COSTUMBRES
RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
Si todos
somos realmente honestos, sabremos que estamos cargados de energía negativa
hacia todo lo que se mueva. Circula en la atmosfera una gran cantidad de
negatividad acerca de las personas involucradas en cualquier proceso, situación
sin importar sexo, raza, credo, pero sería un error centrarse sólo en eso.
Después de todo lo que la sociedad es capaz de masticar sin que se quede pegado
el chicle en la boca, sino porque lo negativo siempre es más apasionante que el
positivo y no logramos armonizar el equilibrio entre uno y otro.
> Nos acostumbramos ?rápido a lo bueno y
lento a lo malo? ese ha sido el éxito de nuestra especie. Así encontramos
humanos viviendo en casas de cartón y humanos nómadas recorriendo desiertos
sobre camellos. Hay gente que por necesidad y luego por costumbre, hizo del
mejor amigo del hombre un animal para consumir carne con él proveniente de
otros animales. En este caso, como en todos, es una cuestión de costumbres. Hay
humanos que viven en selvas casi vírgenes y aún no descubren la rueda, otros
habitan fuera de nuestra órbita y flotan ingrávidos mientras averiguan más
cosas sobre el Cosmos. Para unos es costumbre verse completamente desnudos y
para los otros ya se hizo costumbre sentarse en escusados para poder hacer sus
necesidades. Hay personas que les gusta tener muchos hijos bajo la premisa
?Pocos llegan a la edad adulta o los que Dios me mande?.
Hay mujeres que se tapan con trapos gigantes y
ven al mundo desde una pequeña rendija en la venda que cubre su cara. Se
acostumbran a eso y no lo ven extraño ni siquiera desagradable. Simplemente,
nacieron de madres que ya vivieron así y se acostumbran a que las casen desde
muy chiquitas para que no haya duda de su ?pureza? al momento de tener su
primera relación sexual. Pueblos enteros crecen y prosperan alrededor de
volcanes con la amenaza constante en que el volcán se despierte y los cubra
para siempre o si acaso tengan tiempo de escapar. Se niegan abandonar esas
zonas con el argumento que perderían todo. Así, nos acostumbramos. Sin darnos
cuenta.
Muchas veces porque nacimos y crecemos en esa
realidad, muchas otras, simplemente, porque esta fabulosa capacidad de
adaptación nos toma por sorpresa y nos moldea en torno a nuestras nuevas
necesidades. Nos acostumbramos a comprar más de lo que necesitamos, porque no
sé si ese mismo producto, estará en el mostrador en unos días o tendré
suficiente dinero para adquirirlo. Nos acostumbramos a usar reloj, ?Cadenas de
oro colgadas? mismas que llaman la atención de los amigos de lo ajeno. Ya no me
sorprende ver indígenas en los semáforos, llenos de suciedad, amamantando a sus
bebes sentados entre un montón de basura que utilizan como casa.
No es nuevo, escuchar que a un amigo o familiar
lo robaron o se le metieron en la casa y los dejaron sin nada. Los autobuses
sin luces en mitad de la noche, la basura en la calle; las paredes y los
monumentos llenos de firmas ilegibles que hablan de territorialidad y de cosas
que no entendemos. Niños y perros de la calle, hambrientos, arrastrando viejas
heridas o padeciendo las nuevas; autoridades que te detienen y te piden dinero
para ?dejarlo así?; el supermercado medio vacío y con marcas extranjeras que
cuestan el doble; las medicinas no se consiguen; los muertos del fin de semana;
los abogados que defienden lo indefendible. Uno se acostumbra.
Y como individuo se va haciendo lo mejor que se
pueda. Nada tiene un impacto ni siquiera proporcional a la degradación moral
que nos ocurre en mayor o menor medida por las circunstancias en las que nos
hemos acostumbrado a vivir. Ya sabemos que poner una denuncia ambiental, poco
impacto tiene. Una por maltrato animal, es casi como perder el tiempo. -Buscar
justicia es buscar un alfiler en la arena de una playa.- Hay protestas de gente
que ya dio todos los pasos que debía dar y no encuentra forma de que se le
preste atención, sobre problemas que le afectan. Decía mi abuelo: ?todo es
igual a todo y nada es igual al todo? Cada vez nos dejen decir menos, tener
miedo en expresarlo, reverenciar al ladrón.
Hasta en la cuenta de face, tenemos que tener
cuidado de lo que se escribe o sube. El odio brota como agua represada, los
insultos, las agresiones. Pensar diferente se castiga de muchas maneras. Y eso
es lo que nos ha transformado y nos sigue transmutando cada día: El instinto de
supervivencia. Y al final del día ?antes y después?, animales de costumbre. El
caso es que, salvo las muy honrosas excepciones de estas lamentables
generalidades, la esencia básica de la desconfianza popular radica en la gran
proclividad a la mentira, la impresionante inclinación a la transa y la muy
lamentable impunidad, de quienes violan pertinazmente las más elementales
normas de convivencia, aun las convertidas en Ley.
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