DISCURSO DE
CHARLES CHAPLIN
RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
Charles Chaplin fue antes que un gran cineasta y
un espléndido comediante, una persona íntegra y coherente, un humanista, tal
vez ingenuo, pero cabal, probablemente consciente (y horrorizado), cada vez
más, del poco sentido que tenía su optimismo en el mundo contemporáneo,
mostrándose en sus películas cada vez más una cierta amargura y desesperanza.
El célebre discurso final de su película El gran dictador en 1940 es toda una
declaración de su autor al respecto, y no está de más, dada la coyuntura que
vivimos, reproducirlo a continuación:
iento! Pero yo no quiero ser emperador. Ese no
es mi oficio, sino ayudar a todos si fuera posible. Blancos o negros. Judíos o
gentiles. Tenemos que ayudarnos los unos a los otros; los seres humanos somos
así. Queremos hacer felices a los demás, no hacernos desgraciados. No queremos
odiar ni ayudar a nadie. En este mundo hay sitio para todos y la buena tierra
es rica y puede alimentar a todos los seres. El camino de la vida puede ser
libre y hermoso, pero lo hemos perdido. La codicia ha envenenado las armas, ha
levantado barreras de odio, nos ha empujado hacia las miserias y las matanzas.
Hemos progresado muy deprisa, pero nos hemos encarcelado a nosotros mismos. El
maquinismo, que crea abundancia, nos deja en la necesidad. Nuestro conocimiento
nos ha hecho cínicos. Nuestra inteligencia, duros y secos. Pensamos demasiado,
sentimos muy poco.
Más que máquinas necesitamos más humanidad. Más
que inteligencia, tener bondad y dulzura. Sin estas cualidades la vida será
violenta, se perderá todo. Los aviones y la radio nos hacen sentirnos más
cercanos. La verdadera naturaleza de estos inventos exige bondad humana, exige
la hermandad universal que nos una a todos nosotros. Ahora mismo, mi voz llega
a millones de seres en todo el mundo, millones de hombres desesperados, mujeres
y niños, víctimas de un sistema que hace torturar a los hombres y encarcelar a
gentes inocentes. A los que puedan oírme, les digo: no desesperéis. La desdicha
que padecemos no es más que la pasajera codicia y la amargura de hombres que
temen seguir el camino del progreso humano. El odio pasará y caerán los
dictadores, y el poder que se le quitó al pueblo se le reintegrará al pueblo,
y, así, mientras el Hombre exista, la libertad no perecerá.
Soldados.-No os entreguéis a eso que en realidad
os desprecian, os esclavizan, reglamentan vuestras vidas y os dicen qué tenéis
que hacer, qué decir y qué sentir. Os barren el cerebro, os ceban, os tratan como
a ganado y como carne de cañón. No os entreguéis a estos individuos inhumanos,
hombres máquina, con cerebros y corazones de máquina. Vosotros no sois ganados,
no sois máquinas, sois Hombres. Lleváis el amor de la Humanidad en vuestros
corazones, no el odio. Sólo lo que no aman odian, los que nos aman y los
inhumanos.
Soldados.-No luchéis por la esclavitud, sino por
la libertad. El capítulo 17 de San Lucas se lee: "El Reino de Dios no está
en un hombre, ni en un grupo de hombres, sino en todos los hombres..."
Vosotros los hombres tenéis el poder. El poder de crear máquinas, el poder de
crear felicidad, el poder de hacer esta vida libre y hermosa y convertirla en
una maravillosa aventura. En nombre de la democracia, utilicemos ese poder
actuando todos unidos. Luchemos por un mundo nuevo, digno y noble que garantice
a los hombres un trabajo, a la juventud un futuro y a la vejez seguridad. Pero
bajo la promesa de esas cosas, las fieras subieron al poder. Pero mintieron;
nunca han cumplido sus promesas ni nunca las cumplirán. Los dictadores son
libres sólo ellos, pero esclavizan al pueblo. Luchemos ahora para hacer
realidad lo prometido. Todos a luchar para liberar al mundo. Para derribar
barreras nacionales, para eliminar la ambición, el odio y la intolerancia.
¡Luchemos por el mundo de la razón! Un mundo donde la ciencia, el progreso, nos
conduzca a todos a la felicidad. ¡Soldados! En nombre de la democracia, debemos
unirnos todos.
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