jueves, 29 de junio de 2023

 

CUENTO (El cura y el estudiante)

RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI

 

El joven salió del pueblo a estudiar la Universidad. Creció huérfano de madre y  desde muy pequeño, estaba franqueado por una realidad absolutamente de soledad. Los muchachos lo hacían objeto de bromas crueles y le colgaban los apodos más denigrantes del humor. En los años de escuela primaria los maestros se veían forzados a sentarlo con ellos en busca de controlarlo un poco, así creció, en la soledad y sin amigos. El día que su papa murió,  el cura del pueblo amaneció crudo y fue requerido para la misa y el sepelio, negándose a dar la misa de cuerpo presente, así que el cajón fue llevado al panteón sin el agua bendita, por lo que no se cumplió con darle cristiana sepultura.

Sollozos, ruegos y pedidos de joven estudiante Universitario parecían fortalecer la terminante negativa, no hubo forma de convencerlo y el difunto debió ser enterrado sin recibir la bendición y sin que una plegaria sacerdotal se elevara por su alma. A partir de esta situación el muchacho pasaba pensando en la duda que despertó esa acción y el monopolio divino al que se enfrentaba la sociedad.

Tres años después llego al pueblo convertido en estudiante Marxista/Leninista  y se dio a la tarea hacer que la gente escuchara su voz que, en un destartalado vehículo, recorría las calles repitiendo desde el parlante: ¡El agua bendita, no tiene nada de bendita, es una estafa, el sacerdote no es representante de Dios en la Tierra!  Por supuesto nadie tomo en serio al muchacho y cuando pasaban junto a este se persignaban como si hubieran visto al mismo demonio,  llegaron a considerarlo un nuevo loco en el pueblo. Empezó a usar barba, se dejó crecer el pelo y adoptó movimientos pausados, andaba por las veredas de las zonas más alejadas hablando con los jóvenes y los campesinos diciéndoles que Dios no existía, que era un invento de los curas para sacar dinero de la ignorancia de los pobres, que él había estudiado a Carlos Maxs, Federico Engels, Friedrich Nietzsche y otros clásicos considerados ateos por la iglesia católica. No falto quien avisara al sacerdote y en respuesta aprovecho a las mujeres beatas para hacerle la guerra y que dijeran que se había vuelto loco. La gente se empezó a burlar por órdenes salidas desde el curato a través de las beatas quienes dejaban claro que si hacían caso del muchacho serian excomulgados y no tendrían los servicios religiosos al momento de morir.

El muchacho vivía solo y los alimentos se los preparaba una de la cera perpetua. Un día cayó enfermo y la gente aunque sabía que se estaba muriendo “Nadie” le ofrecía un vaso de agua por miedo a la reacción del cura. El clérigo le pedía a la de la cera perpetua que antes de llevarle los alimentos los pasara por la sacristía para bendecirlos. El párroco se presento a ofrecerle los santos oleos, su cara estaba llena de felicidad al ver rendido al muchacho, indefenso ante la enfermedad y sin ayuda se alegraba en ver la desgracia de aquel joven que se había atrevido a contrariar su ley divina y no perdía la esperanza en demostrarle al pueblo que la desgracia que se cernía sobre el “Era castigo divino” por su sacrílega actitud y sus ideas ateas.

El clérigo deseaba que muriera lentamente para que el pueblo viera que la mano de Dios estaba exclusivamente en su mano y a cada sermón desde el pulpito exclamaba que no perdía la esperanza de que, aunque fuese en el último instante, se arrepintiera de su sacrílega actitud. Los días transcurrían, y el enfermo, ni se curaba, ni moría, mientras las beatas se hacían presentes a darle agua y comida la cual el mismo clérigo se encargaba en bendecir. En las calles del pueblo era motivo de platica el estado del muchacho por desobedecer a Dios y para que sanara se requería que aceptara ir a la iglesia a misa de Domingo y ante todo el pueblo admitir que estaba equivocado “Ese era el milagro esperado”

El joven permanecía en el catre con los ojos cerrados y un mundo de moscas revoloteando, respiraba en forma tan  pausada que apenas se llegaba a percibir que aún estaba vivo. El cura mando organizar rosarios a un lado del catre del enfermo y las mujeres oraban tomadas de la mano pidiendo que se alejara el demonio de su alma. Ellas pensaban que con ello estaban ganando canonjías para accesar al cielo, que estaban dando amor, caridad al alma errante y perdida. Rezaban,  50 mujeres junto al enfermo y mantenían velas prendidas en el pequeño cuarto. Mientras el ungido comentaba que el hijo descarriado no sería abandonado por Dios.

Por momentos el joven se daba cuenta del teatro montado y sonría olvidando los males que le aquejaban, mientras el cura lo bendecía con agua bendita y conforme consumía lo que la de la cera perpetua  le ofrecía más mal se veía con el paso de los días. El se dio cuenta de lo que pasaba pero la falta de fuerzas le impedía oponerse al consumo de alimentos.

Su salud se deterioraba inexorablemente, las mujeres exclamaban que no quería salir de su error negando la mano divina.  El párroco seguía excomulgándolo por blasfemo, pero todos los esfuerzos seguían igual que al principio. El pueblo exigía que el párroco debiera tomar medidas más extremas porque en cierta forma el muchacho estaba poseído por el demonio y el único capaz en rescatarlo era el sacerdote.

El clérigo tuvo que salir unos días del pueblo y las beatas se encargaron en proveer la comida, sin la bendición con agua santa. En forma súbita, su estado de ánimo cambió y recuperó la salud perdida. Esto lógicamente fue discutido por la gente del pueblo como un milagro y se dio gracias a que el párroco había salido a la catedral cercana a rezar por el joven, situación que se fue extendiendo como un milagro concedido al cura por gracia de Dios. El joven salió del pueblo para “Jamás regresar” Han pasado los años y el milagro del clérigo se continua comentando, se han enviado cartas al papado para que sea beatificado.

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