DIOS ¡NO A MUERTO!
ESTA DENTRO DE MI
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Maestro de Danza, y
Maestro de Teatro – Egresado del Instituto Nacional de Bellas Artes.
El arte de amar la vida, vivir está casi olvidado hoy en día.
Crecimos en el bullicio del cambio constante, del movimiento eterno, al que nos
lleva ya sea el aburrimiento o las fantasías de nuestra psique. El mundo que
conocimos a muerto, sin embargo, “Dios no ha muerto”, y la perversidad humana,
nos tiene atrapados con sus hábitos vacíos, sus engañosas alegrías, sus mezclas
pragmáticas, y desprovistas de esencia, y su materialismo embrutecedor.
Realmente nos falta la capacidad de detenernos y mirar atentamente a nuestro
alrededor, y esta es una de las formas de vernos a nosotros mismos.
Vamos, pisoteando todo y a todos, sin pensar, sin
participación real en la vida destruyendo humanos, seres vivos, naturaleza,
como si fuésemos un nuevo Dios en cada uno de nosotros o estuviésemos
iluminados por algo divino. Hemos olvidado que hay cosas queridas, cercanas a
los sentimientos, aunque sean pequeñas e insignificantes, pero nuestras,
queridas, que dan calor al alma, y fortalecen el espíritu. A veces incluso parece
que hemos perdido el amor por nosotros mismos Creo que es hora de recuperar los
sentimientos perdido. Hoy contamos con muchas fuentes de información para
fortalecernos y sin embargo son las que nos destruyen, pero ¿es eso suficiente?
Para reconstruirnos.
¿Qué significa ser un filósofo existencialista en la vida?
¿Estudiar, ayudar, apoyar, dar clases, aprender aquello que antes era
desconocido? Sí...pero no sólo es eso. Es necesario sentir la realidad más
íntima de todas las cosas y poder vivir de acuerdo a ella. Y para ello no basta
con asistir a un templo religioso, darse golpes de pecho, orar, hacer
determinados ejercicios, sentarse en determinadas posiciones, agotar el cuerpo
con ayunos y abstinencias, o ir al otro extremo. Sé que nos falta algo más, algo
más sublime. Nos falta la comprensión de que hay cosas que a primera vista
parecen insignificantes, pero en realidad son grandes y muy importantes.
Sé también que, estando muy lejos de ser perfecto, no soy
precisamente adecuado para ser un ejemplo ideal de filósofo amante de la vida.
Pero siento la necesidad de compartir con ustedes una pequeña parte de mi
experiencia de vida, intentaré superar mi ego, arrogancia, miedos, timidez y
esa es parte de historia de mi propia vida. No todo se puede explicar con
palabras, pero quiero compartir mi experiencia con la esperanza de que les sea
útil. Durante muchos años he vivido cerca de las olas del mar, y me encanta
disfrutar esa magia. Por las mañanas en el centro histórico se llena de
turistas y personas comunes y sencillas que acuden al mercado, o a trabajar,
cuando está oscureciendo se mueve un flujo interminable de turistas por el
malecón.
Cuando tenía 12 años de edad vivía en la colonia Montuosa, en
una calle lateral a lo que era mi escuela secundaria (Federal uno). Mucha de la
gente que vivía en esta colonia eran pescadores, y guardaban sus lanchas en el
estero del infiernillo. Ya siendo de noche las calles de la colonia se quedaban
solas, sin luz, así que a partir de las siete de noche no se podía ver lo que
ocurría en esas calles solitarias, o se hacian las cosas sin que nadie lo
notara, como si viviéramos en otra dimensión. El centro de la ciudad era
pequeño, se podía ver a las personas corriendo o caminando por las banquetas.
Por la calle un mundo de gente en bicicleta, otras menos en moto, y pocos
autos, siendo mayor el tráfico humano.
