“LO QUE SIEMBRAS ES LO QUE COSECHAS”
LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad
Nacional Autónoma de México.
Antes de contar las aventuras de personajes, ahora muy
lejanas en el tiempo, debo advertir al lector contra algunos conceptos
erróneos. Esta historia no son las aventuras de un tipo despistado y su amigo
celebre. Además, esto no es una memoria ni una confesión tardía. Todo el mundo
tiene una infancia. Y sólo una vez en su vida. Mi infancia no fue ni mejor ni
peor que la de mis compañeros de escuela, ni mis amigos del barrio donde crecí
a principios de los años 60s Por alguna razón sobreviví hasta la adultez mayor.
Aquí es donde las cosas se complican mucho, a diferencia de
la juventud. Las personas adultas mayores piensan que es la edad en la que
llega el momento de cosechar, pero no para todos. Muchos sembraron, pero la
cosecha se les hecho a perder por exceso de riego o falta de agua y
fertilizantes. Nos dice el dicho que “Todo lo que se siembra, es lo que se
cosecha” Sin embargo la mayoría tenemos que sembrar de nuevo y se debe a que la
vida no, nos sonríe como deseamos, pero al final sería injusto quejarnos al ser
los constructores de nuestro propio destino.
Como todo mundo, viví
todas las aventuras por mi cuenta. Antes de iniciar este escrito, me la pase
varios días juzgándome en mis actos desde la misma infancia hasta que me
convencí en que no todo está dicho, y por ello regrese a mis recuerdos de
infancia para tratar de describir aquel niño desde la visión de este adulto.
Soy de ese tipo de personas que piensa que debemos dejar vivir a los niños su
infancia en la época, costumbres, y el entorno en el que pasan sus años de
infancia. Es fácil decirlo, pero hacerlo es tan difícil como preservar la
inocencia infantil de tu propia mente. Por tanto, hay, por así decirlo, dos
autores en la narración, el infante y el viejo. Y si uno de ellos a veces
camina sermoneando se debe a sus errores personales. No, es fácil separarse del
niño que llevamos dentro, ni que actuemos como la gente espera de nosotros.
No quiero justificar absolutamente nada simplemente analizar
en retrospectiva. Con el correr de los años muchas de las paredes de las casas
que visitaba en el pueblo se han caído, el lodo se ha desprendido, sus techos
de madera han caído quedando como símbolos de su grandeza en ruinas. No ha
cambiado mucho el entorno, el calor es intenso en verano, las tejas de las
casas se ven color cenizo o rotas y algunas paredes que marcan el límite de los
patios con la calle se derrumbaron. Por las calles sentados a la puerta de sus
casas se observan ancianos, posiblemente quejándose de su vejez o de que ya no
son capaces de ponerse en pie.
Muchos de ellos que conocí de niño han desaparecido. Hay poco
viento, incapaz de espantar las moscas sobre las mesas de comida. A lo lejos se
escucha el replicar de una campana que llama a misa. Nadie le presta atención
con entusiasmo, sino que añaden, es la hora de ir a rezar una plegaria por sus
muertos. Observo que al replique de las campanas, una señora frente a mí se
persigna, haciendo la señal de la santa cruz sobre su frente y pecho.
Es el momento en que recuerdo aquellos años en que siendo un
infante la gente se encargaba de meter en mi mente el miedo a un diablo que
brotaba de las profundas entrañas de la tierra, y arrastraba por las calles del
pueblo a las personas que se portaban mal de acuerdo a las reglas morales del
poblado. Recuerdo que, a los 8 años en
edad, les tenía miedo a las alturas, y que por primera vez subí a ese
campanario. Estando arriba me llegaron las ráfagas de viento con sus capas de
polvo seco. Observe que un pichón en una de las vigas que sostenían a una de
las campanas conforme el viento arreciaba, el pichón se tambaleaba con toda su
fragilidad de recién empollado. Me parecía como si en ese instante el mismo
campanario temblara, y mi cuerpo volara con el viento cayendo en los tejados
vecinos.
Era un verano, y una enorme nube de polvo recorría las
calles. Tomé la cuerda atada a la campana con la que se hacía replicar, y tuve
la tentación de hacerla tocar, pero el miedo me contuvo hacerlo. Cuando estas
en estas alturas siendo un niño tu mente se conecta extrañamente con los
espíritus, las altas montañas, el cielo, las nubes que corren. No solo es
cuestión de viento, polvo, o calor, ni castigo de Dios. Solo es un día más en
un amanecer de vida que nos llega con calma, sin preocupaciones en el silencio
de las alturas en donde estamos parados. Enseguida el viento y polvo se
amainan, pero el calor continuo sofocante.
Desde lo alto del campanario observas las calles solitarias,
y reflexionas con una visión profética sobre la vida y la muerte. Decidí bajar
lentamente las escaleras, y en ese instante inicio el retumbe de las campanas
que taladraban mis oídos. Me parecía que todo el cubo de las escaleras temblaba
al igual que mi ser quien se estremecía de miedo con riesgo en rodar por ellas.
¿Cómo podía aguantar tanto ruido el pichón que se encontraba en su nido en la
cúpula del mayor ruido? ¿Quedaría sordo para el resto de su vida? Alrededor
mio, por el cubo del campanario vi una bandada de palomas asustadas.
Obviamente las campanas eran la voz de la religión para
acudir a misa, y eran tan famosas en el pueblo como la chica loca que recorría
todos los dias el pueblo a las orillas del rio, el peluquero que se embriagaba
con el alcohol que derramaba sobre los cachetes de los que afeitaba, el
profesor que podía contar mentalmente más rápido que sacarlo en un cuaderno, o
el cura que enojado blasfemaba en contra de los que no asistían a misa. Así el
niño aquel tenía miedo del campanario, pero su curiosidad un dia le gano, y el
obstinado cura avivaba el miedo al diablo. El campanario sobrevivió al tiempo,
mientras el niño vago por el mundo quemándose los sesos y deshilachando margaritas.
Aprendió palabras extravagantes, estuvo en fiestas donde
floto su mente en la embriaguez de la espuma de las cervezas. Un infante quien
en su juventud desarrollo pretensiones, según su entendimiento. Hoy estaba
viejo, estaba solo parado frente al campanario de la iglesia, ahora comprendía
la insignificancia de su existencia y su destino. Sus amigos ahora los que
seguían vivos, también eran ancianos, el cura había muerto. Hoy ha llegado al
pueblo, el llamado a misa le pareció inútil al ver las calles solas sin
aquellas señoras corriendo a la iglesia con la esperanza en que sus rezos
alejaran al diablo de su pueblo.
Es verano, ya no hay
viento ni polvo, ni sotana renegada. Todo sigue ahí, solo falta el barrigón de
Gorgonio, el enamorado Jujo, el gritón de la cochona, “Las naguas”, borracho
por la calle, Felipe Nery con su bolsa de correo cargando por las calles,
Poncho Blancarte con su camara fotográfica, Raul Vega y su maletín negro de
médico, y muchos de esos hijos de este pueblo que se han ido para siempre. Hoy
mi miedo a las alturas a muerto, y no tengo razón alguna para salir huyendo.
Hoy cierro mis ojos para cerciórame que todo lo escrito no es solo una
tontería. Es cierto que necesito contar mi verdad en algún lugar antes de
morir.
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