ANIMAS EN
PENA (SAN IGNACIO)
RAMÓN ANTONIO
LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
Es creencia,
que muchas cuevas están intercomunicadas entre sí, ejemplo el cerro de la
Capilla de los Escobosa en San Ignacio, en donde se asegura que existe una
puerta secreta desde el arroyo de Tacuitapa o el Cerro de los Frailes en donde
se afirma en una cueva Heraclio Bernal, escondía el dinero que robaba y que
determinados genios de las profundidades son vistos en puntos geográficos
distintos cuidando los tesoros.
Tal es el
caso de la vaca que vive en la cueva de Campanillas, al pie del monte Piedra
bola, la misma caverna donde según hemos mencionado tenía su residencia un
demonio que arrastraba a los mineros codiciosos. Tal como se cree en la zona,
dicha vaca suele trasladarse por un conducto subterráneo hasta Cósala. Dice una
leyenda que, habiéndose metido en dicha cueva una madre y una hija, para buscar
estiércol de vaca o de ave, escucharon un estruendo de cencerros, como las que
emplea el ganado vacuno. Pero como no vieran animal alguno, marcharon muy
asustadas, prometiéndose no volver jamás a aquel lugar. Ahora la gente teme
pasar por el lugar.
Existe
comunicación, asimismo, entre la mencionada cima del cerro Pelón y el cerro de
los frailes. Los espíritus de las cuevas se han mostrado otras veces en forma
de aves, siendo la de cuervo la más característica, según apuntan en Ajoya.
También se ha hablado a veces de misteriosas bandadas de Zopilotes, sobre todo
en la zona de Colompo, según se expresa antes de que crezca el arroyo se
escucha este estruendo. Tales metamorfosis las localizábamos en los mismos
sitios relacionadas con minería.
La más
frecuente transformación observada en los espíritus subterráneos, es la de toro
negro y toro de fuego por la nariz. Ya vimos cómo el maligno avaro, el tacaño,
el cicatero se transforma en toro para defender su cueva, -la vaca huraña o
salvaje-, Relacionada con la mujer que le cuida el dinero al marido muerto. En
Guaracha una de ellas persiguió una noche a unos vecinos que regresaban de
trabajar en el campo. Fue en la pasada del arroyo al final del aeropuerto de
San Ignacio, y según señalan porque antes ellos habían insultado a una anciana.
Por suerte todo quedó en un susto; pero llegaron ante el cura con los ojos que
se les salían de miedo.
Más grave fue
lo que les pasó a unos jornaleros, que tenían por costumbre reunirse los días
de fiesta en la subida del arroyo de Colompo, para divertirse bailando al son
de sus rústicos instrumentos musicales. Uno de tales días, tres de ellos se
entretuvieron en lanzar piedras contra el árbol del negrito “Colgado”; el cual
según la leyenda fue ahorcado por robarse el oro de las minas del Tambor. Al
instante les salió un Toro, que les acometió furioso. Tal fue el susto que se
llevaron, que los tres muchachos echaron a correr despavoridos.
Pero uno
moriría agotado al llegar al panteón de San Ignacio, el otro en la bajada de la
mesa y tres días después en su casa el tercero. Tampoco deben arrojarse piedras
ni a los muertos, ni a las cuevas, porque indefectiblemente aparece un toro con
tan fatales consecuencias como hemos visto. En ocasiones el toro es de fuego o
despide fuego.
Cuentan en la
región de San Juan que en la cueva de los frailes, vivía un ladrón que
atesoraba en ella todos los montones de oro que robaba. Al morir, lejos de
aquella zona, algunos vecinos se acercaron para recuperar aquellos tesoros. No
lo conseguirían, empero, pues un toro que lanzaba fuego por la boca, en la
entrada de la gruta, les impedía el acceso. Decían que era el espíritu del
ladrón.
Tiempo
después, habiendo encontrado los huesos del difunto, aquella gente los llevaría
a su antigua guarida. Desde entonces el toro no volvió a ser visto y el oro
pudo ser recuperado. Esta tendencia a relacionar a los genios de las cuevas con
el espíritu de los difuntos se aprecia en otras muchas leyendas, que trataremos
en su debido momento. Baste ahora reseñar que estas ánimas en pena tienen entre
sí el denominador común de la permanente búsqueda de sus antiguas moradas.
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