miércoles, 23 de octubre de 2024

 

“LO QUE SIEMBRAS ES LO QUE COSECHAS”

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.

 Antes de contar las aventuras de personajes, ahora muy lejanas en el tiempo, debo advertir al lector contra algunos conceptos erróneos. Esta historia no son las aventuras de un tipo despistado y su amigo celebre. Además, esto no es una memoria ni una confesión tardía. Todo el mundo tiene una infancia. Y sólo una vez en su vida. Mi infancia no fue ni mejor ni peor que la de mis compañeros de escuela, ni mis amigos del barrio donde crecí a principios de los años 60s Por alguna razón sobreviví hasta la adultez mayor.

 Aquí es donde las cosas se complican mucho, a diferencia de la juventud. Las personas adultas mayores piensan que es la edad en la que llega el momento de cosechar, pero no para todos. Muchos sembraron, pero la cosecha se les hecho a perder por exceso de riego o falta de agua y fertilizantes. Nos dice el dicho que “Todo lo que se siembra, es lo que se cosecha” Sin embargo la mayoría tenemos que sembrar de nuevo y se debe a que la vida no, nos sonríe como deseamos, pero al final sería injusto quejarnos al ser los constructores de nuestro propio destino.

 Como todo mundo, viví todas las aventuras por mi cuenta. Antes de iniciar este escrito, me la pase varios días juzgándome en mis actos desde la misma infancia hasta que me convencí en que no todo está dicho, y por ello regrese a mis recuerdos de infancia para tratar de describir aquel niño desde la visión de este adulto. Soy de ese tipo de personas que piensa que debemos dejar vivir a los niños su infancia en la época, costumbres, y el entorno en el que pasan sus años de infancia. Es fácil decirlo, pero hacerlo es tan difícil como preservar la inocencia infantil de tu propia mente. Por tanto, hay, por así decirlo, dos autores en la narración, el infante y el viejo. Y si uno de ellos a veces camina sermoneando se debe a sus errores personales. No, es fácil separarse del niño que llevamos dentro, ni que actuemos como la gente espera de nosotros.

 No quiero justificar absolutamente nada simplemente analizar en retrospectiva. Con el correr de los años muchas de las paredes de las casas que visitaba en el pueblo se han caído, el lodo se ha desprendido, sus techos de madera han caído quedando como símbolos de su grandeza en ruinas. No ha cambiado mucho el entorno, el calor es intenso en verano, las tejas de las casas se ven color cenizo o rotas y algunas paredes que marcan el límite de los patios con la calle se derrumbaron. Por las calles sentados a la puerta de sus casas se observan ancianos, posiblemente quejándose de su vejez o de que ya no son capaces de ponerse en pie.

 Muchos de ellos que conocí de niño han desaparecido. Hay poco viento, incapaz de espantar las moscas sobre las mesas de comida. A lo lejos se escucha el replicar de una campana que llama a misa. Nadie le presta atención con entusiasmo, sino que añaden, es la hora de ir a rezar una plegaria por sus muertos. Observo que al replique de las campanas, una señora frente a mí se persigna, haciendo la señal de la santa cruz sobre su frente y pecho.

 Es el momento en que recuerdo aquellos años en que siendo un infante la gente se encargaba de meter en mi mente el miedo a un diablo que brotaba de las profundas entrañas de la tierra, y arrastraba por las calles del pueblo a las personas que se portaban mal de acuerdo a las reglas morales del poblado.  Recuerdo que, a los 8 años en edad, les tenía miedo a las alturas, y que por primera vez subí a ese campanario. Estando arriba me llegaron las ráfagas de viento con sus capas de polvo seco. Observe que un pichón en una de las vigas que sostenían a una de las campanas conforme el viento arreciaba, el pichón se tambaleaba con toda su fragilidad de recién empollado. Me parecía como si en ese instante el mismo campanario temblara, y mi cuerpo volara con el viento cayendo en los tejados vecinos.

 Era un verano, y una enorme nube de polvo recorría las calles. Tomé la cuerda atada a la campana con la que se hacía replicar, y tuve la tentación de hacerla tocar, pero el miedo me contuvo hacerlo. Cuando estas en estas alturas siendo un niño tu mente se conecta extrañamente con los espíritus, las altas montañas, el cielo, las nubes que corren. No solo es cuestión de viento, polvo, o calor, ni castigo de Dios. Solo es un día más en un amanecer de vida que nos llega con calma, sin preocupaciones en el silencio de las alturas en donde estamos parados. Enseguida el viento y polvo se amainan, pero el calor continuo sofocante. 

 Desde lo alto del campanario observas las calles solitarias, y reflexionas con una visión profética sobre la vida y la muerte. Decidí bajar lentamente las escaleras, y en ese instante inicio el retumbe de las campanas que taladraban mis oídos. Me parecía que todo el cubo de las escaleras temblaba al igual que mi ser quien se estremecía de miedo con riesgo en rodar por ellas. ¿Cómo podía aguantar tanto ruido el pichón que se encontraba en su nido en la cúpula del mayor ruido? ¿Quedaría sordo para el resto de su vida? Alrededor mio, por el cubo del campanario vi una bandada de palomas asustadas.

 Obviamente las campanas eran la voz de la religión para acudir a misa, y eran tan famosas en el pueblo como la chica loca que recorría todos los dias el pueblo a las orillas del rio, el peluquero que se embriagaba con el alcohol que derramaba sobre los cachetes de los que afeitaba, el profesor que podía contar mentalmente más rápido que sacarlo en un cuaderno, o el cura que enojado blasfemaba en contra de los que no asistían a misa. Así el niño aquel tenía miedo del campanario, pero su curiosidad un dia le gano, y el obstinado cura avivaba el miedo al diablo. El campanario sobrevivió al tiempo, mientras el niño vago por el mundo quemándose los sesos y deshilachando margaritas.

 Aprendió palabras extravagantes, estuvo en fiestas donde floto su mente en la embriaguez de la espuma de las cervezas. Un infante quien en su juventud desarrollo pretensiones, según su entendimiento. Hoy estaba viejo, estaba solo parado frente al campanario de la iglesia, ahora comprendía la insignificancia de su existencia y su destino. Sus amigos ahora los que seguían vivos, también eran ancianos, el cura había muerto. Hoy ha llegado al pueblo, el llamado a misa le pareció inútil al ver las calles solas sin aquellas señoras corriendo a la iglesia con la esperanza en que sus rezos alejaran al diablo de su pueblo.

 Es verano, ya no hay viento ni polvo, ni sotana renegada. Todo sigue ahí, solo falta el barrigón de Gorgonio, el enamorado Jujo, el gritón de la cochona, “Las naguas”, borracho por la calle, Felipe Nery con su bolsa de correo cargando por las calles, Poncho Blancarte con su camara fotográfica, Raul Vega y su maletín negro de médico, y muchos de esos hijos de este pueblo que se han ido para siempre. Hoy mi miedo a las alturas a muerto, y no tengo razón alguna para salir huyendo. Hoy cierro mis ojos para cerciórame que todo lo escrito no es solo una tontería. Es cierto que necesito contar mi verdad en algún lugar antes de morir.

No hay comentarios:

Publicar un comentario