En el malecón, cerca al mar, en la plazuela Zaragoza, la
plazuela machado, vi parejas de enamorados, completamente absortos el uno en el
otro, y personas mayores unidas por su ritmo pausado y, en cierta medida, por
recuerdos comunes. Algunos niños corrían de un lado a otro, llevados por sus
juegos, que siguen siendo un misterio para los jóvenes de hoy. Se me ocurrió
que, si de repente todos supieran que la “Verdad, del amor y la vida” estaban
allí y podía verse con los propios ojos, entonces todos correríamos de nuevo
hacia ella. Y así, cada vez que veo personas caminando solas, con su rostro
acongojado, aprisa, sin vernos a los ojos y saludarnos, cada uno en su dirección,
mi corazón me dice que no están buscando la “Verdad de la vida”, sin querer ser
felices de nuevo en absoluto. Cada uno intenta acercarse a su propia verdad,
que suele reflejar sus deseos, aspiraciones y en general todo lo demás.
Desde niño, me encanta ver las estrellas centellar en lo azul
del cielo, y recordar los viejos cuentos en donde el navegante se guiaba por
ellas en un mar embravecido, o una pequeña barca en busca de alimento para sus
hijos. Hoy cada vez que levanto mis ojos al cielo en medio de la oscuridad una
sensación extraña me invade. Me doy cuenta de que podría ser filósofo
existencial sin la necesidad de evocar las palabras de Heráclito ni a Emmanuel
Kant. De algún lugar surgió la comprensión de que el movimiento constante de
las cosas y de los seres vivos, en búsqueda de algo, aunque sea de forma
inconsciente, es sin embargo natural y digno de respeto.
Dios está en todo y en todos “No ha muerto, pero fue velado”,
en cada camino, en cada esperanza, en cada nostalgia. Perder la oportunidad de
ver esta presencia Divina en todo es un gran error. Pero un error aún mayor es
dejar de ser filósofo existencial por esto. Porque fue la comprensión de esta
verdad lo que me llevó a esas pequeñas revelaciones del alma que les cuento, y
a muchas otras realizaciones sobre las que permanezco en silencio, incapaz de
encontrar palabras para expresar lo inexpresable. Fue en la secundaria cuando
de repente sentí que algún vínculo misterioso me conectaba con todas las
personas, fue en la madurez donde me asaltaron los gratos o mejores momentos de
mi vida en la niñez.
Fue en la preparatoria donde leía a Adolfo Bécquer, Amado
Nervo, Rubén Dario. Fue en la preparatoria donde leí a los filósofos clásicos,
a los existencialistas, y con ellos en mi mente, sentí que de alguna manera
misteriosa todas las personas se convertían en mis hermanos. Me di cuenta que
todo está conectado, la vida, la muerte, Dios, el tiempo, el espacio, todo
estaba entrelazado y unido en mí. Yo era un niño, corriendo y jugando, en mi
pueblo. Yo estaba enamorado de mis compañeras de escuela, me encantaba caminar
sin notar todas las cosas que la naturaleza me regalaba para mi disfrute. Han
pasado muchas primaveras y sigo enamorado de la vida, de caminar por las
calles, de saludar, sin recibir respuesta alguna.
Son calles que he caminado miles de veces, son casas que han
ido cambiando de gente. Yo, fui un joven que me sentía como una de mis
estrellas flotando en el cielo de las ilusiones, fui aquel que vio en las
playas partir las lanchas viejas en busca de alimento para la familia de esos
pescadores. Fueron aquellos tiempos en los que viví con gran verdad, confianza
inquebrantable, paz y emoción al mismo tiempo.
Y me di cuenta en ese momento que yo era un arquitecto de mi
destino, filósofo de mi vida, un filósofo al que ni los títulos, ni los rangos,
ni los libros pueden hacer cambiar “Por eso te lo cuento” Yo tampoco lo
entiende del todo. Simplemente estoy compartiendo una pequeña revelación del
alma, interna, sutil que me ha acompañado en esta mi vida, y mi intuición me
dice que es sumamente importante. Soy ese ser que no termina por revelarse por
completo, pero va tomando parte en todo al borde sus propias crisis y demonios
internos con la idea firme en mi mente que “Dios no ha muerto, pero ha sido
velado”
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