martes, 14 de noviembre de 2023

DIVORCIADA

LARRAÑAGA TORRÓNETGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- UNAM

- Soy una mujer divorciada a los 30 años de edad. Crecí en una familia clase media en donde toda la familia vivíamos felices. Siempre me gusto leer libros, ver documentales en la televisión y pensé que me estaba preparando para ser feliz. Desde niña acudía con mis padres a la playa y en ocasiones me llevaban a una alberca. Me gustaba jugar en la arena excavando. Aprendí muy poco a nadar debido a que le tengo miedo a la profundidad. En las partes donde me llegaba el agua a la cintura intentaba hacerlo. Mi padre se asustaba tanto que al verme en la playa se paraba en la orilla vigilándome para que no me pasara nada, y al menor movimiento extraño me gritaba que me saliera un poco.

Un día me avente en una alberca decidí que debía nadar. Lo profundo de la alberca era muy poca distancia, así que la recorrí tranquila, pero con mucho miedo. A partir de ese día, comencé a nadar en el mar por más tiempo y distancia en la parte baja del mismo. Lo hice y aprendí, se me quito el miedo. Por fin vi mi sueño cumplido, y aunque chapoteo el agua. No me importa lo que las otras personas me critiquen por no hacerlo de forma profesional que ellos desean. En esos años ya estaba estudiando la preparatoria, luego pasé a la Universidad y al terminar la carrera me casé.

Pero como señale al principio, mi matrimonio fue malo, un error con toda la palabra. Elegí al hombre equivocado, me amulé a pesar de que mis amigas me lo advertían y tenían razón. Lo conocí en la Universidad. Al principio no quería iniciar ninguna relación con él, pero era muy persistente, amable, detallista, constantemente me llamaba, buscaba, y ante tanta insistencia decide comenzar a salir con la idea de no equivocarme. No supe cuándo, ni como me comenzó a hechizar con sus encantos, quizás se deba a que era muy atento y cordial. Les parecerá que estoy medio tonta y diré el ¿Por qué?

Cuando salíamos y nos juntábamos con los amigos comenzaba a beber alcohol y despues de unas cuantas cervezas cambiaba por completo su personalidad, incluso se volvía grosero conmigo, y atrevido con sus manos. Y la muy tonta seguí pensando que a pesar de las murmuraciones que mis amigas me hacían creí que solo “Yo” podía comprenderlo, y que si nos llegábamos a casar me le pondría dura para hacerlo cambiar y retirarlo del vicio. Lo curioso fue que nos casamos y siguió bebiendo con mayor placer. En sus crudas me prometía que no lo volvería hacer, así que le creía, pero lo volvía hacer con más frecuencia y mayor volumen.

En varias ocasiones pensé en dejarlo, pero recordaba las palabras de mi madre en que yo era la responsable de casarme con ese hombre y que lo cuidara y respetara para que ambos nos tratáramos de forma digna. Yo, insistía en cambiarlo a base de amor. en el primer año de matrimonio me insistió mucho para que dejara mi trabajo, me decía que él me mantendría y que deseaba tener un hijo, por lo que atendí su sugerencia y me dedique a vivir solo para él. Al poco tiempo me llego con la novedad que ganaba muy poco dinero y que debíamos mudarnos a la casa de sus padres para ahorrar y comprarse un auto modesto para ir a trabajar, y lo compramos, pero el auto le sirvió para andar de vago con sus amigos y llegar más tarde a casa, incluso fue multado por tránsito por andar en estado de ebriedad manejando.

El infierno comenzó cuando tuve a mi hijo. Estaba segura que sería el momento en que se calmaría, maduraría y dejaría de beber “Se, lo juro por Diosito que está en el cielo”, pero nuevamente estaba equivocada, las cosas empeoraron. Llegaron los gritos y sus reclamaciones, las amenazas de echarme a la calle con la criatura, los insultos donde me acusaba de engañarlo, hasta que un día borracho me golpeo. Ese día recuerdo que dormí en el suelo, ya no pude más y llamé a mi madre llorando. No deseaba hacerlo debido a que me sentía avergonzada, culpable. Pero me di cuenta que ya no soportaba más. Necesitaba fuerzas para hacerlo, pero recordé como aprendí a nadar y me dije “Vale la pena intentarlo”

¿Cómo irme, si tenía un hijo, sin dinero y no era justo en ir a ser una carga para mis padres? Mi madre me ofreció que regresara. Me negué, pero esa noche mi ex llego muy borracho y se burlaba de mí y me dijo que ese hijo no era suyo, que le confesara quien era el verdadero padre, sus insultos se escuchaban en toda la cuadra. Luego se durmió. Eso ya era demasiado. Después de eso, mi decisión de luchar por mí y por mi hijo se volvió inquebrantable, debía deshacerme de esa relación, me dije muchas han sobrevivido ¿Por qué yo no?

En ese momento me di cuenta de que la felicidad es paz en la casa. La felicidad es cuando el esposo llega a casa y no tienes miedo de ser humillada y golpeada. La felicidad es cuando no te sientes atrapada en tu hogar, esperando temerosamente sus gritos e insultos. Allí fue que entendí la estrategia que siguió para sacarme del trabajo, para llevarme a casa de sus padres con ello logro un poder total sobre mi persona. Y decidí irme, ¡pase lo que pase, tope en donde tope! Lucharía por mi dignidad. Todo el drama final inicio un día que llego muy borracho y me arrastro del pelo, me dio golpes en la cara, me dijo que me mataría por puta. La pesadilla duro dos horas hasta que se durmió y en ese instante llame a la policía. Se lo llevaron. Mi suegra acudió a mí para que retirara la demanda y no le quitaran el trabajo.

En su cruda alegaba que no me había golpeado, que eran fantasías mías, estaba asustado por el diablo que me había brotado de mi mente. Hable con el responsable y le pedí que no lo soltara en todo un día para que aclara sus ideas. Recogí a mi hijo y mis cosas y me fui con mis padres. Luego a buscar trabajo, ya no sentía remordimiento por llevarlo a la cárcel, estaba consiente que yo tenía razón. Finalmente conseguí trabajo, me liberé.

Al principio iba a mi trabajo a insistir que regresáramos, luego al no conseguirlo me amenazaba de muerte. Supe que seguía bebiendo, perdió su trabajo, no me ayudaba con el niño. Aún recuerdo sus amenazas cuando llegaba al trabajo y me gritaba que me estaba prostituyendo con los jefes, pero ya ven la vida va poniendo todo en su lugar. Ahora mi hijo y yo, tenemos una vida digna, mi ex se quedó en el infierno de donde lo saqué cuando decidí casarme con él, siguió en la misma situación quedándose botado de borracho con sus amigos.

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