martes, 18 de febrero de 2025

 

CIEN AÑOS DE SOLEDAD GRABRIEL GARCIA MARQUEZ

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Maestro de Danza, y Maestro de Teatro – Egresado del Instituto Nacional de Bellas Artes.

 Al principio, García Márquez se mostró satisfecho con el éxito de la novela. Luego empezó a burlarse de los críticos, asegurándoles que caían en “trampas” tendidas para ellos, luego hubo notas de irritación en el tono de sus declaraciones: “Los críticos tienen la costumbre de leer en una novela no lo que es allí, sino lo que les gustaría ver en él” “Por intelectual entiendo una criatura extraña que opone la realidad a un concepto preconcebido y trata a toda costa de encajar en él esta realidad” Las cosas llegaron al punto en que el escritor renunció a su amada creación. En una entrevista con “El olor de guayaba” (1982), lamentó haber publicado Cien años de soledad, una novela escrita de manera “sencilla, precipitada y superficial”.

 Pero al empezar a trabajar, creía que “una forma simple y estricta es la más impresionante y la más difícil”.  “Cien años de soledad es un testimonio literario completo de todo lo que me ocupó cuando era niño”, dice García Márquez. Desde su infancia, el niño Gabo aporta a la novela su imaginación directa, no empañada ni complicada ni por la ciencia ni por la mitología. Con él, los cuentos de la abuela, las creencias, las predicciones y las historias del abuelo aparecen en las páginas de la novela.

 Aparece una casa con una larga galería donde las mujeres bordan e intercambian noticias, con aromas de flores y hierbas aromáticas, con olor a agua de flores, que diariamente era ungida por los rebeldes rizos juveniles, con una guerra constante con los insectos malvados: las polillas, mosquitos, hormigas, entrando misteriosamente en el crepúsculo a través de los ojos de los santos, con las puertas de las habitaciones de los difuntos tía Petra y tío Lázaro cerradas.

 Por supuesto, Gabo se llevó consigo su juguete favorito: una bailarina de cuerda, su libro de cuentos de hadas favorito y sus delicias favoritas: helados y dulces, gallos y caballos. No olvidó los paseos con su abuelo por las calles de Aracataca y los claros de las plantaciones de banano, y no se perdió las mejores vacaciones: un viaje al circo.

 “En cada héroe de la novela hay un pedazo de mí”, afirma el escritor, y estas palabras sin duda se refieren al niño Gabo, quien esparce ampliamente a lo largo de las páginas los signos de su infancia: los sueños, la necesidad de juego y la pasión por el juego, un agudo sentido de la justicia e incluso una crueldad infantil. El escritor retoma estos motivos infantiles y los profundiza. Para él, la infancia es idéntica a la nacionalidad. Este punto de vista no es nuevo. Ha estado presente durante mucho tiempo en la literatura y se ha convertido en una “metáfora tradicional”, “una fórmula poética convencional”

 Y los simples conceptos "infantiles" sobre la incompatibilidad del bien y el mal, la verdad y la falsedad se convierten en un extenso sistema de moralidad familiar tribal. Los cuentos de hadas y los sueños del niño se convierten en parte de la identidad del pueblo. “La mitología popular entra en la realidad”, dice el escritor, “estas son las creencias del pueblo, sus cuentos de hadas, que no nacen de la nada, sino que son creados por el pueblo, son su historia, su vida diaria, ellos somos partícipes tanto de sus victorias como de sus derrotas”

 La base de la novela “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez es la historia del pueblo de Macondo. Poco después de la publicación de la novela (1967), esta palabra ocupó un lugar destacado en el mapa literario del mundo. Su origen ha sido explicado de diferentes maneras y ha dado lugar a debate. Finalmente, en la llamada “zona bananera” del noroeste de Colombia, entre los pueblos de Aracataca (la tierra natal del escritor) y Ciénaga, se encontró el pueblo de Macondo, bien escondido en la selva tropical y conocido como un lugar encantado.

