APACIGUAR EL ALMA
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado y Maestría
en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
Una tarde, decidí resolver de una vez por todas la cuestión de mi misión en la vida, y los conflictos con mi alma. Decidí estudiar a fondo cualquier cosa que me llevara a entenderla, sin distracciones. Tuve que pasar muchas horas y dias en la biblioteca de la universidad, y en mi casa leyendo. Estaba consciente que todo había iniciado por mi defecto inocultable de ser “Orgulloso” Pensaba que la opinión de los demás no importaba mucho. Me era indiferente lo que otros pensaran o dijeran de mí, y era al mundo de las ideas de Nietzsche incrédulo. Asistía al templo católico sin prestarle la menor atención al sacerdote.
Me sentía un buscador incansable de la verdad, me di cuenta por mis lecturas que de acuerdo a esos escritores “Yo, no quería a nadie, ni a mí mismo” Así, que tenía dentro de mí un problema de personalidad. Para mejorar mi voz me encerraba en un cuarto y hablaba en voz alta repitiendo los conceptos y verbos que me resultaban difíciles. Sobre una mesa tenia siempre varios libros. Descubrí que debía leer la biblia si deseaba aprender sobre la vida, pero a la vez me avergonzaba que me vieran haciéndolo, solo cuando acudí a un templo liberal y puse la palma de mi mano derecha sobre la biblia nunca más me dio vergüenza admitir que la leía, como tampoco me avergonzaba leer otros libros. Me resultaba difícil hablar de ciertos temas con la gente común, no creía que fueran capaces de entenderme, o de darme un consejo que necesitara.
Aquella madrugada cumplía años. Mi corazón lo sentía acongojado en medio de la penumbra. Para ser franco sentía mitad alegría, mitad miedo, porque de nuevo ese momento me exigía revisar el fruto de mi vida en cuanto a lo realizado. Miedo, porque sé lo duro y despiadado que es el mundo en el que ahora me adentraba. Fue a los 25 años de edad cuando comprendí que la felicidad no se encuentra en la suerte, ni en los aplausos de la gente, ni en la fortuna. Estas van y vienen, según los caprichos de los tiempos y las circunstancias. La verdadera felicidad nace en tu alma y solo da fruto si la mantienes pura. Solo las personas buenas pueden ser felices.
Los malos pueden tener placeres, pueden saborear victorias fugaces, pero no pueden conocer la profunda alegría de un alma serena. Por eso te digo hoy: cuídate de la malicia, la mentira y la envidia. Sé un juez severo de tu propia naturaleza y regáñate cada vez que sientas que estás fallando. Porque, al final del camino, la autocrítica y la auto ironía son las señales de los pocos sabios, aquellos que tienen el coraje de mirarse en el espejo y, en lugar de dejarse vencer por su peso, sonreír y enderezarse. Nunca hagas algo que, al recordarlo después, te haga sonrojar.
Una conciencia tranquila es el apoyo más fuerte del ser humano, y ningún triunfo puede reemplazarla. Sé humilde cuando el orgullo te impulse a gritar para que otros te vean. Sé generoso cuando quienes te rodean te traten mal. Sé justo con tus amigos y severo solo contigo mismo. Deseo que ames y seas amado, que respetes y seas respetado. Que ames a tu madre y le des las gracias cada día: para ella eres la razón de vivir, así como para mí que la he perdido, lo represento. – Cree en el Dios de tu religión, pero nunca pierdas la fe, porque sin Dios el hombre vaga como una hoja arrastrada por el viento. Aprendí que no debía continuar justificándome sino actuar.
En aquella etapa de mi vida, regresé al pueblo, subí la colina que se localiza atrás de las casas. Tome un pequeño camino que está en donde termina la barda del panteón por el que solía caminar de niño todas las mañanas arriando vacas. Fueron momentos en que necesitaba estar solo conmigo mismo, lejos de cualquier conversación humana: Mientras caminaba por el sendero me dieron ganas de cantar, pero mi orgullo me lo impidió, pensé que si alguien me oyera pensaría que lo hacía muy mal o que estaba loco a pesar de ya encontrarme lejos del pueblo.
Al estar sobre una meseta recordé que en mis años infantiles me gustaba pararme en ellas para gritar a todo pulmón con los brazos extendidos hacia el cielo, pero hoy en mi libertad, no deseaba ser escuchado, así que solo balbuceé algunas palabras. Me acomode bajo el tronco de un gran árbol de venadillo quedándome dormido. Cuando tenía cerrados los ojos, creí oír pasos entre las hojas secas, así que me detuve y me levanté para ver si venía alguien. Esto ocurrió varias veces. En ese preciso instante, creí oír pasos de nuevo y abrí los ojos. Entonces vi en mi alma con claridad que mi orgullo era el mayor obstáculo. Nunca me había arrodilla ante nadie, a nadie le he permitido nunca pisotear mi dignidad, aunque tuviera que luchar contra la necesidad.
Allí, estaba en la soledad tratando de reconciliar mi alma con mis demonios. Recordé la frase “La verdadera fe está en el alma” que lo había leído en la biblia, aunque no recordaba en que parte. Pronto llegué al camino que conducía al pueblo y comencé a reflexionar sobre lo sucedido; para mi asombro, descubrí que mi mente estaba serena.
El paseo me había servido para perder los remordimientos, recordé muchas otras declaraciones mías, y me dije que mi orgullo me estaba matando, que era mejor estar al pendiente para controlarlo, para quitarme lo presuntuoso. El regreso al pueblo en medio del silencio escuchaba mis propios pasos me parecía que toda la naturaleza escuchaba mis pasos. El tiempo había pasado sin que me diera cuenta, pues me parecía que había estado ausente unos instantes. Pero ya la gente del pueblo dormía, todo estaba callado. Mi alma estaba tranquila, tan lo estaba que me es difícil expresarlo con palabras. “Lo que dices, lo que hablas, lo que escribes, carece de sentido. Lo que eres es importante. Tienes que forjar tu propio camino. Tus conclusiones, evidencia y creación deben provenir de tu propia experiencia. Así que sé honesto”
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