AFLICCIÓN
RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI
Diplomado y Maestría en
Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
El
pueblo era pequeño, todos nos conocíamos, esto me llenaba de felicidad. Por las
tardes siendo un niño me iba al igual que los jóvenes a la plazuela principal
sentándome entre ellos para escuchar sus pláticas y aprender de su experiencia.
Nos colocábamos frente a la Iglesia o por la calle principal donde ellos
llevaban la voz cantante. Éramos amigos a pesar de la diferencia en años. Fue
con ellos mediante sus pláticas donde principié a comprender asuntos
relacionados con el amor.
Las
tardes se volvieron agradables, plagadas en enseñanza. - Desde el que estaba
enamorada de una chica y ella no lo sabía, hasta el romántico que llevaba
serenata.- Buenos años.- Tuve claro que deseaba estudiar, no obstante sabía que
no sería tarea fácil, pero el futuro lo tenía que conquistar a sangre y fuego.
Contaba
con el gusano en que podía hacerlo y, esas ganas me llevarían a donde yo
eligiera. - Tan cerca o lejos como las fuerzas lo permitieran. El destino me
llamaba. Al llegar a la ciudad, me tope que no era como lo había considerado o
lo esperaba, mucho ajetreo, multitudes, ruidos, carros, la gente traía mucha
prisa, hablaba poco, no estaban cómodos con nadie. Deje a mi familia atrás,
pueblo, los amigos, para enfrentar una vida dispareja, desafiante pero asumía
el reto.
En
la secundaria, todo indicaba que las cosas se iban mejorando, estaba
encontrando lo buscado. Nada me desanimaba, solo la oscura noche servía de paño
de lagrimas al momento en que dormía al extrañar la familia, los amigos con los
que platicaba, los recuerdos.- Todo quedo atrás.- Solo el recuerdo de esos ojos
tristes frente a un espejo aflorando en lagrimas por la nostalgia que sentía en
verme alejado de mi tierra, mis burros, perros, caballo, gallinas.
Callé
la voz de la conciencia que reclamaba arguyendo lo dejado. No tenía muy claro
si estaba en lo correcto pero la vida la miraba de otra manera cavilando que
estudiando me haría feliz.- Abandone la casa paterna causante de mis mayores
alegrías como si con ello cambiara las cosas para siempre.- El todo por la
nada.- Alejado del aroma de la tierra, el perfume de su gente para alcanzar un
sueño. Vino el cambio de niño a joven recordando las platicas en la plazuela
donde aquellos jóvenes se encargaron en abrirme un poco los ojos. No puedo
negar que al paso de los años veo esa vida junto a ellos pero con un horizonte
diferente, más allá de sus pláticas.
La
vida que elegí un tanto programada y medio desordenada a base de las decisiones
tomadas por mis gustos, pasiones, se fue convirtiendo en esa sombra soñada que
tiñe la mente de los jóvenes, de los que no se dedican a disfrutar la vida y se
encierran frente a los retos que le saben a desvelos y malas noches. La demanda
juvenil era aplicar, enfrentar sin parar, hacerlo bien a la primera sin
importar los daños colaterales en estrés, insomnio. Han pasado los años y no
soy capaz en quemar los recuerdos que me toman desprevenido. Los que gritan que
no se es nada sin un titulo. Los que destrozar los nervios estudiando para
conseguirlo. La vida se nos va como gotas de agua entre los dedos.- Nos hacen
creer que dependemos de un titulo para triunfar y, del dinero para ser feliz.
Intentamos de todo por encontrar esa felicidad. Hacer de todo menos uno mismo.
Soñamos
construyendo un mundo futuro.- En la primaria, la secundaria, y así se va
diseñando sucesivamente hasta que despiertas y reniegas al darte cuenta que la
vida se te fue, el tiempo se esfumo, te queda poco. Viene el inconformismo ante
lo que se hizo o se dejo en hacer, deseas entender el transito anterior, sabes
poco, mucho se olvido, estas harto en la rutina, la gente que frecuentabas se
marcho y hasta las canciones que escuchabas se disiparon.
Rumias
que el camino es una copa que relaja el alma, te das cuenta que lo haces a
destiempo en esa prisa por construir y dejar en vivir. Revisas la idea y
perjuras que sufriste en conseguirlo, que el amor era el mejor y, que los besos
juveniles se fueron acortando. Miras a la pared y ahí está el titulo colgado en
una esquina de la casa. La vida se encarga en enderezar las ideas retorcidas,
las que queman el pecho juvenil. Al final terminamos por preguntarnos
¿Realmente era mi oportunidad? El cuerpo siente las yagas de la lucha por
obtenerlo, no olvida, no perdona, se aprende y se pierde, todo es enseñanza: El
amor juvenil, la amistad sincera.
La
edad nos permite convencernos de que merecemos lo que hemos vivido y que las arrugas
son sonrisas y amargos momentos que han quedado grabados en la piel como un
recuerdo de ese amor compartido, sonrisas que regalamos a quienes quisieron
recibirlas y se sintieron amados en un momento de nuestras vidas, bocas que
mordimos y nos gustaron y que de vez en cuando recordamos. El destino ayuda a
quien lo acepta y arrastra a quienes se resisten.
