TIEMPOS DE
PREPARATORIA
LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Ex Director de “La escuela Normal del Pacifico” Ex
Director General “Instituto Pedagógico Hispanoamericano.
“Hay muchos altibajos en la vida, pero una persona puede llegar a ser grande con la decencia” “La vida de todos llega a un punto de cambio en algún momento. Quienes despiertan en este punto y toman un rumbo específico, entonces nadie puede detener su desarrollo” Durante la mayor parte de mi vida, hasta ahora, he creído que quien dedica mayor tiempo a sus estudios consigue avanzar en su evolución humana. – Quien estudia se siente más cómodo y feliz en la escuela. Son más libres, y no sienten el peso de la frustración. Van creciendo tranquilos sin sobresaltos, y llega el momento que ven los libros como un aperitivo y no como un castigo al que hay consumir sin que nos apetezca. Es verdad, es más cansado, hay desgaste, hay esfuerzo extra, consume tiempo, nos roba alegría en la diversión, pero es el futuro de lo que serás en la tu familia, y la sociedad.
- Un día me pregunté: ¿Seré alguna vez la mejor versión de mí mismo? ¿Sí, soy padre, la vida me hará el padre perfecto? ¿sonreiré ante las travesuras de mis hijos? No niego que muchos momentos de mi vida considere que estaba estudiando perdiendo el tiempo, sobre todo las alegrías que podía disfrutar persiguiendo chicas. Entonces me auto cuestionaba ¿Vale la pena acudir cientos de horas a la escuela, y correr el riesgo en ser reprobado? ¿Qué me estoy perdiendo? ¿Soy joven y debo aprovechar el tiempo para conseguir amor?
Era un tiempo en que mi juventud me impedía ver la vida con mayor claridad, incluso no me quería a mí mismo, no quería cambiar, solo imponer mi voluntad sin importar los resultados o los malos entendidos, y si alguien se molestaba no era asunto mio, ya tendría tiempo para contentarse. Pero como en todo me llegó el tiempo en que me detuve y reflexioné que tenía que quererme a mí mismo para empezar a cambiar, pero para ello debía ser valiente no solo en pleitos o palabras sino en los hechos “Eres valiente cuando haces lo que sientes, sin importar lo que digan los demás” Alguien en la preparatoria me ofreció fumar marihuana, y me dijo que servía para ser audaz, valiente, que te tranquilizaba y poco falto para que la fumara porque vi que, a varios de mis amigos, y amigas, les pareció genial andar como zombis, y riéndose como tontos.
Tuve el coraje de decir “No”, no la necesito, y en realidad no es que me opusiera sino más bien tenía miedo de fumarla y hacerme adicto como decían todas las revistas y personas adultas, estas últimas consideran estúpidas a las personas que la fumaban, y quedaban apestados sin trabajo, ni amigos. Un día vi que tres alumnos golpeaban a uno, y se reían de él al hacerlo. Me interpuse en ese momento, y dije ¡Déjenlo en paz! A veces el coraje es defender al que está en problemas. Las chicas que fumaban marihuana dijeron que era vergonzoso que tuviera miedo de fumarla, pero me seguí negando hasta que dejaron de ser mis amigas, y ellas continuaron adelante con vino, cerveza, pastillas. Deseaba ser un chico normal, pero en ese momento como estudiante de preparatoria me sentía vacío emocionalmente hablando.
Anhelaba ser un hombre de bien, capaz de formar una familia, amar a una mujer, poder mantener a mis hijos, (si los obtenía), poder mirarme al espejo honestamente. Mi problema estaba en que desde mi infancia aprendí que no debo expresar mis emociones, que las emociones son una debilidad en los hombres, y que si te muestras débil de carácter es vergonzoso, que si sientes dolor debes soportarlo, no comentarlo con nadie, ignorarlo, y enterrarlo en tu alma. Pero a la vez me di cuenta que era un chico defectuoso, arrogante que atraía a las chicas por mi forma de comportarme, y que sin quererlo arruinaba la vida de cuanta chica se acercara conmigo. Era un joven que parte de mi tiempo la pasaba enojado conmigo mismo y con la vida, y que debía ocultar todo lo que me sucedía.
En otras ocasiones me sentía superior a todos y en esa arrogancia me rechazaban “Nadie te quiere cuando sientes demasiado” Desde este punto construí un muro impenetrable en mi cabeza, bloqueando mi capacidad de amar, sentir y conectar con las chicas “Las usaba, y desechaba”. Suena brutal, pero prefería morir por dentro que dar mi brazo a torcer por ninguna de ellas por mucho que cimbraran mis fibras más íntimas. En esa adolescencia me cerré tanto que dejé de expresar mis necesidades, nunca estaba en mi cabeza pedir ayuda, despreciaba a las personas arrastradas, saboteaba a mis compañeras de estudios cuando me invitaban a una fiesta o a pasear.
