viernes, 30 de junio de 2023

 

ME ¿QUIERES?

RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.

 Una palabra muy usada, mercantilizada, bastardeada, exagerada, malgastada y devaluada.  (Si es que todavía conserva algo de su significado). Cuentan que una mujer entró a un restaurante y pidió  como primer plato una sopa de espárragos. Unos minutos después, el mesero le servía su humeante plato y se retiraba. ¡Mesero! – Gritó la mujer -, venga para acá. ¿Señora? – contestó el mesero acercándose. ¡Pruebe esta sopa! – ordenó la clienta.

 ¿Qué pasa, señora? ¿No es lo que usted quería? ¡Pruebe la sopa! – repitió la mujer. Pero que sucede... ¿le fatal sal? ¡Pruebe la sopa! ¿Está fría? ¡Pruebe la sopa! repetía  la mujer insistente. - Pero señora por favor, dígame lo que pasa... – dijo el mesero. - Si quiere saber lo que pasa... pruebe la sopa – dijo la mujer señalando el plato.

El mesero, dándose cuenta de que nada haría cambiar de parecer a a la encaprichada mujer, se sentó frente al humeante líquido  y le dijo con cierta sorpresa: - Pero aquí no hay cuchara. - ¿Vio? – Dijo la mujer - ¿vio?... falta la cuchara. Qué bueno sería acostumbrarnos, en las pequeñas y en las grandes cosas, a poder nombrarlas por su nombre, sin rodeos, situaciones y emociones directamente, sin rodeos, tal como son. Cuando hablo del amor y esa preguntita del me quieres tan frecuente.

 No hablo de estar enamorado, no hablo de sexo, de emociones que sólo existen en los libros, ni de placeres reservados para los exquisitos. Hablo de una emoción capaz de ser vivida por cualquiera, de sentimientos simples  y verdaderos, de vivencias trascendentes pero no sobrehumanas, hablo del querer no en el sentido etimológico de la posesión, sino en el sentido que le damos.

Entre nosotros, rara vez usamos te amo, más bien decimos te quiero, o te quiero mucho, te quiero muchísimo. Pero ¿qué estamos diciendo con ese te quiero? Decimos: Me importa tu bienestar. “Nada más y nada menos” Cuando quiero a alguien, me doy cuenta de la importancia que tiene para mí lo que hace, lo que le gusta y lo que le duele a esa persona. Te quiero significa, pues, me importas, y te amo significa me importa muchísimo. Y tanto me importa que, cuando te amo, a veces priorizo tu bienestar por encima de otras cosas que también son importantes para mí.

Pero no debemos engañarnos ya que no es verdad que te quieran mucho aquellos a quienes no les importa demasiado tu vida y no es verdad que no te quieran los que viven pendientes de lo que te pasa.  Esa diferencia solo cuantitativamente que hago entre querer y amar es la misma diferencia que hay con la mayoría de las expresiones afectivas que usamos para no decir Te quiero.

 Decimos  me gustas, me caes simpático, te tengo afecto, te tengo cariño, etc. Si yo digo que quiero a mi perro, por ejemplo (lo cual es profundamente cierto), puede no parecer una gran declaración, pero no es poca cosa. No es lo mismo mi perro que cualquier otro perro, me importa lo que le pase. Y digo que quiero a mi vecino, y al señor de enfrente, pero no al de la vuelta, a ese no lo quiero. Y estoy diciendo que mucho no me importa, aunque vive a la misma distancia de mi casa que aquellos a los que quiero, pero con estos tengo algo y con aquel no tengo nada.

Y cuando una persona y te dice: - No sabes quién se murió, se murió el Poncho. - Ahhh, se murió. - ¿Te acuerdas que venía a casa, es aquel que un día saludamos? – No, - ¿Como que no te acuerdas? – Bueno, si me acuerdo. ¿Y? - Se murió. Y a mí que me importa. La verdad, la verdad, es que no me importa nada. Pero me importa la persona que me lo dijo, y entonces, a veces, para acompañarla, digo: - Pobre Poncho. Y ella me dice: - Sí, ¿viste? Pobre. 

Quiero decir, me importa el vecino de la vuelta y el niño de Kosovo que fue violado, por su simple condición de seres humanos. Pero no me refiero aquí a esto, sino a lo cotidiano, más allá de la caridad, más allá de la benevolencia, más allá de la conciencia de ser con el todo y de aprender a amarme en los demás.

 Cuando empezamos a pensar en esto, nos damos cuenta de que en realidad no queremos a todos por igual y que es injusto andar equiparando la energía propia de nuestro interés ocupándonos de todos indiscriminadamente. Me parece que querer a la humanidad en su conjunto sin querer particularmente a nadie es un sentimiento reservado a los santos o una aseveración para los demagogos mentirosos y los discapacitados afectivos (aquellos que no conocen su capacidad de amar y por lo tanto no aman).

 Cuando me doy cuenta sin culpa de que quiero más a unos que a otros, empiezo a destinar más interés a las cosas y a las personas que mas me importan para poder verdaderamente ocuparme mejor de aquellos a quienes más quiero. Parece mentira, pero en el mundo cotidiano muchas personas viven más tiempo ocupándose de aquellos que no les importan que de aquellos a quienes dicen querer con todo su corazón. Pasan más tiempo tratando de agradar a gente que no les interesa que tratando de complacer a la gente que ama. Esto es necedad.

 Hay que ponerlo en orden. Hay que darse cuenta. No es inhumano que yo sea capaz de canalizar el poco tiempo que tengo para ponerlo  prioritariamente al servicio de aquellos vínculos que construí con las personas que más quiero. Tengo que darme cuenta de la distorsión que implica pasar más tiempo con quienes no quiero estar que con los que realmente quiero. Una cosa es que yo dedique una parte de mi atención para hacer negocios y mantenga trato cordial con gente que no conozco ni me importa, y otra cosa es la perversa propuesta del sistema que sugiere vivir en función de ellos.

Esto es enfermizo, aunque ellos sean mis clientes más importantes, el jefe más influyente, un empleado eficaz o los proveedores que me permiten ganar más dinero, más gloria o más poder. Tómense un minuto para saber de verdad quiénes son las quince, ocho, dos o cincuenta personas en el mundo que les importan.

 No se preocupen pensando que tal vez se olviden de alguien, porque si se olvidan, quiere decir que ESE no era importante. Hagan la lista (no incluyan a los hijos, ya sabemos que nos importan más que nada) quizás confirmen lo que ya sabían... o quizás se sorprendan. Hay personas a quienes queremos pero que mucho no nos quieren, y que hay gente que nos quiere pero que nosotros mucho no queremos. Vale la pena investigarlo. Tiene sentido la sorpresa. Porque entonces vamos a poder discriminar con mucha más propiedad el tiempo, la energía, y la fuerza que usamos en atender lo importante en la vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario