ESTHER
OSUNA; MI PRIMERA MAESTRA EN PRIMARIA
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado
y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
Fui al primer grado por primera vez cuando
tenía siete años. Luego escuché sobre estudiar en la escuela y sobre los
maestros por las historias de mi hermano mayor, (Roberto) que entonces estaba en
tercer grado con la maestra Soledad Torróntegui Manjarrez. Al escuchar sus
historias escolares, me formé la opinión de que los profesores no siempre son
amables y justos con sus alumnos. Y por eso tenía cada vez más ganas de saber
qué tipo de profesora me tocaría. La realidad es que prácticamente nunca la
conocí, ni recuerdo su nombre. Fue en segundo grado en donde me enamore de la
escuela con la maestra Esther Osuna.
Una
maestra de ojos amables, siempre limpia, perfumada. Era una profesora
experimentada. Tenía una voz muy agradable y tranquila, siempre explicaba el
material con claridad, y si alguien no entendía algo, entonces no le resultaba
difícil volver a explicarlo. Y en sus lecciones siempre había silencio, todos
se comportaban con calma y apasionados por la lección, pero durante el recreo
jugábamos un poco y recuerdo que sucedió un incidente muy desagradable.
Los niños de nuestra clase rompieron
accidentalmente una maceta en el pasillo de la escuela, la cual recientemente
la había instalo el director trayéndola desde la ciudad, por lo que nuestra
maestra fue muy regañada por el director de la escuela. Ella resolvió la
situación con calma, habló con el responsable del incidente y al día siguiente
trajo su maceta con flores de casa (En su casa tenía un patio muy grande lleno
de flores y árboles frutales) Este no fue el único caso en el que nos ayudó.
Era una profesora muy amable y justa. Cuando terminé ese segundo grado de
primaria, me entristecí mucho al separarme de mi maestra.
Después de todo, ella no sólo nos enseñó leer
y escribir, y otras materias, sino que también se preocupaba mucho por
nosotros. Pase Al tercer grado con la profesora Rosaura Maldonado López. Por
las circunstancias que mi madre recibió de mi hermano Roberto en el trato de
maestra Soledad ella decidió cambiarme de escuela y me inscribió en la Josefa
Ortiz de Domínguez. A esta maestra siempre la visite despues de jubilada. Me
paraba en la ventana de su cuarto a platicar que daba para la calle y en donde
ella de anciana se sentaba para mirar a la gente pasar por la calle. Ellas dos
fueron mis primeras maestras y se convirtieron en un gran ejemplo de bondad y
cariño hacia nosotros.
Han
pasado tantos años desde que crucé por primera vez el umbral de mi escuela
primaria “Morelos” No puedo creer que hayan pasado más de 60 años desde que yo,
un niño con enormes ilusiones, entré a mi primera clase. Entonces no tenía idea
de lo que me esperaba en este enorme edificio con sus aulas de techos altos, y
cuyo pasillo con sus pilares me parecían enormes. Era entrar a esa mágica
tierra prometida del conocimiento y que a partir de esa edad no abandonaría
nunca por muy perdido o confundido que anduviera.
Puedo
decir que tuve una surte increíble en comparación con la generación de mis
padres, en donde muy pocas personas tenían el privilegio de poder asistir a una
escuela primaria. El primer grado fue infame, ya que tuve una maestra que nunca
se presentó al aula, o lo hacía cuando aparecía el supervisor escolar del brazo
del mimo.
A todos
los niños nos dio alegría que esa maestra nos diera calificación de pasé para
subir al segundo grado, y fue ahí en donde comenzó mi suerte al tocarme Esther
Osuna como maestra. Muy pocas personas tuvieron la suerte de pasar por su
enseñanza, ya que ella me ayudo a leer y escribir. Se convirtió en esa maestra
maravillosa que cada niño desea. Ella era una persona mayor de edad. La
recuerdo muchos años despues, incluso de sus explicaciones y frases con las que
me motivaba. Las formas en que ella solía enseñarnos merecen respeto. Fue
gracias a ella que pasé al tercer grado leyendo. En mi cabeza curiosa me fue
llenando de conocimientos de acuerdo a mi edad, y me comparaba con otros niños
que estaban en la otra escuela pública dándome cuenta que no poseían tantos.
Era
estricta, le gustaba que todos los niños estuviéramos formados a la puerta del
aula en el momento que sonaba un riel de fierro que la hacía de campana, y
estaba colgado de un árbol de trueno. La disciplina con ella no era exigente.
Nos permitía cada 20 minutos estirarnos, y levantarnos y caminar entre los
pupitres. Nos pasaba al pizarrón uno por uno para detectar nuestros errores de
escritura. Antes de marcharnos a casa nos regalaba un sermón moralizante. En
muchos sentidos creo que es gracias a esos métodos que puedo estar orgulloso de
mi bien comportamiento social. ¡Incluso excelente educación!
A veces
me molestaba debido a que me dejaba tareas difíciles de contestar, y para no
ser regañado por incumplirlas, le pedía a mi mamá que me ayudara a realizarlas.
Entre mi Mamá y la maestra Esther Osuna se encargaban de enseñarme lo que es la
vida. Un agradecimiento póstumo, inconmensurable a ella por todo lo que
invirtió en las cabezas de niños de aquella época. Me voy a detener un momento
para tratar con mi imaginación verla de nuevo parada en medio del aula
explicándonos: Era una maestra amante de los libros, que se ponía unos lentes
al borde de su nariz, con su cabello siempre recogido con un moño en la parte
de atrás.
Una voz suave y agradable. Un borrador en su
mano y la otra un gis o un libro de texto. Era baja de estatura, con ojos
amables y cansados por la
edad. Con una voz tranquila y silenciosa, un corazón amable y abierto y un
enorme talento para enseñar a los niños. Veamos el ¿Por qué la recuerdo?
Pasaron los años, pasé por muchas clases diferentes, muchos profesores
diferentes: estrictos y amables, abiertos y reservados, inteligentes y no tan
inteligentes. Pero ella permanecerá para siempre en mi memoria: mi primera
maestra, que me ayudó a descubrir este enorme mundo, lleno de laberintos,
conocimientos y descubrimientos inexplorados.
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