lunes, 24 de febrero de 2025

 

DIOS ¡NO A MUERTO! ESTA DENTRO DE MI

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Maestro de Danza, y Maestro de Teatro – Egresado del Instituto Nacional de Bellas Artes.

 El arte de amar la vida, vivir está casi olvidado hoy en día. Crecimos en el bullicio del cambio constante, del movimiento eterno, al que nos lleva ya sea el aburrimiento o las fantasías de nuestra psique. El mundo que conocimos a muerto, sin embargo, “Dios no ha muerto”, y la perversidad humana, nos tiene atrapados con sus hábitos vacíos, sus engañosas alegrías, sus mezclas pragmáticas, y desprovistas de esencia, y su materialismo embrutecedor. Realmente nos falta la capacidad de detenernos y mirar atentamente a nuestro alrededor, y esta es una de las formas de vernos a nosotros mismos.

 Vamos, pisoteando todo y a todos, sin pensar, sin participación real en la vida destruyendo humanos, seres vivos, naturaleza, como si fuésemos un nuevo Dios en cada uno de nosotros o estuviésemos iluminados por algo divino. Hemos olvidado que hay cosas queridas, cercanas a los sentimientos, aunque sean pequeñas e insignificantes, pero nuestras, queridas, que dan calor al alma, y fortalecen el espíritu. A veces incluso parece que hemos perdido el amor por nosotros mismos Creo que es hora de recuperar los sentimientos perdido. Hoy contamos con muchas fuentes de información para fortalecernos y sin embargo son las que nos destruyen, pero ¿es eso suficiente? Para reconstruirnos.

 ¿Qué significa ser un filósofo existencialista en la vida? ¿Estudiar, ayudar, apoyar, dar clases, aprender aquello que antes era desconocido? Sí...pero no sólo es eso. Es necesario sentir la realidad más íntima de todas las cosas y poder vivir de acuerdo a ella. Y para ello no basta con asistir a un templo religioso, darse golpes de pecho, orar, hacer determinados ejercicios, sentarse en determinadas posiciones, agotar el cuerpo con ayunos y abstinencias, o ir al otro extremo. Sé que nos falta algo más, algo más sublime. Nos falta la comprensión de que hay cosas que a primera vista parecen insignificantes, pero en realidad son grandes y muy importantes.

 Sé también que, estando muy lejos de ser perfecto, no soy precisamente adecuado para ser un ejemplo ideal de filósofo amante de la vida. Pero siento la necesidad de compartir con ustedes una pequeña parte de mi experiencia de vida, intentaré superar mi ego, arrogancia, miedos, timidez y esa es parte de historia de mi propia vida. No todo se puede explicar con palabras, pero quiero compartir mi experiencia con la esperanza de que les sea útil. Durante muchos años he vivido cerca de las olas del mar, y me encanta disfrutar esa magia. Por las mañanas en el centro histórico se llena de turistas y personas comunes y sencillas que acuden al mercado, o a trabajar, cuando está oscureciendo se mueve un flujo interminable de turistas por el malecón.

 Cuando tenía 12 años de edad vivía en la colonia Montuosa, en una calle lateral a lo que era mi escuela secundaria (Federal uno). Mucha de la gente que vivía en esta colonia eran pescadores, y guardaban sus lanchas en el estero del infiernillo. Ya siendo de noche las calles de la colonia se quedaban solas, sin luz, así que a partir de las siete de noche no se podía ver lo que ocurría en esas calles solitarias, o se hacian las cosas sin que nadie lo notara, como si viviéramos en otra dimensión. El centro de la ciudad era pequeño, se podía ver a las personas corriendo o caminando por las banquetas. Por la calle un mundo de gente en bicicleta, otras menos en moto, y pocos autos, siendo mayor el tráfico humano.

