UNA MADRE “LUCHO” Y CAMBIO UNA SECUNDARIA (Tercera parte)
LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad
Nacional Autónoma de México.
Nadie volvió a tratar mal a mis hijas, ni a otros alumnos en
la secundaria porque yo decidí lidiar con el problema de la mala práctica de
los profesores en su evaluación. Por el contrario, los profesores se volvieron más
atentos y dejaron de dar calificaciones con fines “No” educativos. No niego que
los padres a una sola voz discutimos más de una vez por las notas. Por ejemplo,
en segundo grado mi hija la más pequeña, volvió a tener problemas con la
tecnología: no estuve de acuerdo con sus dos primeras evaluaciones, ya que ella
asistía a clases en un centro de enseñanza en computación e iba en estado
avanzado, además manejaba muy bien todo tipo de programas en su tableta personal,
y de echo en la secundaria solo existía un centro de cómputo en donde
arremolinaban a 15 y hasta 20 estudiantes en una sola computadora vieja con
pésima señal y resolución.
A petición mía, nos dirigimos a la supervisión de secundarias
para que adquirieran más equipo y nuevo. La lucha se extendió por tres meses, y
al no recibir resultados favorables nos cooperamos los padres para adquirirlas.
La escuela a pesar de lo que nos cobraba por inscripción se dijo insolvente
para esta inversión en educación. Aprendimos los padres de familia a trabajar
juntos en materia de solicitudes, y el director al ver nuestra entrega y
atención enfocada en lo que sucedía con nuestros hijos en la secundaria
aprendió a trabajar con nosotros, a partir de ahí, sus respuestas fueron
claras, rápidas y directas.
Una de las madres recuerdo que se quejó porque uno de los
chicos en los descansos sacaba su teléfono y le mostraba a su hija videos
pornográficos y la insultaba. Entre todos prometimos solucionar el problema. Se
citó a sus padres, y se le recogió el teléfono que introducía a la secundaria
en su mochila. Según la normativa esto no se puede hacer, pero si, cuando daña
o, si ofende a terceros. El chico fue movido durante casi todo el ciclo escolar
por diferentes lugares en el aula, y se debía a que a todos los alumnos que
quedaban cerca suyo los molestaba.
Sus maestros no
hallaban en donde sentarlo, iba de un lugar a otro, por lo que llegó el momento
en que nos juntamos todos los padres con los maestros y la dirección de la
escuela para ver ¿Qué hacer con ese chico? Como pueden ver, la cuestión no es
nada sencilla ya que involucraba derechos humanos, daño negativo en emociones,
y además el chico se hacía pasar como víctima. Era un chico que gustaba
intimidar a las chicas, amenazaba a los chicos, los empujaba, les quitaba sus
cosas, insultaba, humillaba, grababa videos a escondidas y se los mandaba a las
chicas con cuentas falsas, incluso se llegó a meter en el chat de los padres
con una cuenta falsa. Estábamos
indignados, de repente veíamos que no solo las chiquillas eran acosadas sino
los mismos padres sin saber el origen de las molestias.
Mi enfrentamiento más
largo y difícil ocurrió con los padres del chico, debido al comportamiento inmoral
del chico. Cuando lo conocí, me di cuenta que era un chico más alto que la
mayoría de los chicos de secundaria, le gustaba maldecir, era grosero, cuando
las perfectas no lo veían golpeaba a otros chicos. En general se comportaba de
manera repugnante. De vez en cuando, los padres de familia de otros chicos y
chicas, planteaban el tema de su comportamiento en el chat, pero el asunto no
iba más allá de las conversaciones dirigidas a que acudiéramos a conversar con
el director.
Pero todo tiene su límite y mi paciencia fue rebasada cuando
al salir de la secundaria el chico espero a mi hija a la salida, y le arrojo
una nieve en la cara, enseguida la empujo, la maldijo acusándola de ser una
mitotera por compartir sus conflictos conmigo. Despues de humillar a mi hija,
al final le escupió la cara, y maltrato a sus amigas amenazándolas por si
hablaban del hecho cobarde cometido. De inmediato me preocupe para atender lo
sucedido. En el chap de padres, me di cuenta que los Padres de las otras
chiquillas tenían miedo en denunciar ante la autoridad policía, y mucho menos
levantar una denuncia ante un ministerio público, y no estaban dispuestos a
intervenir, incluso ni apoyar verbalmente una queja general debido a que se
corría el rumor que el padre del chico andaba en pésimas compañías.
Pero para mí, en ese momento solo había una salida para
evitar que esto continuara. Fueron momentos nada agradables, ni saludables. No
miento en cierto momento pensé en sacar a mi hija de esa secundaria, y
olvidarme del asunto, pero a la vez reflexioné que sería demasiada cobarde
correr y dejar a las demás chiquillas en manos de este rufián. Hable por
teléfono con la madre del chico, y ella me respondió que ella no podía hacer
nada, y que además era normal que los chicos a esa edad se comportaran de esa
forma, despues de todo se parece mucho a su padre, según recuerdo me dijo. La
escuela y los padres de familia nos juntamos de nuevo. para investigar nuestro
caso.
Como resultado, el delincuente fue puesto bajo el control de
un psicólogo quien comenzó a trabajar con él. Si, aprendí que no era importante
que el chico fuera juzgado por una autoridad policiaca, sino que su ambiente
desfavorecido era parte de la causa que rompiera con todo tipo de reglas, y que
si el chico iba a prisión juvenil terminaría siendo un matón, violador, o algo
parecido. El director de la escuela realmente deseaba que yo le pusiera fin a
esta disputa por lo que intentaba moderara mi decisión en denunciarlo. Me
prometió estar muy al pendiente, no solo de su comportamiento, sino también de
su lenguaje grosero, denigrante. Tiempo despues estando en preparatoria mi hija
un día al llegar de su escuela me dijo que ¿Recuerdas aquel chico que me
escupió en la cara a la salida de la secundaria?
Si, le conteste. Pues está gravemente herido en un hospital,
y lo agarraron con droga, creo que pasara varios años en la cárcel. Me quede un
instante pensando, que ese chico desde secundaria necesitaba apoyo, ayuda,
amor, pero sus padres simplemente lo ignoraron, ya que en aquel momento aún no
se trataba de drogas, sino de una situación que exigía atención inmediata.
Cuando acudí a la escuela, ya que me quedaba la hija más pequeña en ella, le
comenté al director sobre el caso, y me dijo que el chico en manos del
psicólogo se comportó bien por unos dias, pero luego volvió a las andadas, que
sus padres dejaron de acudir a su llamado, y que un día que fue reprendido por
un profesor y una prefecta, se marchó de la escuela para no regresar.
Finalmente dijo el director: Suspire aliviado, ahora los otros
chicos podían estudiar tranquilamente. Al evaluar esta situación hoy, entiendo
que la escuela secundaria tiene poca capacidad para resolver tal problema. Es
imposible transferir a un estudiante a otra escuela o clase sin el
consentimiento de los padres. Incluso una conversación con un inspector o
supervisor escolar, no asusta a los padres. Un director no dispone de sanciones
más graves, inclusive tiene prohibido por derechos humanos a expulsarlo.
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