AQUELLAS CHICAS DE
SAN IGNACIO, SINALOA.
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado y Maestría
en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
El senderismo fue parte integral de mi infancia. Habiendo nacido en un pueblo y vivir hasta la edad adolescente en el corazón mismo entre la sierra madre occidental y a orilla del rio Piaxtla. El concepto mismo de senderismo me erra desconocido, sin embargo, lo practicaba recorriendo montes, arroyos, el rio, subiendo cerros. Era parte de mi vida cotidiana. Puede que hoy me dé hasta pereza ir a la tienda de la esquina. En mi época en cada esquina existía un abarrote. Ir de vago por el monte y sus arroyos siempre es una alegría. Para nosotros, los niños de pueblo, una caminata es silencio y diversión.
Es ir cantando, y escuchando el cantar de los pájaros, el suave crepitar de las ramas, es un aire fresco que entra por tu nariz y lo disfrutas. Tuve muchas caminatas que aún recuerdo, sobre todo en época de verano y vacaciones escolares. En mi pueblo la vida sigue como siempre. Los padres continúan trabajando con entusiasmo en sus quehaceres para darles a sus hijos el alimento y cubrir sus necesidades. Son personas sin codicia, y se apresuran a compartir esa alegría con todos, lo que, en principio, hace felices a los niños.
Nosotros, como corresponde a los niños de aquella época, en paralelo a las tareas domésticas, las incursiones en los campos y huertas frutales ajenas no solo nos dedicábamos a caminar y pasear por donde podíamos. Las niñas se quedaban en sus casas y los niños caminábamos, cantábamos, y cortábamos frutas. Con los niños amigos de mi infancia estudie la primaria con diferentes niños, niñas y maestros, pero, por supuesto, que nos conocíamos bien, y creo que la mayoría nos caíamos muy bien.
Por las tardes nos reuníamos en las banquetas para jugar a las escondidas en lo oscuro de los callejones. En la secundaria, impulsados por las hormonas nos seguíamos juntando con un objetivo común, empezamos a comunicarnos mucho más sobre las niñas que empezaban a ser señoritas. Por raro que parezca, siempre hablamos de las mismas. Reconozco que, con ellas durante mi infancia, y adolescencia fui desatento con ellas.
A la hora de hacer mi veliz de viaje de regreso a la ciudad al final de las vacaciones me acordaba de las que más me interesaban, impulsado por fantasías sobre noviazgos. Cualquier chica a esa edad por mucho que me gustara “Me espantaba” y por lo general la que me gustaba ya traía una manada de lobos detrás de ella, así que tomar aliento con valentía para acercármele se desvanecía apenas comenzaba a tomar impulso en mi cabeza. Cuando regresaba de vacaciones en el siguiente verano veía que la chica que seleccione un año antes ya andaba de novia con uno de mis amigos, y la reemplazaba mentalmente por otra “Pura fantasía”
El punto de encuentro era el rio. Anécdota: Un día de aquellos, una de las chicas mientras estábamos reunidos en la arena del rio comenzó un interrogatorio a cada uno de los chicos y chicas. La pregunta recuerdo era muy sencilla ¿Qué es lo que te hace más feliz? Cada uno le fue contestando mintras todos escuchábamos atentos, hasta que me llego el turno y conteste “Mi momento más feliz, es cuando me vengo” Todas se sonrojaron y los chicos se molestaron en que diera esa respuesta la que consideraron vulgar. Por lo que tuve que ampliar la respuesta “Cuando me vengo, porque la vengaza es dulce como la miel”
En esos años aprendí lo que es poder de la palabra de un joven, el vestirse bien, el sentirte orgulloso de quien eres. Los adolescentes nos estaba prohibido decir palabrotas, y como no había teléfono inteligente ni de ningún otro, para platicar lo teníamos que hacer de frente, es decir hacernos los encontradizos en las calles o la plazuela cuando en realidad nuestra intención al caminar por las calles era encontrar a la princesa de nuestros sueños. Pero todo esto fue ayer. Lo último que alguien quería hacer después de esperar y prepararse antes de regresar a casa, era no verla.
Para compensar mi soledad cerca del pueblo, por el callejón que bajaba a mi casa construí una pequeña choza la cual la convertí en mi lugar favorito “Un lugar de silencio” Lo que me quedo claro fue que a las chicas no les impresionaba mi forma de montar ya que para ellas era más importante que las generaciones de jóvenes de mi edad empezaran a manejar un auto, y con ello vino la competencia juvenil sobre quien traía el auto más caro, y en quienes las chicas fijaban sus bellos ojos. - No niego, fue la época en que las chicas en su mayoría dejaron de cocinar. Todas pasaban el verano en casas de sus amigas platicando sobre sus posibles galanes.
– No me consta, pero años despues por una de mis amigas de esa época me dijo que ellas platicaban sobre como besaba el chico con el salían, y se ponían de acuerdo en cómo hacerlo mejor. Sí, no le gustaba el cómo besaba el chico lo descartaban a menos que lo compensara con un auto nuevo. Para mí, lo importante en esa época era sacar buenas calificaciones pensando que estudiando podría atraer a la que me gustara. El pueblo vivía entre reuniones por la tarde, idas al rio, o a los arroyos, entre juegos, adivinación nocturna, el canto de las chicas por las noches con una guitarra, besos bajo la luna, y mi regreso a casa para quedarme dormido abrazando la almohada sustituyéndola por el rostro de la chica que era mi amor platónico, y por supuesto sus padres nunca se enteraron de ese amor por su hija.
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