 En el malecón, cerca al mar, en la plazuela Zaragoza, la plazuela machado, vi parejas de enamorados, completamente absortos el uno en el otro, y personas mayores unidas por su ritmo pausado y, en cierta medida, por recuerdos comunes. Algunos niños corrían de un lado a otro, llevados por sus juegos, que siguen siendo un misterio para los jóvenes de hoy. Se me ocurrió que, si de repente todos supieran que la “Verdad, del amor y la vida” estaban allí y podía verse con los propios ojos, entonces todos correríamos de nuevo hacia ella. Y así, cada vez que veo personas caminando solas, con su rostro acongojado, aprisa, sin vernos a los ojos y saludarnos, cada uno en su dirección, mi corazón me dice que no están buscando la “Verdad de la vida”, sin querer ser felices de nuevo en absoluto. Cada uno intenta acercarse a su propia verdad, que suele reflejar sus deseos, aspiraciones y en general todo lo demás.

 Desde niño, me encanta ver las estrellas centellar en lo azul del cielo, y recordar los viejos cuentos en donde el navegante se guiaba por ellas en un mar embravecido, o una pequeña barca en busca de alimento para sus hijos. Hoy cada vez que levanto mis ojos al cielo en medio de la oscuridad una sensación extraña me invade. Me doy cuenta de que podría ser filósofo existencial sin la necesidad de evocar las palabras de Heráclito ni a Emmanuel Kant. De algún lugar surgió la comprensión de que el movimiento constante de las cosas y de los seres vivos, en búsqueda de algo, aunque sea de forma inconsciente, es sin embargo natural y digno de respeto.

 Dios está en todo y en todos “No ha muerto, pero fue velado”, en cada camino, en cada esperanza, en cada nostalgia. Perder la oportunidad de ver esta presencia Divina en todo es un gran error. Pero un error aún mayor es dejar de ser filósofo existencial por esto. Porque fue la comprensión de esta verdad lo que me llevó a esas pequeñas revelaciones del alma que les cuento, y a muchas otras realizaciones sobre las que permanezco en silencio, incapaz de encontrar palabras para expresar lo inexpresable. Fue en la secundaria cuando de repente sentí que algún vínculo misterioso me conectaba con todas las personas, fue en la madurez donde me asaltaron los gratos o mejores momentos de mi vida en la niñez.

 Fue en la preparatoria donde leía a Adolfo Bécquer, Amado Nervo, Rubén Dario. Fue en la preparatoria donde leí a los filósofos clásicos, a los existencialistas, y con ellos en mi mente, sentí que de alguna manera misteriosa todas las personas se convertían en mis hermanos. Me di cuenta que todo está conectado, la vida, la muerte, Dios, el tiempo, el espacio, todo estaba entrelazado y unido en mí. Yo era un niño, corriendo y jugando, en mi pueblo. Yo estaba enamorado de mis compañeras de escuela, me encantaba caminar sin notar todas las cosas que la naturaleza me regalaba para mi disfrute. Han pasado muchas primaveras y sigo enamorado de la vida, de caminar por las calles, de saludar, sin recibir respuesta alguna.

 Son calles que he caminado miles de veces, son casas que han ido cambiando de gente. Yo, fui un joven que me sentía como una de mis estrellas flotando en el cielo de las ilusiones, fui aquel que vio en las playas partir las lanchas viejas en busca de alimento para la familia de esos pescadores. Fueron aquellos tiempos en los que viví con gran verdad, confianza inquebrantable, paz y emoción al mismo tiempo.

 Y me di cuenta en ese momento que yo era un arquitecto de mi destino, filósofo de mi vida, un filósofo al que ni los títulos, ni los rangos, ni los libros pueden hacer cambiar “Por eso te lo cuento” Yo tampoco lo entiende del todo. Simplemente estoy compartiendo una pequeña revelación del alma, interna, sutil que me ha acompañado en esta mi vida, y mi intuición me dice que es sumamente importante. Soy ese ser que no termina por revelarse por completo, pero va tomando parte en todo al borde sus propias crisis y demonios internos con la idea firme en mi mente que “Dios no ha muerto, pero ha sido velado”

 

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