 Llegar allí es dificil, pero es imposible salir de allí. ¿Y no es la magia de la palabra misma, su sonido misterioso, lo que explica la pasión del escritor colombiano por ella? El pueblo de Macondo ya aparece en sus primeros cuentos de los años cuarenta y cincuenta y se describe en su primer cuento, “Opal” (en otra traducción, “Fallen Leaves” (Hojas caídas, 1952). Pero por el momento sigue siendo un lugar de acción ordinario; sólo adquirirá independencia en la novela "Cien años de soledad".

 Allí, desde las coordenadas geográficas terrestres, Macondo migrará hacia profundos paralelos espirituales y morales, se convertirá en un recuerdo amoroso de la infancia, como una astilla, girará en los remolinos de la Historia, se llenará del poder mágico de las eternas tradiciones populares, cuentos de hadas y supersticiones, absorberá tanto la “risa a través de las lágrimas” como las lágrimas a través de la risa del Gran Arte y resonará con el sonido de la campana de la memoria humana.

 – ¡Macondo! Recuerda a la buena gente de Macondo, que se convirtió en el patio de recreo de las fuerzas oscuras de la historia, sobre la tragedia de la poderosa tribu Buendía, condenada a desaparecer de la faz de la tierra, a pesar de su nombre, que significa “¡Hola!” El escritor nos deja lo siguiente: “Cien años de soledad” es sólo una reproducción poética de mi infancia”, dice García Márquez. Parecía que García Márquez estaba plenamente formado como artista realista, un escritor social con su propio tema: la vida del interior de Colombia. Sus cuentos e historias atrajeron la atención tanto de críticos como de lectores. Entre su prosa de los años cincuenta destaca el cuento “Nadie le escribe al coronel” (1958).

 El propio autor la tituló, junto con otro cuento, “Crónica de una muerte anunciada” (1981) La época de creación del cuento “Nadie le escribe al coronel” es denominada “la época de la violencia” en la historia de Colombia. Estos son los años de gobierno de una dictadura reaccionaria, que mantuvo el poder mediante el terror abierto y el asesinato político en masa, mediante la intimidación, la hipocresía y el engaño absoluto. La intelectualidad progresista respondió a la violencia con novelas, cuentos cortos, historias nacidas de la ira y el dolor, pero más parecidas a panfletos políticos que a obras de ficción.

 El cuento de García Márquez también pertenece a esta corriente literaria. Sin embargo, el escritor, según él, no estaba interesado en “un inventario de los muertos y una descripción de los métodos de violencia, sino ...en primer lugar, las consecuencias de la violencia para los que sobrevivieron” Representa una ciudad sin nombre, sometida a un toque de queda, envuelta en una amarga atmósfera de miedo, incertidumbre, desunión y soledad. Pero García Márquez ve cómo las semillas de la Resistencia, pisoteadas hasta convertirlas en polvo, vuelven a madurar, cómo vuelven a aparecer panfletos sediciosos, cómo los jóvenes vuelven a esperar entre bastidores. El héroe de la historia es un coronel retirado cuyo hijo, que repartía folletos, fue asesinado, su último apoyo en su vejez.

 Esta imagen es un acierto indudable del autor. El coronel (permanece anónimo en la historia) es un veterano de la guerra civil entre liberales y conservadores, uno de los doscientos oficiales del ejército liberal a quienes, según el tratado de paz firmado en la localidad de Neerlandia, se les garantizaba una pensión vitalicia. Consumido por el hambre, atormentado por la enfermedad, asediado por la vejez, espera en vano esta pensión, manteniendo su dignidad. La ironía le permite superar las trágicas circunstancias de la vida. “En los chistes y palabras del coronel, el humor se convierte en una paradójica pero verdadera medida de valentía. El coronel se ríe, como si estuviera respondiendo” Bien dicho, pero sólo el “humor paradójico” tiene nombre literario propio: se llama “ironía”.

 Mire cómo el coronel responde. “Lo único que queda de ti son huesos”, le dice su esposa. “Me estoy preparando para la venta”, responde el coronel. "Ya tenemos un pedido de una fábrica de clarinetes” ¡Hay tanta amarga ironía en esta respuesta! La imagen del coronel se complementa con la imagen de un gallo de pelea, que el anciano heredó de su hijo. El gallo es el doble irónico del coronel; es tan hambriento y huesudo como su amo, está lleno de un espíritu de lucha implacable, que recuerda el estoicismo invencible del coronel. En las próximas peleas de gallos, este gallo tiene posibilidades de victoria, que esperan no solo al coronel, sino también a los camaradas del hijo asesinado del coronel. Le promete la salvación del hambre; lo necesitan como primer punto de partida de la lucha inminente.