Fueron tiempos de poca empatía, y el valor máximo era la amistad de mis amigos. Aprendí a ser fuerte respondiendo sin tolerancia a quien sentía abusaba de mi persona. A mis amigos les pedía que no fueran débiles emocionalmente, que fueran duros con las chicas para que no se salieran con la suya. La juventud es el camino del fuego en donde se está cómodo un momento, y de nuevo estalla el volcán que llevamos dentro. Con los años me vi sorprendido al darme cuenta que podía amar, me di cuenta que siempre hay un camino de regreso en el que aprendí de nuevo a sentir, amar, conectar.
Al titularme en la universidad toda mi visión de vida comenzó a cambiar. Me llegó el momento en la vida de todo joven en que se da cuenta de que la gente a su alrededor empieza a casarse, a pedir préstamos para una casa o a tener hijos. Cuando vemos este amanecer de responsabilidad y madurez, empezamos a analizar nuestras propias decisiones de vida. Por suerte para mí, contaba con muy buenos amigos que me invitaban a no portarme bien, ni quedar enganchado en las redes del matrimonio. Seguía siendo ese niño malcriado, arrogante, vanidoso con menos intensidad, es decir se me notaba menos, a pesar de tener 26 años.
Así que el fenómeno de la responsabilidad se limitaba a gastar el dinero que ganaba con mis amigos. Algunos de esos amigos se casaron, y parecían felices en su nueva forma de vida, lo que me hace preguntarme si yo tendría ese equilibrio para soportar. Otros al tiempo los vi tristes, acongojados por los problemas económicos con su pareja, incluso uno de ellos se casó una tarde y al otro día ya se habían dejado. Me dijo que fue por culpa de ella. La culpo primero de que le salió que no era virgen, y además se la paso media noche hablando por teléfono con uno de su ex enamorados.
Me dijo que prefería continuar solo comiendo sus pastas preparadas con agua caliente, y comida de horno de micro-ondas que dejar pisoteara su dignidad. La diferencia en aquella época de preparatoria y la de hoy, es que éramos los chicos los reyes de los pasillos de la escuela. Dominábamos el mundo salvaje de las mujeres, apenas empezaba a sacar su nariz Mafalda para criticarnos ¿Cómo éramos? Nos juntábamos en bolitas para hablar tonterías, hacíamos enojar a quien tuviera una hermana diciéndole cuñado poniendo a prueba sus celos. Las peleas entre chicos ocurrían, para las pruebas escolares nos preparábamos con acordeones.
Estas y muchas tonterías eran nuestra diversión. Aprendíamos a fumar cigarros normales, y ellas a masticar chicle haciendo bombas. Nos emborrachábamos con dos o tres cervezas. Llegó la televisión y nos cambió de forma brutal. Al principio pocas personas se podían comprar un aparato, y cobraran 20 centavos por dejarnos sentar a verla fuera de su casa. Los comentaristas eran alegres a diferencia de los hoy que vomitan odio, pestes, lenguaje carretonero. La cima de la vida iniciaba al contar con un título universitario, enseguida conseguir trabajo, buscar una candidata para esposa y convertir nuestra vida en una familia tradicional con sus altas y bajas. Olvidar los sueños o casarte con una chica hermosa, esbelta, y que con los años engordara, su carácter se hiciera amargo, controladora, para asegúrate que tus sueños nunca se hicieran realidad.
En aquella época, las chicas soñaban casarse con un profesionista, de preferencia doctor, con un millonario, pocas con un príncipe azul. Conseguían revistas prestadas para hojear como se vestían las chicas de etiqueta. No existían los teléfonos inteligentes, y en la mayoría de las casas no tenían teléfono normal de cable. Las gordas se peleaban con las flacas llamándolas “Puro hueso”, las flacas contestaban “Lo mejor para el caldo” Todo parecía que con el aburrimiento en las preparatorias las chicas no tenían nada mejor que hacer que meterse con otras chicas. Las que cumplían 20 años de edad, andaban desesperadas consiguiendo marido, y algunas quedaban como madres solteras. Las madres pasaban el tiempo con las telenovelas. La preparatoria era un conglomera de juventud que se distinguía por tantas cosas en común que compartíamos desde nuestros miedos, deseos, lujurias, envidias, tristezas, alegrías, aventuras, música, formando una especie de familia, algo relativamente auténtico, que seguimos extrañando por lo que disfrutamos.
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