instante recodaba. Eran momentos propicios de llorar por todo y por nada, pero
al reflexionar me dije que no podía llorar por lo que aún no había perdido.
Hay ese algo en el mar que
nos orilla a la nostalgia y contribuye de inmediato a la reflexión y a la
tristeza. Recuerdo claramente cómo, siendo adolescente, me sentía atraído por
la orilla del mar, como si sólo con pararme a contemplar el atardecer y sus
olas sentía la pureza de mi alma sin recuerdos tristes ni lagrimas saladas. En
aquellos años me bastaba con quitarme la camiseta para introducirme en sus
aguas, y jugar con la espuma de sus olas. Esa tarde al desviar mi mirada
observe a un niño corriendo por la arena emocionado, y su madre detrás suya. El
niño corría y de repente se paró para observar la arena, levantar agua con sus
pequeñas manos. Estaba descubriendo el agua de mar, la arena, los pequeños
animales que entran y salen expulsados por las olas como muchos años tras lo
hice.
El niño enseguida se dio a
la tarea de corretear aves playeras emocionado, perseguía a las zancudas y
pequeñas creyendo lleno de esperanza que atraparía alguna. No cabe duda, quede
sorprendido por la dedicación que el niño le ponía a su juego haciéndome
recordar mis aventuras en esa misma playa, con diferente arena, y pájaros.
Aquellos años cuando siendo un casi niño removiá la arena con mis manos
excavando. Me quede parado observando a madre e hijo por un rato, más mientras
la madre cansada corría detrás de su querido hijo, y este incansable no paraba.
El niño gritaba, saltaba, exploraba la arena, el agua, el lugar en donde se
encontraba su madre cuidándolo, yo en cambio estaba absorto con la magia del
lugar y ese espectáculo que me llevaba a mis años mozos.
Pronto me di cuenta de que
estaba ocupado implementando una idea completamente nueva, recordando como
dedicaba parte de ese tiempo a construir un castillo de arena que las olas en
un momento me quitaban. Como podía ser de otra forma pensé “El mar siempre
recupera sus pertenecías” Mis castillos de arena quedaron guardados en mi
corazón, en ese lugar especial que llamamos recuerdos. Crecí y aquellos
castillos de arena se convirtieron en la encarnación perfecta de lo que uno
construye con sus propias manos lleno de ilusiones y esperanzas y se va
perdiendo.
El castillo es como un sueño
que se construye en la arena de la playa en donde no importa cuán magnífico sea
un castillo u otra obra, no importa cuánto tiempo, esfuerzo y pasión pongas en
crearlo, una cosa es inevitable: ¡no durará mucho! Eventualmente será
arrastrado por una ola o absorbido por la marea. Son como los sentimientos por
las personas que los vamos construyendo y son arrastrados por los conflictos,
el tiempo, pasiones, y que por mucho que te esfuerces terminas por perderlos.
Seguimos esforzándonos por crear nuestras obras maestras y luego las entregamos
a las personas que amamos, pero como las olas del mar entran en su propio juego
y viene esa inevitable perdida.
Observe que el niño
construyo con arena una pequeña barda, y creo que llegue a pensar que el niño
creía que había construido una verdadera obra de ingeniería, que era de lo
mejor su castillo con sus torres a los lados, su decoración con unas cuantas
conchas. Fue entonces que miré al horizonre mis ojos y la vi venir. Aquella ola
más alta que las demás, y se acercaba muy rápido, más de lo que el niño y su
madre podían suponer. La ola reventó sobre la arena y extendió su agua
cubriendo de inmediato su castillo.
Lo destruyo todo, sin piedad
alguna. La arena de la playa quedo como si nunca hubiera existido ese castillo.
El atónito niño estalló en sollozos desesperados al ver su palacio
cuidadosamente construido arrasado ante sus ojos. Sin embargo, algo malo
sucedió, y es que su madre inmediatamente levantó al niño y comenzó a
reprenderlo con irritación: “Si, sigues llorando te llevare a casa” alcance a
escuchar.
El hecho es que a ese niño
no le estaba autorizado como a mí el llorar en la playa, frente al mar, quizás
porque el mar ya tiene suficiente con sus aguas saladas como para recibir unas
cuantas lagrimas salobres. Cerca una pareja de jóvenes enamorados se besaba, y
ante esto me dije el mar no es para todos, un lugar para la nostalgia o llorar.
Siempre hay otros lugares para recordar, llorar solo es cuestión en que nos llegue
ese momento que nos marca las penas del alma, y como las olas del mar
destruiremos nuestros castillos de arena construidos en el corazón con hojas de
esperanza.
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