sábado, 18 de noviembre de 2023

 

ESTHER OSUNA; MI PRIMERA MAESTRA EN PRIMARIA

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.

 Fui al primer grado por primera vez cuando tenía siete años. Luego escuché sobre estudiar en la escuela y sobre los maestros por las historias de mi hermano mayor, (Roberto) que entonces estaba en tercer grado con la maestra Soledad Torróntegui Manjarrez. Al escuchar sus historias escolares, me formé la opinión de que los profesores no siempre son amables y justos con sus alumnos. Y por eso tenía cada vez más ganas de saber qué tipo de profesora me tocaría. La realidad es que prácticamente nunca la conocí, ni recuerdo su nombre. Fue en segundo grado en donde me enamore de la escuela con la maestra Esther Osuna.

Una maestra de ojos amables, siempre limpia, perfumada. Era una profesora experimentada. Tenía una voz muy agradable y tranquila, siempre explicaba el material con claridad, y si alguien no entendía algo, entonces no le resultaba difícil volver a explicarlo. Y en sus lecciones siempre había silencio, todos se comportaban con calma y apasionados por la lección, pero durante el recreo jugábamos un poco y recuerdo que sucedió un incidente muy desagradable.

 Los niños de nuestra clase rompieron accidentalmente una maceta en el pasillo de la escuela, la cual recientemente la había instalo el director trayéndola desde la ciudad, por lo que nuestra maestra fue muy regañada por el director de la escuela. Ella resolvió la situación con calma, habló con el responsable del incidente y al día siguiente trajo su maceta con flores de casa (En su casa tenía un patio muy grande lleno de flores y árboles frutales) Este no fue el único caso en el que nos ayudó. Era una profesora muy amable y justa. Cuando terminé ese segundo grado de primaria, me entristecí mucho al separarme de mi maestra.

 Después de todo, ella no sólo nos enseñó leer y escribir, y otras materias, sino que también se preocupaba mucho por nosotros. Pase Al tercer grado con la profesora Rosaura Maldonado López. Por las circunstancias que mi madre recibió de mi hermano Roberto en el trato de maestra Soledad ella decidió cambiarme de escuela y me inscribió en la Josefa Ortiz de Domínguez. A esta maestra siempre la visite despues de jubilada. Me paraba en la ventana de su cuarto a platicar que daba para la calle y en donde ella de anciana se sentaba para mirar a la gente pasar por la calle. Ellas dos fueron mis primeras maestras y se convirtieron en un gran ejemplo de bondad y cariño hacia nosotros.

Han pasado tantos años desde que crucé por primera vez el umbral de mi escuela primaria “Morelos” No puedo creer que hayan pasado más de 60 años desde que yo, un niño con enormes ilusiones, entré a mi primera clase. Entonces no tenía idea de lo que me esperaba en este enorme edificio con sus aulas de techos altos, y cuyo pasillo con sus pilares me parecían enormes. Era entrar a esa mágica tierra prometida del conocimiento y que a partir de esa edad no abandonaría nunca por muy perdido o confundido que anduviera.

Puedo decir que tuve una surte increíble en comparación con la generación de mis padres, en donde muy pocas personas tenían el privilegio de poder asistir a una escuela primaria. El primer grado fue infame, ya que tuve una maestra que nunca se presentó al aula, o lo hacía cuando aparecía el supervisor escolar del brazo del mimo.

A todos los niños nos dio alegría que esa maestra nos diera calificación de pasé para subir al segundo grado, y fue ahí en donde comenzó mi suerte al tocarme Esther Osuna como maestra. Muy pocas personas tuvieron la suerte de pasar por su enseñanza, ya que ella me ayudo a leer y escribir. Se convirtió en esa maestra maravillosa que cada niño desea. Ella era una persona mayor de edad. La recuerdo muchos años despues, incluso de sus explicaciones y frases con las que me motivaba. Las formas en que ella solía enseñarnos merecen respeto. Fue gracias a ella que pasé al tercer grado leyendo. En mi cabeza curiosa me fue llenando de conocimientos de acuerdo a mi edad, y me comparaba con otros niños que estaban en la otra escuela pública dándome cuenta que no poseían tantos.

Era estricta, le gustaba que todos los niños estuviéramos formados a la puerta del aula en el momento que sonaba un riel de fierro que la hacía de campana, y estaba colgado de un árbol de trueno. La disciplina con ella no era exigente. Nos permitía cada 20 minutos estirarnos, y levantarnos y caminar entre los pupitres. Nos pasaba al pizarrón uno por uno para detectar nuestros errores de escritura. Antes de marcharnos a casa nos regalaba un sermón moralizante. En muchos sentidos creo que es gracias a esos métodos que puedo estar orgulloso de mi bien comportamiento social. ¡Incluso excelente educación!

A veces me molestaba debido a que me dejaba tareas difíciles de contestar, y para no ser regañado por incumplirlas, le pedía a mi mamá que me ayudara a realizarlas. Entre mi Mamá y la maestra Esther Osuna se encargaban de enseñarme lo que es la vida. Un agradecimiento póstumo, inconmensurable a ella por todo lo que invirtió en las cabezas de niños de aquella época. Me voy a detener un momento para tratar con mi imaginación verla de nuevo parada en medio del aula explicándonos: Era una maestra amante de los libros, que se ponía unos lentes al borde de su nariz, con su cabello siempre recogido con un moño en la parte de atrás.

 Una voz suave y agradable. Un borrador en su mano y la otra un gis o un libro de texto. Era baja de estatura, con ojos amables y cansados ​​por la edad. Con una voz tranquila y silenciosa, un corazón amable y abierto y un enorme talento para enseñar a los niños. Veamos el ¿Por qué la recuerdo? Pasaron los años, pasé por muchas clases diferentes, muchos profesores diferentes: estrictos y amables, abiertos y reservados, inteligentes y no tan inteligentes. Pero ella permanecerá para siempre en mi memoria: mi primera maestra, que me ayudó a descubrir este enorme mundo, lleno de laberintos, conocimientos y descubrimientos inexplorados.

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