domingo, 19 de octubre de 2025

 

HAS QUE TUS SABADOS VALGAN LA PENA

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.

Una mañana temprana, un comerciante como todos los días al llegar a su negocio, encendió la radio. Para el comerciante la radio se había convertido en toda su diversión en su vida, y en su hogar para su esposa lo era la televisión. La familia solo existía por el hecho de que compartían techo, incluso ellos y sus hijos habían olvidado ¿Cuándo? fue la última vez que desayunaron, comieron o cenaron juntos. Este sábado, el comerciante al encender su radio escucho que una persona mayor de edad se quejaba del abandono de sus hijos. En la voz del anciano se escuchaba su queja y a la vez su culpa, por lo que el comerciante dejo de acomodar mercancía en lo que estaba ocupado, y le puso atención.

El anciano se dirigía en esos momentos con palabras aconsejando a su hijo que no se olvidara de sus hijos como él lo había hecho porque al final lo abandonarían. – Dijo “Hijo sé que me estas escuchando, y quiero que me prestes atención en donde quiera que te encuentres ahorita” – “Sé que estás muy ocupado y ganas mucho dinero”, pero ¿alguna vez has pensado que debido a eso tienes que estar lejos de tu casa y tu familia por mucho tiempo como yo lo hice para tener dinero y pudieras estudiar? – Enseguida continuo: “Estás fuera de tu hogar en viajes de negocios la mayor parte del tiempo. También estás ausente de las ocasiones más felices de tu familia”

 – “Debes recordar que no pudiste asistir el día que tu hija bailo en la escuela, tu esposa me lo dijo” ¡Así, fue! ¿verdad? El anciano hizo una pausa mientras hablaba. El comerciante para ese momento ya estaba muy interesado en lo que decía el anciano, tanto que le subió un poco el volumen al radio para escucharlo mejor. El anciano prosiguió “Hijo, no quiero sermonearte, solo deseo que no cometas los mismos errores que yo cometí como tu padre” – Veras, te lo explicare según los cálculos que hoy he hecho. La edad promedio en la que morimos si bien nos va a los hombres es de 75 años (Más o menos) Ahora multiplica ese 75 por tus 52 años de edad, lo que te da, que ya has consumido 3900 sábados. Es decir, una persona promedio que vive 75 años obtiene esta cantidad de sábados a lo largo de su vida.

Tus hijos y tu esposa consideran el sábado como el día más feliz de su vida porque es feriado para ellos, es decir no asisten a la escuela, y el domingo lo gastan haciendo sus tareas escolares. Ahora bien, si vivieras hasta los 75 años, ¡solo te quedarían 1000 sábados. Eso simplemente significa que solo te quedan mil días de alegría a su lado. Ahora bien, para que esos sábados no pasen inadvertidos pasa a una tienda y compra 1000 canicas, y ponlas en un frasco de vidrio transparente. Eso te servirá para que veas las canicas que te quedan cada sábado que pase en tu vida, ya que cada sábado sacaras una hasta que el frasco quede vacío. Veraz que conforme se vayan acabando las canicas tendrás más deseos de disfrutar ese día con tu esposa y tus hijos.

Esto, no quiere decir que dejes de hacer en otros días de la semana lo que tienes como responsabilidad, pero ante todo “Piensa en tu familia, has que la vida de ellos y la tuya valga la pena vivirla” – Por un momento el anciano en la radio se calló creándose una atmosfera de reflexión y expectativa para seguir el camino de sus ideas. - Entonces la voz del anciano volvió a sonar “Sí, hijo, hoy es mi cumpleaños 75, y hoy saqué la última canica de mi frasco de vidrio” – Justo ahora estoy llevando a mi esposa “Tu madre” a desayunar a un restaurante. Ahora mi frasco se ha quedado vacío, ya no hay canicas para seguir sacando y tirando.

Cada sábado de ahora en adelante será un regalo de Dios con cada día de vida. Realmente reconozco que me equivoque trabajando como un loco para conseguir dinero y eso ahora veo que no me hizo feliz. “Hoy lo que más deseo es que puedas vivir feliz con tu familia. Es tu oportunidad para hacerlo ¡No cometas mi error!” La conversación en la radio terminó. Su efecto fue tal que el comerciante se sentó sobre un saco de frijol, y cayó en una profunda reflexión. Después de un rato, se levantó.

Cerro la tienda y se dirigió a su hogar. Su esposa y sus hijos estaban sorprendidos pensando que algo malo había sucedido para que su esposo y padre cerrara la tienda. El comerciante se veía de buen humor, relajado, y en ese momento les dijo prepárense porque hoy saldremos a pasear, iremos a desayunar a un restaurante, y enseguida nos vamos a la playa a pasar el día. Todos se sentían feliceses, nadie comentaba nada para no estropear ese momento de alegría. Se subieron al auto con una sonrisa en sus rostros. 

Al pasar por el frente de su tienda el comerciante detuvo el auto. Todos guardaron silencio desconcertados. Su esposa suavemente pregunto ¿Cambiaste de opinión, se acabó el paseo? ¿Por qué nos paramos aquí? El comerciante la miro a ella y sus hijos con cariño por un corto tiempo, enseguida sonrió y les dijo ¡No, querida! ¡No he cambiado de opinión! Solo quiero pedirte que mañana me recuerdes que tengo que comprar un frasco, y 999 canicas. Moraleja: Vayan a buscar sus canicas hoy y empiecen a disfrutar de la vida con sus seres queridos.

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