Podría
ser cierto, que los años hacen que no valgamos igual en cuanto al cuerpo, pero
valemos mucho más en cuanto al corazón. El corazón con los años ha aprendido
dónde tiene que posar sus latidos y su voz sabe quien la escuchará cantar antes
de quedarse dormido. La naturaleza ha ido depositando sobre nuestro cuerpo
capas de bruma, velos de niebla, agua de lluvia para lavar el dolor y mitigar
la nostalgia. Hay ilusiones, esperanzas, sueños, sentimientos, ojos que siguen jugando con la
luz de una mirada que busque ternura y se tornan más grandes cuando lloran
emocionados porque alguien los ha mirado con amor.
Ahora
sé lo que quise aprender cuando creía que no podría llegar a saberlo “Un Te
quiero, un beso, un desengaño, amor, soledad, dolor, tristeza ect”. ¡Sé amar y
dejarme amar! no obstante me dijeran que era una ilusión. Sé escuchar lo que no
se dice con palabras y ver lo que está oculto a quien tan sólo mira con los
ojos. Puedo llegar al otro extremo del corazón de una persona como si estuviera
en esta parte y, lo más difícil de todo, he olvidado, he desaprendido lo que me sobraba, he dejado en el camino
parte del equipaje que me plantaron encima asegurando que me sería
indispensable para ser feliz. Ahora he sabido que era otra mentira. Ahora me
cuento mis propias verdades y dejo los cuentos para quienes no saben mirar
hacia adentro.
Veo
lo que soy y siento que lo que veo me satisface. Así, que si ¡Estoy viejo, en
edad, pero joven en el alma! Con el paso de los años, los amigos jóvenes se
fueron y llegaron los viejos. Esta misma mañana vi la casa sola al asomarme a
la vida comprendí que los hijos crecieron y también se fueron, solo una mujer
fructifica y mi perro me acompañan.
Vi
lo triste que se vuelve una casa cuando faltan sus risas, su gritos y
desesperos. Se fueron como los años en silencio, como si la soledad fuera el
único testigo. Ya no estaba su equipaje, en sus armarios, aprendieron a meter
mucho amor en poco espacio para que les sea más fácil viajar alrededor del
mundo que han elegido habitar. Su olor queda aún en sus camas, como una
presencia y no seré yo quien ventile este corazón que necesita todavía seguir
sintiendo el aroma joven y fresco de su fragancia. El eco de las voces, las
risas quedo envuelto para el regreso deseado mientras Dios me permita vivir en
la cordura. Ese tiempo que se presenta ahora diferente, lleno de lo que tan
sólo soy y no de lo que soy y comparto que es mucho más, tanto que se hace
inabarcable a mi pobre comprensión de estos momentos.
Las
puertas del nido de mis Águilas, seguirán abiertas mostrando las luces donde
han dormido estos últimos años. El desorden de su amor me gusta contemplarlo,
no tengo necesidad de volcarme en una limpieza furiosa y fuera de lugar, es
mejor dejar las cosas como están “casi siempre es mejor, dejar el cuarto como
ellos lo dejaron” y esperar a que el polvo de la añoranza comience a asentarse
y, entonces abrir las ventanas, dejar que el aire limpio traiga otra vez las
ganas con los nietos, la ilusión, el recuerdo sin sombras y sus cuerpos a mi
presencia.
He sido feliz compartiendo la vida sencilla de
una familia sincera, porque ya siento que el círculo de amor en el que me
levanto cada mañana es verdadero y no producto de lo que está escrito en un
papel. Mis hijos y yo “No” necesitamos recetas de convivencia familiar para
saber por qué estamos unidos entre nosotros; sabemos sin que nadie nos lo haya
explicado nunca y sentimos como si nos hubieran regalado la luz necesaria. Es
difícil cuando los hijos se marchan, es complejo aprender en la añoranza.
Asimilar
a no echar de menos su cuerpo, sus ojos, sus manos, cuando se van; aprender que
la ausencia es inventada, que no existe, que el corazón es más fuerte, más
sabio que las palabras y que por más distancia que exista están presentes. Que
cada abrazo sirve para un día, cada beso para un despertar y cada caricia una
sonrisa en madrugada; que la distancia la marcamos nosotros desde nuestro sentir,
que estando cerca físicamente no llevamos garantía de amor sino que éste es el
regalo inmenso que se entrega y se recibe y que viaja con las alas que
crecieron dentro de un hogar. ¿Cuántos años alegres de disfrutes maravillosos?
Cuanto sentir pleno de sus espíritus llenos de dicha, cuanto gozo compartido.
Entristece
que se marchen y el silencio de la soledad es un son que hace sangrar el alma
perdurando en nuestros oídos durante tiempo. Es de seres bien nacidos
agradecer lo recibido en vez de entristecerse
creyendo que termina cuando sigue flotando por los aires nuestras águilas. Han
volado los hijos, han llegado los años, mientras nosotros vamos cerrando los
círculos ellos los van abriendo con sus magnificas alas, desplegadas en la
inmensidad de la vida que abarca la juventud, llenas de proyectos, de fuerza,
de ilusiones, de vida por vivir. Solo nos queda el pensar que nada les
faltara. Ahora ellos siguen siendo
felices, yo debo aprender la lección y seguir siendo feliz aunque ya no esté
junto a mí. Porque están dentro de mí y eso…no se acaba jamás.
No hay comentarios:
Publicar un comentario