CIEN AÑOS DE SOLEDAD
GRABRIEL GARCIA MARQUEZ
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Maestro de Danza, y
Maestro de Teatro – Egresado del Instituto Nacional de Bellas Artes.
Al principio, García Márquez se mostró satisfecho con el
éxito de la novela. Luego empezó a burlarse de los críticos, asegurándoles que
caían en “trampas” tendidas para ellos, luego hubo notas de irritación en el
tono de sus declaraciones: “Los críticos tienen la costumbre de leer en una
novela no lo que es allí, sino lo que les gustaría ver en él” “Por intelectual
entiendo una criatura extraña que opone la realidad a un concepto preconcebido
y trata a toda costa de encajar en él esta realidad” Las cosas llegaron al
punto en que el escritor renunció a su amada creación. En una entrevista con “El
olor de guayaba” (1982), lamentó haber publicado Cien años de soledad, una
novela escrita de manera “sencilla, precipitada y superficial”.
Pero al empezar a trabajar, creía que “una forma simple y
estricta es la más impresionante y la más difícil”. “Cien años de soledad es un testimonio
literario completo de todo lo que me ocupó cuando era niño”, dice García
Márquez. Desde su infancia, el niño Gabo aporta a la novela su imaginación
directa, no empañada ni complicada ni por la ciencia ni por la mitología. Con
él, los cuentos de la abuela, las creencias, las predicciones y las historias
del abuelo aparecen en las páginas de la novela.
Aparece una casa con una larga galería donde las mujeres
bordan e intercambian noticias, con aromas de flores y hierbas aromáticas, con
olor a agua de flores, que diariamente era ungida por los rebeldes rizos
juveniles, con una guerra constante con los insectos malvados: las polillas,
mosquitos, hormigas, entrando misteriosamente en el crepúsculo a través de los
ojos de los santos, con las puertas de las habitaciones de los difuntos tía
Petra y tío Lázaro cerradas.
Por supuesto, Gabo se llevó consigo su juguete favorito: una
bailarina de cuerda, su libro de cuentos de hadas favorito y sus delicias
favoritas: helados y dulces, gallos y caballos. No olvidó los paseos con su
abuelo por las calles de Aracataca y los claros de las plantaciones de banano,
y no se perdió las mejores vacaciones: un viaje al circo.
“En cada héroe de la novela hay un pedazo de mí”, afirma el
escritor, y estas palabras sin duda se refieren al niño Gabo, quien esparce
ampliamente a lo largo de las páginas los signos de su infancia: los sueños, la
necesidad de juego y la pasión por el juego, un agudo sentido de la justicia e
incluso una crueldad infantil. El escritor retoma estos motivos infantiles y
los profundiza. Para él, la infancia es idéntica a la nacionalidad. Este punto
de vista no es nuevo. Ha estado presente durante mucho tiempo en la literatura
y se ha convertido en una “metáfora tradicional”, “una fórmula poética
convencional”
Y los simples conceptos "infantiles" sobre la
incompatibilidad del bien y el mal, la verdad y la falsedad se convierten en un
extenso sistema de moralidad familiar tribal. Los cuentos de hadas y los sueños
del niño se convierten en parte de la identidad del pueblo. “La mitología
popular entra en la realidad”, dice el escritor, “estas son las creencias del
pueblo, sus cuentos de hadas, que no nacen de la nada, sino que son creados por
el pueblo, son su historia, su vida diaria, ellos somos partícipes tanto de sus
victorias como de sus derrotas”
La base de la novela “Cien años de soledad” de Gabriel García
Márquez es la historia del pueblo de Macondo. Poco después de la publicación de
la novela (1967), esta palabra ocupó un lugar destacado en el mapa literario
del mundo. Su origen ha sido explicado de diferentes maneras y ha dado lugar a
debate. Finalmente, en la llamada “zona bananera” del noroeste de Colombia,
entre los pueblos de Aracataca (la tierra natal del escritor) y Ciénaga, se
encontró el pueblo de Macondo, bien escondido en la selva tropical y conocido
como un lugar encantado.
