viernes, 3 de mayo de 2024

 

EDUCACIÓN ¿MOTIVACION O SOBORNO?

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.

Pagar a los hijos por estudiar. - El último grito en materia de gestión educativa, proviene de Nueva York. Desesperado por los altísimos índices de fracaso escolar entre las minorías negras e hispana, en New York se han dejado convencer por una idea simple pero polémica: fomentar el estudio de los jóvenes a cambio de dólares contantes y sonantes... en resumidas cuentas, pagar al estudiante para que “no abandone los estudios”

Roland Fryer, un economista afro-americano de origen humilde, es el diseñador de esta teoría tan peculiar, en la que ya existe toda una relación de objetivos y recompensas: si la asistencia mensual a clase es al menos del 95% de las sesiones, pagan a 25 dólares en primaria y 50 en secundaria, mitad y mitad entre padres y alumno.

 En el caso de la selectividad, la familia recibe 50 dólares, tan solo porque el joven se presente al examen, y un soporte de 400 si aprueba y consigue graduarse. De igual forma, se pretende repartir el botín a partes iguales entre el que ha de estudiar y los que han de velar que estudie. Este programa llamado Opportunity NYC, se enlaza con proyectos de ayudas sociales similares en México.

El país azteca es pionero en la gestión de subsidios estatales en un sistema de “prestaciones condicionadas” en el que las familias más necesitadas reciben los cheques siempre que garanticen determinados requisitos, como procurar la asistencia y puntualidad de sus hijos a la escuela y que sean sometidos a las revisiones médicas y dentales necesarias. El endémico mal que aqueja a los países latinoamericanos y que es la principal causa de su decadencia, así como la peor perversión en la que un pueblo puede caer, el hecho de que en ellos no se reconoce y se valora a los mejores, mismos que emigran a países del primer mundo para trabajar en puestos para los cuales no estudiaron en su país de origen. “la nación que no reconoce y valora a sus mejores está ciega.

 No ve cómo despilfarra pródiga el talento de quienes mejor pueden guiarla en la consecución del bien común y a menudo les ahoga envidiosa cuando no directamente los aniquila. La encarnación deliberada o inconsciente de esta actitud encuentra su asiento de vez en cuando en nuestras escuelas. Los mecanismos de atención al alumnado de altas capacidades no siempre son vistos con buenos ojos e incluso son objeto de boicot allí donde prosperan los equivocados prejuicios de la uniformización. Las “Altas Capacidades” no sólo son un eufemismo del término superdotación que se aplica a porcentajes mínimos de la población escolar.

Engloban todos los perfiles de alumnado por encima de la media, analizados cuantitativa o cualitativamente y sea cual sea la ventaja, particularidad o talento especial que manifiesten.  El objetivo de la educación es ayudar a cada alumno en la consecución de su grado óptimo de desarrollo cultural y personal en función de las vocaciones y aptitudes que manifieste y a fin de que pueda prosperar en la vida adulta con plenitud.

Si eso es válido para quien queda rezagado ¿no habría de serlo también para quien va por delante? Si la respuesta es afirmativa, sorprendería la suspicacia con que son acogidas por algunos claustros las iniciativas de atención a alumnos con altas capacidades e igualmente asombraría que rechazaran o ralentizasen su puesta en práctica en nombre de no se sabe qué criterios integradores. Uno de los meritorios anhelos de nuestro sistema ha sido siempre la integración, la reunión de alumnos con diversas actitudes y aptitudes en el seno común de la escuela igualadora.

No obstante, ese mismo sistema dispone procedimientos en los que la integración es tratada con flexibilidad: los alumnos que lo precisan salen puntualmente de su grupo de referencia y reciben refuerzos por parte de profesionales cualificados. Si cumplen los requisitos para ello, incluso se agrupan en programas de diversificación o adaptación curricular en grupo que rompen sin problema el espíritu de la integración

Los alumnos sobre dotados tienen el derecho a que su diversidad sea atendida en el sistema educativo público tanto como aquellos que necesitan refuerzos compensatorios. No ha faltado presupuesto, espacios, horas y recursos materiales para la necesaria atención a la diversidad de quienes no alcanzan los objetivos dentro del currículo y/o grupo ordinario.

Por contra, ha prosperado la idea de que las necesidades de éstos son de primer orden y las de aquéllos secundarias en tanto que pueden valerse por sí mismos. Ésa teoría es errónea: el 35% de los chicos diagnosticados con Altas Capacidades sufre fracaso escolar. En la mayoría de los casos, la desmotivación que supone el currículo ordinario les lleva del hastío al abandono, ya sea por una diagnosis tardía de sus aptitudes o la atención insuficiente de sus necesidades educativas.  Con los años hemos conseguido que nadie se atreva a ver a los chicos de los programas de adaptación y diversificación como el “tonto” o el “retasado” y les hemos sacado adelante.

De igual modo y con idéntica normalidad, acabarán por asumirse los programas de Altas Capacidades en la vida del centro sin que sus alumnos sean calificados por ningún estamento de la comunidad educativa como los “listos” o los “elitistas”.  Los países latinoamericanos deben superar esta fase degradante y de choque y atender a la diversidad de nuestros alumnos sin miedos ni prejuicios. 

Dice una leyenda que al ser presentado “El rey” a Ortega y Gasset, éste preguntó intrigado qué era eso de “filósofo”. Cuando le explicaron que los filósofos son gente que se dedica a pensar, afirmó extrañado el rey: “…hay gente pa’ todo”. La diversidad de la escuela es una metáfora de la diversidad de la sociedad y la vida en las que efectivamente hay y debe haber siempre gente para todo. El programa de ayuda es benéfico para las familias con pocos recursos, forzadas a sacar a sus hijos de la escuela por la necesidad y ponerles a trabajar.

Pero lo más difícil es que en el país el 60 por ciento de los menores que laboran lo hacen en el sector de la agricultura, expuestos en muchos de los casos a temperaturas altas, así como a los agroquímicos. El gobierno expreso “se contempla formar una comisión especial con todos los organismos para que se revisen los diferentes campos agrícolas” o sea que no se va hacer absolutamente nada, cuentan con una ayuda extra que se ha probado útil en el contexto del tercer mundo. ¿Pero es aplicable este método a los países desarrollados, provistos de un Estado del Bienestar, donde las leyes garantizan la escolaridad obligatoria y gratuita; allí donde las leyes prohíben el trabajo infantil? ¿Acaso debe pagar el Estado a los buenos conductores por respetar las normas de tráfico?

La respuesta debiera ser no, pues razonablemente, nadie ha de cobrar por hacer lo que es mejor para sí. Debe uno plantearse si es realmente ético aplicar a los estudiantes una teoría económica de estímulos y rendimiento del trabajo, y si no desvirtúa los valores que el joven debe desarrollar. Debe preguntarse el legislador, el padre y el educando, si el aprendizaje es un proceso con fin en sí mismo o un medio para conseguir un fin pecuniario. ¿Cómo habrá de obtener el niño una visión amplia de su medio vital, si su esfuerzo es motivado por una recompensa económica? ¿Cómo habrá de desarrollar la inclinación por valores elevados como la curiosidad, el gusto por aprender y renovarse o la autoestima, a través de un cheque? ¿Motivación, apoyo, o soborno?, debate abierto

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