viernes, 3 de octubre de 2025

 

LA CHICA FUE A ESTUDIAR EN CULIACÁN

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.

El sentimiento religioso aprendido en mi infancia me ayudó a soportar los golpes que repentinamente me asaltaron, pero, mientras tanto, mi situación era terrible: además de las condenas dirigidas contra mi personalidad por el simple hecho de ser mujer. Escuchaba rumores de que soy una mujer libertina, sin valores morales, sin talento. Reconozco que por momentos yo misma me los creí, pero a la vez me cuestionaba ¿Sera cierto? Cruzaban ideas por mi mente analizando la forma en la que había construido mi mente desde ser una niña de pueblo y mi incorporación a las costumbres de la ciudad. 

Mis amigas no gustaban de leer, ni entrar en el mundo de la literatura, ellas eran felices hablando de novios, chismes, parejas disparejas, y todo el material que cumulaban para destrozar a otras chicas. Por mi parte en mis ratos de ocio me refugiaba en los recuerdos en esos remansos de tranquilidad de mi provincia rural, donde vivían mis padres, abuelos, amigas de la infancia rogando a Dios conseguir un buen marido.

En realidad, nada acontecía relevante en el pueblo por lo que en la mayoría de los casos recurrían a chismes y rumores inventados, o en su defecto describir incidentes sin importancia lo que me parecía aburrido y sin objetivo claro. Necesita conocer la vida de la ciudad, pasear por las calles, recorrerla en cada rincón para saber cómo vivían. Mi vida en principio fue observar, recopilar información en mi cabeza. Ahora sentía que mi vida iba cambiando aceleradamente, y su exigencia era aguantar, acariciar el sueño que me hizo emigrar para completar mi gran obra de formación.

Fue un tiempo en que soporte severas crisis de soledad y abandono, mis dudas se acrecentaban, y mis vacilaciones iban y venían a mi cabeza tratando de tranquilizarme y señalarme el camino. La importancia que le di a este cambio lo puede leer hoy en lo que escribía en mi diario. Sabía que mi madre en el pueblo rezaba por mí, que le pedía a Dios que nada me sucediera, y me concediera la hazaña de finalizar mis estudios. Por mi parte procuraba mantenerme a esa altura con todas mis fuerzas, y auto motivándome para que mi ánimo no decayera.

Cada día me levantaba con fuerzas renovadas, y un ánimo vigoroso para ir a la escuela y estudiar. Por su parte mi padre trabajaba la tierra con sus dos mulas con la esperanza de arrancarle unas cuantas mazorcas de maíz. No miento, el miedo me ganaba, sentía ansiedad, la nostalgia se apoderaba de mis sentimientos porque todo aquello lo extrañaba, y conforme pasaban los dias excitaba más mi alma. Pero tenía la fe muy alto, y si es cierto que sufría, superaba todo tipo de debilidad con entusiasmo renovado. Tuve que soportar el cansancio, el calor del clima, las lluvias, el pasar hambre.

Aguantar las burlas de mis compañeras por hablar como una chica de pueblo. Las dificultades fueron muchas en este camino, pero debía ocupar el lugar que había soñado, y por ello mi espíritu no estaba dispuesto a doblegarse “Esa era la situación que me rodeaba, y debía superarla” Había imaginado durante tanto tiempo, estar sentada en una escuela, y aula de la ciudad, y maestros que me guiarían para ir saliendo de la ignorancia en mi oscuridad. No debía estar por debajo de las expectativas de mis padres, amigas del pueblo, y mis nuevos maestros, aunque nunca antes había estado sujeta a tanta presión, y ansiedad. Mi orgullo campesino aprendido por mis padres en la familia, me empujaba. No importaba que derramara lágrimas de sangre por todos los rincones en donde pasaba.

Necesitaba a mis padres, amigas, y a la vez debía descubrir mi personalidad, ver con mis propios ojos del material que estaba hecha. Sufría, pero a la vez comprendía que todo eso me convertía dia con día de una flor silvestre a una de jardín con el perfume del conocimiento “Me convertiría en una mejor versión de sí misma” Para mis amigas que se quedaron en el pueblo, sus ojos estaban fijos en llegar al altar, y en cambio para mí en el altar de mi desarrollo personal. En una, o varias ocasiones me agarro la lluvia por la calle, y las gotas se confundieron con mis lágrimas de desesperación esperando el urbano que me regresara a casa.

Mi decisión de venirme a la ciudad a estudiar fue hecha definitivamente para descubrirme personalmente y, por así decirlo, ver con mis propios ojos cuán grande puedo ser como mujer. Fue mi sueño desde niña, le roge a Dios que me ab riera las puertas y sucedió. Desde lejos me di cuenta lo importante que son mis padres, mi familia personas que ahora me resultaban más queridas que nunca, como si ahora fuera mucho más capaz de amarlas que nunca. No niego, contaba los dias para que llegara la primavera y regresar al pueblo en vacaciones.

Disfrutar de nuevo mi hogar, vagar por la calle, ir de casa en casa visitando a mis amigas.  Preguntarle a mi padre ¿Cómo le fue con su cosecha de maíz y calabaza? ¿Quién ha enfermado, que chismes corren de boca en boca? En verano el calor en la ciudad es agotador, y no es extraño que mis compañeros de estudio se muestren tristes, de mal humor, pensativos, distraídos. Por las calles las personas caminan como si su cuerpo fuese dirigido por su alma muerta. Es la época en la que todo lo que se ve, se escucha afecta.

Por las tardes despues de regresar de mi escuela agotada por el calor me baño, para tomar los libros y resolver las tareas. Mis amigas en el pueblo por su parte se continúan juntando por las tardes noches para disfrutar sus pláticas, y a juzgar por sus mensajes de texto en mi teléfono, no avanzan en su empeño por llevar a un chico ante el altar, y a diferencia de ellas, mi mente sigue ocupada, y preocupada por cumplir en los estudios. Cuando las recuerdo sale desde mi alma un suspiro recordando nuestras anécdotas ingeniosas, nuestras vagancias, y en mis labios se dibuja una risa inofensiva. He descubierto que no tengo prisa por andar buscando pareja, no hay porque apurarse, mi espíritu esta sosegado mediante la lectura.

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