Llegar allí es dificil, pero es imposible salir de allí. ¿Y
no es la magia de la palabra misma, su sonido misterioso, lo que explica la
pasión del escritor colombiano por ella? El pueblo de Macondo ya aparece en sus
primeros cuentos de los años cuarenta y cincuenta y se describe en su primer
cuento, “Opal” (en otra traducción, “Fallen Leaves” (Hojas caídas, 1952). Pero
por el momento sigue siendo un lugar de acción ordinario; sólo adquirirá
independencia en la novela "Cien años de soledad".
Allí, desde las coordenadas geográficas terrestres, Macondo
migrará hacia profundos paralelos espirituales y morales, se convertirá en un
recuerdo amoroso de la infancia, como una astilla, girará en los remolinos de
la Historia, se llenará del poder mágico de las eternas tradiciones populares,
cuentos de hadas y supersticiones, absorberá tanto la “risa a través de las
lágrimas” como las lágrimas a través de la risa del Gran Arte y resonará con el
sonido de la campana de la memoria humana.
– ¡Macondo! Recuerda a la buena gente de Macondo, que
se convirtió en el patio de recreo de las fuerzas oscuras de la historia, sobre
la tragedia de la poderosa tribu Buendía, condenada a desaparecer de la faz de
la tierra, a pesar de su nombre, que significa “¡Hola!” El escritor nos deja lo
siguiente: “Cien años de soledad” es sólo una reproducción poética de mi
infancia”, dice García Márquez. Parecía que García Márquez estaba plenamente
formado como artista realista, un escritor social con su propio tema: la vida
del interior de Colombia. Sus cuentos e historias atrajeron la atención tanto
de críticos como de lectores. Entre su prosa de los años cincuenta destaca el
cuento “Nadie le escribe al coronel” (1958).
El propio autor la tituló, junto con otro cuento, “Crónica de
una muerte anunciada” (1981) La época de creación del cuento “Nadie le escribe
al coronel” es denominada “la época de la violencia” en la historia de
Colombia. Estos son los años de gobierno de una dictadura reaccionaria, que
mantuvo el poder mediante el terror abierto y el asesinato político en masa,
mediante la intimidación, la hipocresía y el engaño absoluto. La
intelectualidad progresista respondió a la violencia con novelas, cuentos
cortos, historias nacidas de la ira y el dolor, pero más parecidas a panfletos
políticos que a obras de ficción.
El cuento de García Márquez también pertenece a esta corriente
literaria. Sin embargo, el escritor, según él, no estaba interesado en “un
inventario de los muertos y una descripción de los métodos de violencia, sino ...en
primer lugar, las consecuencias de la violencia para los que sobrevivieron” Representa
una ciudad sin nombre, sometida a un toque de queda, envuelta en una amarga
atmósfera de miedo, incertidumbre, desunión y soledad. Pero García Márquez ve
cómo las semillas de la Resistencia, pisoteadas hasta convertirlas en polvo,
vuelven a madurar, cómo vuelven a aparecer panfletos sediciosos, cómo los
jóvenes vuelven a esperar entre bastidores. El héroe de la historia es un
coronel retirado cuyo hijo, que repartía folletos, fue asesinado, su último
apoyo en su vejez.
Esta imagen es un acierto indudable del autor. El coronel
(permanece anónimo en la historia) es un veterano de la guerra civil entre
liberales y conservadores, uno de los doscientos oficiales del ejército liberal
a quienes, según el tratado de paz firmado en la localidad de Neerlandia, se
les garantizaba una pensión vitalicia. Consumido por el hambre, atormentado por
la enfermedad, asediado por la vejez, espera en vano esta pensión, manteniendo
su dignidad. La ironía le permite superar las trágicas circunstancias de la
vida. “En los chistes y palabras del coronel, el humor se convierte en una
paradójica pero verdadera medida de valentía. El coronel se ríe, como si
estuviera respondiendo” Bien dicho, pero sólo el “humor paradójico” tiene
nombre literario propio: se llama “ironía”.
Mire cómo el coronel responde. “Lo único que queda de ti son
huesos”, le dice su esposa. “Me estoy preparando para la venta”, responde el
coronel. "Ya tenemos un pedido de una fábrica de clarinetes” ¡Hay tanta amarga
ironía en esta respuesta! La imagen del coronel se complementa con la imagen de
un gallo de pelea, que el anciano heredó de su hijo. El gallo es el doble
irónico del coronel; es tan hambriento y huesudo como su amo, está lleno de un
espíritu de lucha implacable, que recuerda el estoicismo invencible del coronel.
