VI,
LLORAR A MI PADRE DOS VECES
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado y Maestría
en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
Hoy recordé la primera vez que vi llorar a mi papá, en toda mi vida solo dos veces lo vi llorando. La primera fue con la muerte de mi hermano José Martín, quien cursaba el quinto grado de primaria, y fue atropellado por un auto, la segunda en la muerte de mi hermano Oscar Manuel quien murió en un accidente mientras manejaba por la carretera de Culiacán a Guasave. Mi papá fue un tipo muy seco en sus palabras cariñosas, recuerdo que la muestra más grande me la daba acariciando el pelo de mi cabeza, y en raras ocasiones me abrazaba cuando me veía llorando. Pero a decir verdad lo respetaba, admiraba, y me divertía con su forma de ser.
Le gustaba mandar con los ojos, no admitía desobediencia por lo que aprendí el lenguaje de sus ojos verdes. Con mi madre si era cariñoso, y pude observarlo cuando llegaba a la hora de cenar antes y despues de hacerlo jugaba un poco con ella. Nunca sentí celos con mis hermanos por la relación que llevábamos con él. Siempre me imagine que mi padre “Nunca jugo de niño” por las costumbres del pueblo, los niños se incorporaban a las labores del campo desde pequeños, no tenían derecho a quejarse o llorar, ni caricias, y así lo educo mi abuelo “Seco pero divertido” Pocas veces lo vi reír, y cuando lo hacía era de forma discreta, al menos así lo observe.
Fue su mundo plagado de historias fascinantes, pero totalmente desconocido para sus hijos. Simplemente se equivocaba, y sin contarlo trataba de enmendar su error. Un día como a las seis de la tarde llego a cenar, y antes de sentarse a la mesa me entrego un dinero para que fuera a pagar un becerro que acaba de comprar. Yo, era un niño de aproximadamente 9 años. Me metí el dinero en la bolsa del pantalón, y salí a la calle rumbo a la casa del señor a quien debía entregar el dinero, pero en el camino ya medio a oscuras perdí el dinero. Regresé a la casa y le confesé lo que había sucedido. Mi padre se molestó bastante, y fue la única ocasión que me golpeo con su sombrero en las nalgas.
Salimos a buscar por la calle oscura el dinero, pero no lo encontramos. Al otro día como todos los dias me levante temprano (5:00 a.m.), tome mi jarro donde tomaba la leche recién ordeñada y me dirigí al corral donde mi padre estaba ordeñando las vacas. Le quise entregar mi jarro para que me lo llenara, pero hizo como que no lo veía, enseguida se levantó y me dijo “Ordéñala tu” batalle, pero lo hice, ya que había aprendido a ordeñar gracias a que en ese tiempo mi Tia Emilia Benítez, tenía muchas chivas, y me dejaba ordeñarlas en el patio de su casa. La verdad es que se molestaba bastante si por alguna razón me soltaba llorando. Nunca me pregunto el ¿Porque lloraba? Solo a veces me acariciaba la cabeza para que me calmara.
Me llevaba al monte por los caminos cada quien, en su
caballo, en silencio, o a veces yo iba en ancas, pero durante todo el día casi
no hablamos, era como si no nos entendiéramos. Fue entonces cuando me di cuenta
de que nunca conversaríamos de lo que realmente importa. Y conocí a muchos
otros niños y padres en la misma situación gracias a las costumbres del pueblo.
Algunos ni siquiera nos dábamos cuenta que estábamos siguiendo el mismo futuro
comportamiento en el camino de nuestra vida. Las dos veces que vi llorar a mi
padre, me impacto tanto que se me quedo marcado en el alma.
No cabía en mi cabeza que mi padre supiera llorar, solo lo había visto triste, así que al verlo sentí un dolor profundo por lo mucho que lo amaba ¡No sabía que mi padre también lloraba! Pero al igual que todos los humanos hay ocasiones en las que nos enfrentamos a una realidad más fuerte que nuestros controles. El verlo llorar ¿Por qué debía sorprenderme? “Por el simple hecho, que me había repetido hasta el cansancio que los hombres no deben llorar” Se me quedo esa sentencia grabada en la mente, y años despues le pregunte sobre aquellos momentos emotivos, y por qué se molestaba cuando siendo yo un niño, me aconsejaba que los hombres no deben llorar.
Se quedó callado, enseguida me observo con sus ojos verdes para responderme desde su alma. Me dijo, “No han sido las únicas veces que he llorado, lo hice cuando mi hermana Margarita cayó en el agua hirviendo donde se hervían los granos de maíz para las vacas, y ella murió siendo una niña de 7 años. Tambien lo hice el día que mi madre Isabel murió” - “Mira hijo, la verdad, es que muchas veces he llorado, pero a veces lo hago en silencio, otras solo en el monte”. – “Y lamento no habértelo demostrado, no haberte abrazado para decírtelo” A partir de ese momento comencé a conocer mejor a mi padre. Al fin podíamos hablar de nosotros, de cómo llegamos a ser, y de quien somos.
Mi padre acepto que no lloraba para que sus hijos no lo vieran débil, incapaz de protegerlos, pero si lo hacía en silencio, o alejado de sus ojos. Su sequedad en caricias me hizo pensar que no me quería, y que solo le servía para arriar las vacas, darles agua a los caballos, hacerle sus mandados o los del abuelo. Pero al fin supe lo qué su alma escondía. Hay gente que llora por todo, o para conseguir chantajear sentimentalmente a otra persona, o lo hace por cualquier tontería. Gente que evita ciertas conversaciones, simplemente porque les resulta demasiado doloroso, y sueltan las lágrimas. Porque el llanto les abruma y les quita el aliento.
Hoy comprendo que es un gran error tragarse las lágrimas cuando son sinceras, y detesto a las personas que las utilizan para manipular. Es muy difícil cargar dentro sentimientos que nos agobian el alma, es pesado, y creo que lo mejor es desahogarte, aunque te duela sin importar se rían de ti. Hay situaciones que nos rompen el alma. Mi padre a muerto, y se ha ido para siempre, quizás a donde su alma haya ido le permitan llorar, y reír. Ya no tendrá que molestarse conmigo por perderle el dinero que con tanto sacrificio había juntando para comprar aquel becerro, y si existiera la posibilidad de pagárselo lo haría ahora con gusto para poder reírnos juntos de lo que sucedió en aquellos hermosos años de mi infancia.
Me pregunto ¿Cuántos años perdemos los padres criticando a nuestros hijos, regañándolos, imponiéndoles, castigándolos, obligándolos a que piensen como nosotros? Llegará el momento en que en tu casa ya no tengas a nadie a quien regañar, ni te molestaras porque tus hijos se levantan de la mesa sin recoger su plato, y entonces desearas verlos a todos reunidos de nuevo divertidos gritando en esa mesa que se ha quedado vacía. ¿el verdadero hogar empieza con el amor, y el crecimiento de los hijos empieza con el amor. A veces los hijos le robamos toda la alegría a nuestros padres, no los dejamos descansar, y ellos se cubren sus ojos para que no los veamos llorar.
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