viernes, 12 de septiembre de 2025

 

UN RECUERDO DE MI INFANCIA CON MIS PADRES

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.

Apreciaba especialmente los dias de trabajo cabalgando al lado de mi padre por los montes y rancherías. Mi padre tenía un agudo sentido de la naturaleza y conocía muy bien su vida. Estos dias fueron mis primeras excursiones al campo. Mi padre me enseñó a reconocer los árboles y la hierba por sus flores, hojas, cortezas y raíces, los pájaros por sus gritos y cantos, por su vuelo y plumaje en aquellos años me parecía que mi padre era capaz de hablar el idioma de los animales. Revisaba huellas en el camino, recogía plumas de pájaros caídas en el camino y observaba que las crías no habían caído de su nido. Incluso me enseño el recorrido de las hormigas, gusanos.  y su forma de vivir en los cultivos.

Frente a los tallos de los arboles observábamos las iguanas subir a la parte alta de los de ellos. Por mi parte en esa edad de infante me sentía encantado con toda esta vida que se movía a mi alrededor, tan cautivadora en su infinita variedad, temprano comencé a recoger o atrapar todo lo que me interesaba y era accesible al poder de mis movimientos torpes y tímidos. Mi casa parecía un museo con tantos animales vivos que llevaba y los cuidaba mientras adquirían la habilidad de volar. Mi madre se molestaba diciéndome que los pajaritos no debían vivir en jaula alguna, que los soltara. Yo por mi parte me mostraba terco y al otro día llegaba con uno más que lo había tumbado el viento y la lluvia.

Este pequeño mundo animal era mi reino donde yo gobernaba por completo, al que desde muy temprano me levantaba alimentar. Fue mi padre quien me enseñó a no tener miedo al rio. En un principio cruzaba el rio a lomo de mi caballo despues nos bañábamos a la orilla de una roca. Mi padre recuerdo nadaba poco, y cuidaba que no me alejara mucho de él “No me despegaba el ojo, siempre atento a mi persona” En esas caminatas me enseñaba y aconsejaba las plantas que no debía tocar “Si, tocas esto, se inflamara tu cuerpo”, “Si lo agarras con las manos, te envenenaras” Me divertía viendo a los pequeños peces nadando desde la roca donde estaba sentado. Mi padre nadaba bien, pero nunca nadó muy lejos para no dejarme solo.

En época de secas nadábamos en los pequeños remansos de aguas verdes que se quedaban acumulados en una parte del rio, y en época de lluvias nos bañábamos en los arroyos por lo inmenso y fuerte de la corriente del rio. Deje el pueblo, y cuando llegue al primer grado de la secundaria en el puerto de Mazatlán, fui al mar, a la playa, me gustaban en las olas, pero observe medusas de color blanco azulado que yacían en la arena, arrastradas por las olas. Una persona le alerto en que no las tocara debido a que quemaban, causando un fuerte dolor en la zona que me tocara “Quemadores” En aquella época había muchos cangrejos en la arena corriendo, también en las piedras, y me di a la tarea de atrapar uno para observarlo de cerca.

Me intrigaban sus ojos, sus antenas y entusiasmado los perseguí por la arena hasta que se metió en ella haciendo un pequeño hoyo. Lo tome con mis manos, sin tener miedo de sus garras. Me divirtió mucho verlos correr de lado. Entonces no sabía nadar en el mar por ser muy diferente a nadar en un rio o en un arroyo, o alberca. Mi mayor placer fue nadar en la parte del mar donde el agua me llegaba al pecho. Por alguna razón meterme un poco más hondo me generaba miedo, y el solo hecho de que la ola me jalara me asustaba. Había algo amenazante en el mar que me alertaba para que me fuera con sumo cuidado. Prefería dejarme llevar por el contacto de mis pies abajo del agua y el nivel del agua en mi pecho. En el monte al lado de mi padre despues de nadar nos sentábamos sobre una roca. En ese momento me dejaba llevar por mirar a la distancia los grandes cerros, y las nubes sobre de ellos.

Mi padre siempre tenía un rostro tranquilo, pacifico, y esa tranquilidad reflejada en sus verdes ojos me daban la seguridad. Uno de aquellos días a lomo de caballo me llevo por los desfiladeros en lo alto del rio, y eso se debió a que era época de lluvias y no podíamos cabalgar abajo en el rio. La vereda era muy angosta, y en algunos lugares debíamos bajarnos del caballo tomándolo de la rienda para cruzar. Recuerdo que me dijo “Si, el caballo tropieza y va a caer, lo sueltas de la rienda para que no te arrastre” Era el antiguo camino de herradura a Tayoltita. En lo alto de los cerros se observaba lo verde del monte, las flores de los árboles, sobre nuestras cabezas las nubes brillantes, y el brillo del sol sobre de ellas.

Ese día se me hizo interminable entre tantas veredas, y abismos. Desde esta altura los animales en el rio se veían como si fueran puntitos. Fue allí, donde me di cuenta que el mundo era más vasto en su grandeza ya que me parecía formidable mirarlo desde las alturas, y sobre todo sin miedo porque mi padre se encontraba a mi lado para cuidarme. Nos sentamos a descansar, y en ese momento tome su mano, y el miedo que me invadió se disipó como una nube ligera en un cielo azul claro. Siempre me imaginé a mi padre como protección y seguridad.

Pensar en él disipó todo miedo. Y el miedo es el mismo sentimiento que acompaña a la infancia, así como la tristeza acompaña a la juventud y el dolor a la vejez. En aquellas noches de lluvia torrencial, y rayos endemoniados por todo el pueblo, me alegraba cuando veía en medio de la oscuridad a mi madre que se acercaba con un alumbrado de petróleo para checar como dormían cada uno de sus hijos. Con los rayos me invadía un miedo atroz su sonido que impregnaba y estremecía todo mi ser. – Mi madr5e al ver mi rostro con miedo, sonreía para restarle importancia al evento, enseguida se acercaba acariciándome mi cabeza, y con palabras suaves me tranquilizaba “Duérmete, no pasa nada, todo está bien” Con mis padres aprendí el secreto de la noche. Mi mama me despertó con sus gritos de alarma.

Un animal le había picado a mi padre mientras dormía. Ella salto, sacudió las sabanas, acerco el alumbrado y vimos al animal malvado y venenoso que movía su cola “Era un enorme alacrán café” De solo verlo me saco escalofrió. Mi madre de inmediato lo mato con una chancla, y yo me quedo mirándolo con repugnancia y miedo. Mi madre lo metió en una botella, y salió de inmediato a la casa del Médico del pueblo Raúl Vega. Cuando este llegó a la casa dio inicio a una frenética batalla mortal entre el veneno y la reacción del cuerpo de mi padre. Este significativo episodio, sacudió mi imaginación infantil, propensa a la fantasía. Mi padre podía morir por un pequeño animal con cola que se movía en lo oscuro y se subía a las camas, o había caído del techo. Mi padre a quien lo vi matando víboras de cascabel estaba siendo vencido por un animalito. Simplemente no lo podía entender. En mi infancia mi padre y mi madre eran las personas más veneradas y queridas por mí.

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