CUENTO
(Muerte y recuerdo)
RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI
Más
allá de la locura, la angustia y la ansiedad siempre hay que dejar abierta la
puerta a la esperanza y la ilusión. Entonces acabaremos comprobando que, como
las matas en flor, también florecerá para nosotros una nueva primavera”
Había
muerto y ella, sentada frente a su foto trataba de acomodar los recuerdos
mientras balbuceaba como si el aun estuviera presente: Si amor, estoy
escuchando tu canción… ya acabe de entonarla y sigo repitiéndola desde mi
corazón. Tu mi amor, me brindaste tu corazón, tu comprensión, tu apoyo y lo
único que pediste fue eso; si amor versos teñidos de sentimientos
indescifrables “Los que te adornaban, precioso hombre”
Muchas
ocasiones tratando de quedar bien pensé ante tu actitud ponerte apodos pero
calle y jamás pronuncie por miedo al
rechazo uno solo… que idiota al no haberte dicho cada día ese amor que con el
paso del tiempo iba creciendo mas y mas en mi pecho, pero al transmitirlo se
convertía en hielo en una espesa niebla de una sensación escalofriante que me
impedía actuar, que idiota amor; que idiota fui, al no confesarte cada día ese
sentimiento refulgente en mi pecho cada vez que te veía, que idiota fui amor;
ahora solo te ofrezco estas letras ignorando si aun en ese sitio a donde te
marchaste la escritura es igual a la de los seres que posemos signos vitales,
solo espero la leas algún día, la dejo allí junto al lugar donde ahora yace tu
cuerpo; ese cuerpo que tantas veces como rayos de sol despejo mis días opacos.
¡Adiós amor!
Mi
carta está hecha de silencio, de las palabras amorosas que nadie jamás dijo por
temor a una cruel burla, ya no me importa gritarlo frente a los seres que me
rodean ya no me importa nada, porque en mi mente ahora solo debo hacerme a la
idea de que tu ya estás muerto. Y que mis pensamientos se ahoguen en la absurda
y honda pena de la rutina diaria.
Te
cansaste de luchar, y es que finalmente comprendí que solo yo estaba luchando
por salvarte y tú te dejabas morir, tenias miedo a vivir… Ya me habían agotado
las noches en vela, los sufrimientos diarios al verte postrado en la cama sin
poder siquiera pasar bocado solo, sentía que ya no valía la pena seguir
insistiendo contra ese absurdo remolino de desamor por la vida que
mostrabas…No… ¿Por qué debía soportarlo? no era mi obligación, sino la tuya, no
era mi deber perseverar, sino el tuyo, pero asumí que lo deseabas pero la
debilidad te había derrotado ¡Tu, un hombre tan valiente, te doblaste ante la
muerte!…
Pero
sentía el amor, sentía que ese corazón se te quería escapar del cuerpo…De igual
forma sentía miedo, no lo niego y pensé varias ocasiones en ¿Huir y dejarte
morir solo? ¡Jamás! ¿Por cobardía? no era lo que quería hacer; por lo tanto ahí
continuaba postrado junto a tu cama con la esperanza de que Dios no quisiera de
último momento llevarte y me dejara disfrutar de tus encantos, un segundo, un
minuto, lo que fuera.
Un
día.- ¡No más! grito tu alma un día en medio de mi cansancio, en medio del
confuso ritual de sentimientos encontrados que debatían el corazón y la
conciencia; estaba cansado, no quería seguir maldiciendo mi mala suerte y
mendigando un poco de amor por parte tuya hacia la vida…¿ Como sucedían las
cosas?
Ella
se levanto del oscuro rincón de la habitación matrimonial, al pasar por la mesa
de noche golpeo un mueble con una furia que le carcomía el alma; al llegar a la
sala no lo halló, estando ahí la realidad que tanto ella misma en su dolor
negaba se aclaro en su mente... Cayo desalentada y con un hilo en la boca y lágrimas en los ojos se
sentó en aquel sofá a contemplar su imagen. Solo el recuerdo de su amor
quedaba, era lo único de él que mantenía vivo.
Pidió
a Dios que los relojes se pararan y
nadie sabe exactamente como, ni cuándo. Lo que sí se sabe con certeza,
es que un día todos los relojes del mundo dejaron de funcionar, y el tiempo
dejó de ser tiempo para ella. Solo aquella mujer, miraba hacia el retrato con
lágrimas en los ojos. “Su querido esposo había muerto, dejo de existir” Se
dijeron muchas cosas en la calle. Que era un complot organizado por los mismos
relojes (vaya uno a saber porqué), que el fin del mundo se estaba acercando y
ya no importaba la hora pues el final estaba muy cerca.
Que
era brujería, magia, vudú… No había pila ni batería que los hiciera funcionar.
Por más cuerda que se le diera, seguían totalmente reacios a dar la hora. Se
intento con los relojes de arena, pero al darles vuelta para que la arena
empiece a caer, esta se quedaba petrificada en la parte de arriba desafiando a
las leyes de la gravedad, como si alguna fuerza sobrenatural se lo impidiera, y
hasta se intentó con los relojes de sol, pero estos ya no producían sombra.
