ACTUALIDAD
FEMENINA
RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI
Diplomado y Maestría en
Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
Pienso que el mundo tiene al hombre y a la
mujer en una constante y cambiante relación de tensión y armonía. Seducir a una
mujer no significa desear a la mujer sino desear su deseo. Y eso es lo que nos
define como ente pensante. Cuando ya no desea seducir a la mujer, entonces no
desea el deseo de ella. Y su condición de hombre se agota. Seducir a una mujer
se basa en sentirse seguro, confiado. Para seducir una mujer hay que conocerla o al menos tener
cierto perfil de ella. Si ya la conoce tiene tantas ventajas como desventajas:
por un lado conoce sus gustos y sensibilidades, pero por el otro corre el
riesgo de que la mujer ya lo haya situado en un lugar difícil: el de amigo. O
el de simple conocido. Pero entiéndase bien que lo más importante en seducir a
una mujer consiste en no engañarla.
Hoy sé que lo poco que he aprendido en los
libros no es lo importante, que la marcha de mi inteligencia, apenas ha sido
capaz de arañar la corteza de la sabiduría y que lo que en verdad trasciende es
lo que me arde en el pecho y acelera mi corazón. Hoy he sentido que la
corriente de la vida me llevará a buen puerto siempre y cuando no pretenda
luchar contra ella, ni intentar ir más deprisa. A los hombres machistas, que
somos como el 96 % de la población masculina, nos molestan las mujeres de
carácter áspero, duro, decidido. Tenemos palabras denigrantes para designarlas:
arpías, brujas, viejas, traumadas, solteronas, amargadas, marimachas, etc.
En realidad, les tenemos miedo y no vemos la
hora de hacerles pagar muy caro su desafío al poder masculino que hasta hace
poco habíamos detentado sin cuestionamientos. A esos machistas incorregibles
que somos, machistas ancestrales por cultura y por herencia, nos molestan
instintivamente esas fieras que en vez de someterse a nuestra voluntad, atacan
y se defienden.
La
hembra con la que soñamos, un sueño moldeado por siglos de prepotencia y por
genes de bestias, consiste en una pareja joven y mansa, dulce y sumisa, siempre
con una sonrisa de condescendencia en la boca. Una mujer bonita que no discuta,
que sea simpática y diga frases amables, que jamás reclame, que abra la boca
solamente para ser correcta, elogiar nuestros actos y celebrarnos bobadas. Que
use las manos para la caricia (Uñas recortadas), para tener la casa impecable,
hacer buenos platos, servir bien los tragos y acomodar las flores en floreros.
Este ideal, que las revistas de moda nos confirman, puede identificarse con una
especie de modelito de las que salen por televisión, al final de los
noticieros, siempre a un milímetro de quedar desnudas.
A
los machistas jóvenes y viejos nos ponen en jaque estas nuevas mujeres. Las
mujeres de verdad, las que no se someten y protestan y por eso seguimos
soñando, más bien, con jovencitas perfectas que la den fácil y no pongan
problema. Estas mujeres nuevas exigen, piden, dan, se meten, regañan,
contradicen, hablan y sólo se desnudan si les da la gana. Estas mujeres nuevas
no se dejan dar órdenes, ni podemos dejarlas plantadas, tiradas, o arrinconadas, en silencio y de ser
posible en roles subordinados y en puestos subalternos.
Las mujeres nuevas estudian más, saben más,
tienen más disciplina, más iniciativa y quizá por eso mismo les queda más
difícil conseguir pareja, pues todos los machistas les tememos. Pero estas
nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro que llevamos
dentro, son las mejores parejas. Ni siquiera tenemos que mantenerlas, pues
ellas no lo permitirían porque saben que ese fue siempre el origen de nuestro
dominio. Ellas ya no se dejan amparar, que es otra manera de comprarlas, porque
saben que ahí -y en la fuerza bruta- han radicado el poder de nosotros los
machos durante milenios.
Si
las llegamos a conocer, si logramos soportar que nos corrijan, que nos refuten
las ideas, nos señalen los errores que no queremos ver y nos desinflen la
vanidad a punta de alfileres, nos daremos cuenta de que esa nueva paridad es
agradable, porque vuelve posible una relación entre iguales, en la que nadie
manda ni es mandado.
Trabajan
tanto como nosotros (o más) entonces ellas también se declaran hartas por la
noche y de mal humor, y lo más grave, sin ganas de nada “Nadita de nada” Al
principio nos dará rabia, ya no las veremos tan buenas y abnegadas como
nuestras santas madres, pero son mejores, precisamente porque son menos santas
(las santas santifican y a las vírgenes se les exige el milagro) y tienen todo
el derecho en no serlo.
Envejecen,
como nosotros, y ya no tienen piel ni senos de veinteañeras, las hormonas les
dan ciclos de euforia y mal genio, pero son sabias para vivir y para amar y si
alguna vez en la vida “Uno” se necesita un consejo sensato, o una estrategia
útil en el trabajo, o una maniobra acertada para ser más felices, ellas te lo
darán, y “No” las peladitas de piel y boca imperfectas, aunque estas sean la
delicia con la que soñamos, un sueño que cuando se realiza ya ni sabemos qué
hacer con todo eso. A los varones, es inútil pedir que dejemos de mirar a las
muchachitas perfectas. Los ojos se nos van tras ellas, tras las curvas, porque
llevamos por dentro un demonio que hacia allá nos impulsa, como autómatas.
Pero
si logramos usar el cerebro, si somos más sensatos y racionales, si nos
volvemos más humanos, nos daremos cuenta de que esas mujeres bravas que son
exigentes, trabajan, producen, no dejan de fregar y protestan, son las más
desafiantes y por eso mismo las más estimulantes, las más entretenidas, las
únicas con quienes se puede establecer una relación duradera, porque está
basada en algo más que en abracitos y besos, seguidos de tristeza. Esas mujeres
nos dan ideas, amistad, pasiones y curiosidad por lo que valen la pena. Al
mexicano se le educa en el miedo a la verdad por ser cruda, a lo desconocido, a
los cambios, a los bares de mala muerte, al sexo casual, a ser excluido. Se le
educa al miedo al futuro, al pasado y al presente, a las enfermedades, al
fracaso que lleva en sus espaldas.
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