En las próximas peleas de gallos, este gallo tiene posibilidades de victoria,
que esperan no solo al coronel, sino también a los camaradas del hijo asesinado
del coronel. Le promete la salvación del hambre; lo necesitan como primer punto
de partida de la lucha inminente.
“Así es como la
historia de una persona que se defiende sola se convierte en una historia de
superación de la soledad” La imagen del gallo está representada tan claramente
en la historia que algunos críticos vieron en este pájaro, y no en el hombre,
su dueño, un símbolo de la Resistencia. “Piénselo, casi hiervo este gallo en la
sopa”, respondió el propio escritor con una observación tan irónica a las
especulaciones de los críticos.
Nos encontraremos con el Coronel en “Cien años de soledad” en
la persona del joven tesorero de los liberales: en algún lugar de la periferia
de la historia ya asoma el coronel Aureliano Buendía, uno de los personajes
principales de la futura novela. Parecería que hay un camino recto desde la
historia a la novela, pero este camino resultó ser largo y sinuoso. El caso es
que el escritor Gabriel García Márquez estaba insatisfecho consigo mismo y con
la forma tradicional de prosa sociopolítica latinoamericana en la que estaban
escritos sus cuentos.
Soñaba con “una novela absolutamente libre, interesante no
sólo por su contenido político y social, sino también por su capacidad de
penetrar profundamente en la realidad, y lo mejor de todo es que el novelista
es capaz de darle la vuelta a la realidad y mostrar su otra cara”. Comenzó una
novela de este tipo y, después de un año y medio de trabajo febril, la terminó
en la primavera de 1967. En ese día y hora, y tal vez incluso en ese mismo
minuto, cuando García Márquez pasó la última página de su primera novela y
levantó sus ojos cansados del manuscrito, vio un milagro.
La puerta de la habitación se abrió silenciosamente y entró un gato azul, bueno,
absolutamente azul. “De ninguna otra manera el libro durará un par de
ediciones”, pensó el escritor. Sin embargo, sus dos hijos pequeños aparecieron
en la puerta, triunfantes, ahogados de risa, y manchados de pintura azul. Y,
sin embargo, la novela “Cien años de soledad” resultó ser un milagro o,
científicamente hablando, un fenómeno. La editorial argentina Sudamericana
publicó el libro con una tirada de 6 mil ejemplares, esperando que se agotara
en un año. Pero la tirada se agotó en dos o tres días. La editorial,
sorprendida, lanzó rápidamente al mercado del libro la segunda, tercera, cuarta
y quinta tiradas.
Así comenzó la fama fabulosa y fenomenal de “Cien años de
soledad”. Hoy en día, la novela existe en más de treinta idiomas y su
circulación total supera los 13 millones. La novela de García Márquez batió
todos los récords. Durante el último medio siglo, ninguna obra de arte ha
recibido respuestas tan tormentosas y variadas por parte de los críticos. La
novela, relativamente pequeña, está plagada de monografías, ensayos y
disertaciones. Contienen muchas observaciones sutiles y reflexiones profundas,
pero a menudo hay intentos de interpretar la obra de García Márquez en las
tradiciones de la “novela mitológica” occidental moderna, de conectarla con el
mito bíblico, con su creación del mundo, la civilización egipcia. las plagas y
el apocalipsis, o con el mito antiguo con su tragedia, el destino y el incesto,
o con el psicoanalítico según Freud, etc.
Tales interpretaciones, provocadas por el noble deseo de
“elevar a mito una novela amada”, violan u oscurecen la Conexiones de la novela
con la verdad histórica y el suelo popular. El significado de sus magníficas
metáforas mitológicas es que en la novela las personas mismas supuestamente
ridiculizan su historia y la entierran para apresurarse hacia un futuro
brillante con un alma ligera. En la novela, junto a la risa, también hay
principios trágicos y líricos que no pueden ser ridiculizados. Hay páginas por
las que fluye la sangre de las personas, y reírse de ellas sólo puede ser una
burla. Y casi no es necesario demostrar que lo principal de la novela no es la
“autoburla”, sino el autoconocimiento del pueblo, que sólo es posible
preservando la memoria histórica.
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