Habían parado los relojes en señal de luto por aquella alma que lloraba el amor
perdido y que tanto llanto derramara.
Las
personas se dijeron que el hecho de que los relojes pararan era un problema sin
solución, pero la raza humana (aunque le tome su tiempo) se adapta a cualquier
tipo de cambio. Y decidieron vivir sin relojes, sin hora, con el tiempo
fluyendo a sus anchas, sin preocuparse tanto por la puntualidad y olvidándose
de las fastidiosas horas pico y de la palabra amor. Pero cuando ya se habían
acostumbrado a la nueva vida (mucho más relajada que la anterior, por cierto),
se dieron cuenta de las graves consecuencias de la ausencia de los relojes los
cuales se habían puesto en huelga por ver como en esta vida por culpa de ellos
se perdía el amor. Las personas horrorizadas observaban como los bebes nacían
tresmesinos, o en algunos casos pasaban más de 10 meses dentro de la panza de
su madre, y debían sacarlos muertos. Los niños despertaban siendo viejos de un
día para otro, los ancianos ya no envejecían, la comida se ponía rancia
repentinamente, los frutos maduraban y al siguiente instante se pudrían, y por
la mañana era primavera, por la tarde el invierno más frío, y cuando anochecía
(si tenían suerte) los visitaba un verano muy cálido.
Habían
descubierto que el tiempo solo es tiempo, porque lo dictan los relojes, los
relojes que marcan los sentimientos del corazón “El amor”. Sin ellos, que son
los que lo adecuan, ajustan, amoldan, y le dan un sentido para que nos sea
útil, el tiempo deja de ser tiempo, y se transforma en una serie de eventos
momentos y situaciones sin sentido, desacomodadas, deformadas... Las personas
ignoraban porque motivo cada raza o civilización de la que tenían conocimiento,
desde la más antigua nacida en el alba de los tiempos, hasta la nuestra, tenía
su propio medidor de tiempo y que nadie era capaz de parar su marcha
inexorable.
No
ha existido raza, pueblo o civilización que no lo haya tenido. Cuando el fin de
la raza humana estaba llegando a su punto culminante, cuando ya quedaban muy
pocos sobrevivientes a la revolución temporal, repentinamente, los relojes
comenzaron a funcionar…
La
arena caía marcando un nuevo inicio del tiempo, los segunderos corrían como
quien comienza su labor después de mucho tiempo de descanso, y los relojes de
sol proyectaban su sombra más nítida que nunca. ¡Aquel ser, lloroso volvió a
conocer el amor! y esto permitió que la raza humana sobreviviera. Con el tiempo
y la ayuda de los relojes (benditos sean), pudieron reorganizar sus vidas hasta
ser normales. Eso sí, aprendieron una lección muy importante. Y ahora cada ser
humano lleva consigo un reloj, o dos como para no perder nunca el sagrado don
de saber la hora cuando el amor acaba o cuando comienza, y cada pueblo,
civilización y raza adora como a un dios a los relojes, reuniéndose frente a
grandes monumentos o capillas en honor a ellos, y rezando para que nunca más
nos castiguen, para que nunca más nos falten.
La
mujer aquella miro el reloj viejo que había quedado parado justamente a la hora
que su esposo murió, recordando que ese reloj se lo había sido su regalo en día
que dio a luz a su primera hija la cual llamo “Perla” por lo hermoso de sus
ojos.
Volvió
el silencio y en el sigilo de la sala se hecho andar nuevamente la maquinaria
oxidada, había aprendido a sentir por que miles de años de experiencia
brindando sus servicios a los humanos le habían enseñado a conmoverse con el
dolor o la felicidad de sus muchos amores, y es que curiosamente habían varias
razones por las cuales podíamos ver a este ser humano solitario así hundido en
su melancolía; el abandono a su persona, la desventura de no poder moverse como
en aquellos primeros años de su existencia y la posible idea de ir a parar a
uno de esos lugares en los cuales se sufría la pena de muerte injustificada en
un rincón olvidado.
Era
muy entristecedor verla en tan impotentes circunstancias y reconocer en sus
ojos que ninguna de esas situaciones la preocupaba, solo una idea la llenaba de
profundo temor. “Los recuerdos” llegaban a su mente tan frescos como si
estuvieran hechos de un trozo hermoso de presente. Sentada en aquel sofá, se
preguntaba ¿Por qué te fuiste dejándome? Que sensación de impotencia tenia
ahora que no podía nadie contestarle y su inconsciente renegaba porque en vida,
no fue capaz de confesarle el profundo amor que él había despertado en ella y
ahora que sentía en su corazón el valor para decírselo su cuerpo no respondía a
su voluntad, una lagrima se derramo de su mirada, se conformo entonces solo con
imaginar el rostro de su amado con profundo encantamiento y espero que el
corazón se detuviera junto al profundo dolor de no haber vivido su sueño de
amarlo siempre y compartir con él todos sus momentos en aquella sala tan
pequeña llamada vida.
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