sábado, 23 de agosto de 2025

 

DISFRUTAR LO SENCILLO DE LA VIDA

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.

Escribir es un ritual especial e importantísimo para mí. Es como si me diera la vuelta y viera todo lo que me preocupa, todos los problemas, miedos, dudas y penas, que se evaporan en cuanto los detallo en una publicación. Últimamente, también siento una enorme satisfacción porque sé para quién escribo, sé a quién puedo ayudar ¡Y esto no tiene precio! Cuando escribo, me siento “Yo” mismo, sin máscaras, sin ganas de ponerme una armadura y defenderme.

Amo la mañana con todo mi corazón, aunque antes nunca entendía el significado de madrugar y me sentía fatal. Este momento me llena de la sensación de la posibilidad de abrazar la inmensidad y rehacer lo imposible. Pero también vivo la noche con la misma inquietud. Cuando todos duermen y tú estás inmerso en tu estado de soledad favorito te das cuenta de lo maravilloso que es el silencio, y tu estado de ánimo. Estos dos amores luchan en mi mente día tras día y no me permiten vivir en paz, el uno madrugando, para recibir al día, y el otro soñar dormido.

Me meto en la cama despues de un baño, dedico ese tiempo a ver series, o películas relajantes, o hundiendo la vista en los libros. Sí, así es como me relajo. Y a veces, la frontera entre el trabajo académico, y el descanso se difumina hasta el punto de resultar cansado o a veces desagradable. Así que hay que buscar una salida cada día o volverse loco por la noche de cansancio y sueños que te remontan a tu pasado.

La ciudad, el malecón, la caída del sol, la oscuridad de la noche, la calidez de los viejos casones en el centro histórico, las luces que salen por las ventanas abiertas de personas que están allí. Desde la calle se pueden observar como luces raras, y pensar que son personas raras las que las encienden al mantenerse en soledad mientras el bullicio de risas y alborotos de los jóvenes se escucha por estas calles. La gente en general amamos los atardeceres, son increíbles y no le damos importancia a que nos está avisando que nos queda un día menos de vida

Los atardeceres evocan en mi cabeza un inexplicable deleite infantil, mezclado con una sensación increíblemente acogedora que desconocía. Y las luces de la ciudad nocturna me aceleran el corazón cada vez más. Me encanta caminar al anochecer y contemplar toda esta belleza desde la banqueta. En ello me han acompañado varios perritos que ya han muerto, y hoy el que me acompaña le llamo Rocky, por ser un chihuahua al que lo comparo con la fuerza de Rocky Balboa.

Es un perrito muy enamorado al que no se le escapa el olerle la cola a cuanta perrita se le cruza en su camino, y correr para que lo suba en mis brazos cuando se trata de un perro grande. Me encanta la lluvia, y los meses de invierno, lo único malo es que siempre cae en media noche por lo que me es difícil visualizarla en su todo su esplendor. Cuando llueve subo las persianas, subo las cortinas y contemplo este hermoso cuadro que la naturaleza nos regala sin costo alguno. Cuando termina me deja esa sensación de bienestar.

Soy ese tipo de persona que me gusta sonreírle a cuanta persona se cruza en mi camino, sin importar no conocerlos “Solo sonrió” Observo rostros de quienes disfrutan su vida, y los que pasean atormentados olvidándose de la belleza que representa la vida sobre todo el reencontrarnos con nuestro espíritu perdido en las batallas por vivir. Pero como en todo, algunos padecemos una larga separación, y relaciones negativas difíciles de construir un puente que nos sane la cabeza. A veces es más difícil llegar a conocernos, requiere mucho esfuerzo no temer posibles sentimientos, no darle la espalda ni volver a huir de tus asuntos, fingiendo no reconocernos, y justificarnos que no lo sabíamos. La realidad es que la naturaleza nos entregó todo, y ha dependido de nosotros cultivarlo y hacerlo producir. Por ejemplo, ¿Cuán dispuestos estamos a permitirnos experimentar la alegría?

Solo nosotros sabemos cuánto la necesitamos. Y no hay necesidad de engañarnos pensando que no es así. Sin alegría, la vida es insípida, aburrida y vacía no es vida, sino muerte en vida. Lo he comprobado por experiencia propia en mis momentos más difíciles donde creí que a nadie le importaba, nadie extendería una mano para ayudarme, y me hundía solo en el pantano de mis mortificaciones. Aún tengo grabado en mi cabeza aquellos años que soñaba despierto por construir los sueños de mi vida, mis planes para hacer exclusivamente lo que deseaba, ir a las actividades que me reconfortaban.

Cuando veo lo que deje atrás clasifico mi vida en etapas, y en mi mente mientras voy caminando hago una lista de todo lo que me ha hecho feliz en cada una de ellas. Voy llenando mi vida con aquellos recuerdos agradables que con el paso de los años hacen que esos recuerdos sean más cálidos. Pero también en esos momentos me llegan los recuerdos de mis errores, lo malo que fui con ciertas personas, y me arrepiento volviéndose mi cabeza un caos con las preguntas sin respuesta que guardo en mis secretos íntimos, y me los llevare a la tumba.

Llenar mi vida con pequeños pero agradables momentos hace que los días sean más felices y brillantes. Ellos me ayudan a despertar sentimientos y un sentido de vida, me enseñan a impregnarme del momento presente, y a saborear la realidad de lo que he hecho con mi vida. Son momentos de conciencia pura que me distancian del mundo por esos minutos que camino por las calles, el malecón, observando el atardecer con su caída de sol. Mirar al mar, inspirarme para tener un sueño tranquilo. A la cabeza no se le debe dejar sin trabajar para que su estado de ánimo continúe cosechando pequeñas victorias y con ellas recobre la alegría de seguir viviendo.

Si hay tiempo canta, ríe, llora, acaricia a tus padres, hermanos, hijos, perro o gato, siente esa sensación de libertad y la comprensión de que la vida no es en absoluto lo que pensamos que es: En la vida tenemos grandes y pequeños errores y ellos nos hacen sentir que somos parte de ella, luego viene la calma, la armonía y hasta la espiritualidad. Las personas caminan por los senderos de su vida en busca de que las comprendan, que les platiquen algo que les interese o que le ayudes a la solución de sus problemas.

Tambien les gusta tener su espacio libre, seguir el flujo de sus pensamientos, inhalar el aroma de la mañana, ver salir los primeros rayos del sol. A los que viven frente al mar les gusta caminar al amanecer sobre la arena mojada recibiendo la brisa sobre su rostro. A los enamorados les encanta observar al mar y ver en el movimiento de sus olas el silencio y tronido cuando revientan sobre la arena. Los del campo disfrutan el cantar de los pájaros, el cantar de los gallos, el balido de las vacas, el ladrar de los perros “Todos son sonidos que hacen eco en los sentimientos que hacen vibrar nuestro espíritu”

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