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DE LA DESGRACIA EN LA VIDA DE UN NIÑO (Parte dos)
RAMÓN
ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
Diplomado
y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México
Resulta
que un hijo no siempre está listo para honrar a su padre solo porque es padre.
La casa es un poco como una fortaleza, y la familia es como un refugio seguro.
Los adultos que rodean al niño a menudo contribuyen a la aparición de los
miedos en los niños. La mayoría de las veces, involuntariamente; pero sucede
que los padres deciden intimidar a sus hijos de manera bastante consciente,
creyendo que el miedo es una herramienta educativa. Mucha gente piensa: al
buscar la obediencia incondicional, ejercer el derecho de los padres al poder y
actuamos con la intención en beneficio de los niños. Muchos creen que el
castigo es a veces indispensable; pero las penas son diferentes. Actuando con
dureza, humillando e intimidando a un niño, se corre el riesgo de infligirle un
trauma mental.
Los que castigan aseguran que no existe tal
riesgo emocional. Los padres insisten en ser obedecidos, aunque sea a la
fuerza. Al investigar a niños que son de
primer grado de secundaria se ha encontrado que en algunos no quieren ir a la
escuela, o les resulta agradable, y además no presenta problemas de aprendizaje
o malas notas. El problema de fondo es que no quiere ir a la escuela, le da
miedo, y por tanto en la mañana se hace el enfermo, o al llegar a la puerta de
la secundaria se da la vuelta y se decía a vagar por las calles para distraerse
y matar el tiempo. Sus miedos aparecieron en los primeros 15 dias de clases.
La
investigación de un especialista se centró en los padres, y maestros. Encontró
que el padre de puberto, es un hombre grosero, rudo, que estalla a la menor
contradicción, y que en la primaria castigaba severamente al niño, por la menor
falta escolar. El niño curso sus grados de primaria siempre con un miedo al
castigo, entre amenazas y humillaciones.
Otra posible causa se centró en el divorcio de
sus padres cuando el niño estaba a punto de terminar el sexto de primaria. Un
divorcio difícil no exento de golpes, gritos, amenazas, señalamientos entre
ellos, palabras altisonantes, etc. Para el niño fue un estrés emocional excesivo
causándole inestabilidad emocional y tendencia a culpabilizarse. En la secundaria sus maestros y compañeros lo
trataban bien, eran amables por lo que no existía una razón para que el puberto
odiara la secundaria.
El puberto llevaba grabado en su cabeza las
veces que su padre le golpeo con fuerza ante una señal de baja en
calificaciones o conflicto con su escuela. Llego a recibir bofetadas. No
recibía, comprensión, apoyo, afecto, sino insultos verbales, castigo físico y
psicológico. Por triste que parezca, pero tenemos que admitirlo, todo esto
existe dentro de un hogar con sus abusos. Surgen innumerables conflictos en la
familia, y los niños muy a menudo los provocan ellos mismos. Hay niños que resultan intolerables,
insoportables, y padres que se cansan, les estallan los nervios, no perdonan la
menor ofensa o falta de disciplina.
Otros padres se dedican a ejecutar el castigo
que la madre del niño le pide haga. Muchos padres consideran que el castigo
físico es el mejor remedio en su práctica educativa y que con ello desarrollan
una personalidad fuerte en el niño, por ello los castigan con crueldad. En
realidad, lo que se esconde detrás del comportamiento de un niño o un
adolescente, es el eco de sus propios padres enraizado en sus recuerdos del
como lo educaron. Eso, es lo que se va repitiendo. Las malas acciones se
absorben como si el niño o joven fuera una esponja. E tipo de castigo o la
sanción es capaz de destruir o construir.
Es
difícil para los padres darse cuenta de cuán perjudiciales son sus propios
complejos, experiencias negativas, mal humor, irritación, ira que afectan la
psique de los niños, y los adolescentes. Una madre empecinada en controlarlo
todo, que a cada rato le grita el sacrificio que hace por el joven, y que
amenaza con correrlo de su casa, lo va sofocando. Esa madre desesperada cree
que se encuentra en un callejón sin salida, que sus sacrificios no han servido
de nada, pero no es capaz de darse cuenta que está asfixiando al joven.
Para que
el joven sea un ser estable es importante regresar a revisar la infancia, su
relación con sus padres, su afecto mostrado, respeto, disponibilidad, dialogo,
aceptación. Un joven para desarrollarse requiere ser aceptada por sí mismo y
por los demás como un valor intrínseco, en la plenitud de sus defectos y
virtudes, “Aceptado tal cual es”. Con el cambio de puberto a adolescente, el
joven cambia mucho, deja de ser sumiso, no acepta ser regañado, si lo castigan
se rebela, se puede ir de su casa, dice que nadie lo quiere, sus padres no son
nada amables.
Busca juntarse con chicos en la misma
situación para consumir cerveza, fumar marihuana, tener experiencia en sexo, y
ya drogado grita que no quiere vivir ¿Busca afecto, lastima? ¿Se ríe de todos o
está llorando sus penas? Cuanta más fuerte es la intolerancia de sus padres, se
va alejando, se asegura a sí mismo que no sirve para nada. Su autoestima se
vuelve cada vez más inestable. El joven en realidad deja de hacer frente a sus
estudios, pero no porque no sea capaz de hacer frente a ellos, sino porque no
cree en sí mismo, no intenta esforzarse; está configurado para fallar desde el
principio.
De su
fracaso le siguen las sanciones, las acusaciones, desplantes verbales de sus
maestros. La bola de nieve va creciendo
y el joven saca la conclusión que todos tienen razón, es el quien no sirve para
nada. Su inicio pudo darse en el hogar, despues en pre-escolar, enseguida en la
escuela primaria por ese deseo de sus padres de controlarlo y poseerlo en todo
haciéndolo dependiente para que ellos estén presentes para protegerlo. El niño
no tuvo ninguna opción para decidir y7 con ello le distorsionaron su
personalidad y carácter. La impotencia por romper con todo se presentará entre
la pubertad y la adolescencia. Podría asegura que es una crisis anunciada que
desatara la hostilidad mutua.
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