  “Así es como la historia de una persona que se defiende sola se convierte en una historia de superación de la soledad” La imagen del gallo está representada tan claramente en la historia que algunos críticos vieron en este pájaro, y no en el hombre, su dueño, un símbolo de la Resistencia. “Piénselo, casi hiervo este gallo en la sopa”, respondió el propio escritor con una observación tan irónica a las especulaciones de los críticos.

 Nos encontraremos con el Coronel en “Cien años de soledad” en la persona del joven tesorero de los liberales: en algún lugar de la periferia de la historia ya asoma el coronel Aureliano Buendía, uno de los personajes principales de la futura novela. Parecería que hay un camino recto desde la historia a la novela, pero este camino resultó ser largo y sinuoso. El caso es que el escritor Gabriel García Márquez estaba insatisfecho consigo mismo y con la forma tradicional de prosa sociopolítica latinoamericana en la que estaban escritos sus cuentos.

 Soñaba con “una novela absolutamente libre, interesante no sólo por su contenido político y social, sino también por su capacidad de penetrar profundamente en la realidad, y lo mejor de todo es que el novelista es capaz de darle la vuelta a la realidad y mostrar su otra cara”. Comenzó una novela de este tipo y, después de un año y medio de trabajo febril, la terminó en la primavera de 1967. En ese día y hora, y tal vez incluso en ese mismo minuto, cuando García Márquez pasó la última página de su primera novela y levantó sus ojos cansados ​​del manuscrito, vio un milagro.

 La puerta de la habitación se abrió silenciosamente y entró un gato azul, bueno, absolutamente azul. “De ninguna otra manera el libro durará un par de ediciones”, pensó el escritor. Sin embargo, sus dos hijos pequeños aparecieron en la puerta, triunfantes, ahogados de risa, y manchados de pintura azul. Y, sin embargo, la novela “Cien años de soledad” resultó ser un milagro o, científicamente hablando, un fenómeno. La editorial argentina Sudamericana publicó el libro con una tirada de 6 mil ejemplares, esperando que se agotara en un año. Pero la tirada se agotó en dos o tres días. La editorial, sorprendida, lanzó rápidamente al mercado del libro la segunda, tercera, cuarta y quinta tiradas.

 Así comenzó la fama fabulosa y fenomenal de “Cien años de soledad”. Hoy en día, la novela existe en más de treinta idiomas y su circulación total supera los 13 millones. La novela de García Márquez batió todos los récords. Durante el último medio siglo, ninguna obra de arte ha recibido respuestas tan tormentosas y variadas por parte de los críticos. La novela, relativamente pequeña, está plagada de monografías, ensayos y disertaciones. Contienen muchas observaciones sutiles y reflexiones profundas, pero a menudo hay intentos de interpretar la obra de García Márquez en las tradiciones de la “novela mitológica” occidental moderna, de conectarla con el mito bíblico, con su creación del mundo, la civilización egipcia. las plagas y el apocalipsis, o con el mito antiguo con su tragedia, el destino y el incesto, o con el psicoanalítico según Freud, etc.

 Tales interpretaciones, provocadas por el noble deseo de “elevar a mito una novela amada”, violan u oscurecen la Conexiones de la novela con la verdad histórica y el suelo popular. El significado de sus magníficas metáforas mitológicas es que en la novela las personas mismas supuestamente ridiculizan su historia y la entierran para apresurarse hacia un futuro brillante con un alma ligera. En la novela, junto a la risa, también hay principios trágicos y líricos que no pueden ser ridiculizados. Hay páginas por las que fluye la sangre de las personas, y reírse de ellas sólo puede ser una burla. Y casi no es necesario demostrar que lo principal de la novela no es la “autoburla”, sino el autoconocimiento del pueblo, que sólo es posible preservando la memoria histórica.

 

 

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