SAMURAI MEXICANO (CUENTO)
LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
RAMÓN ANTONIO
Diplomado y Maestría en
Desarrollo humano FESC. Universidad nacional Autónoma de México.
Soy culpable de haberme
hartado de ver como se degenera la institucionalidad en mi país. Culpable de
sentir indignación cuando veo esos funcionarios vanagloriarse de todos los
lujos que poseen gracias a los dineros del pueblo. Soy culpable de no
conformarme con ver a mi pueblo ahogado en impuestos y sumido en una miseria
absoluta, mientras los de arriba se preocupan por decidir en qué país europeo
sus hijos pasarán sus vacaciones.
Señor juez, sí, yo soy
culpable de haberle gritado y tirarle tomates a ese diputado, que tanto me juró
que representaría a su pueblo tan pronto consiguiera su cargo. Lo agarré y lo
obligué a ver cómo viven los ciudadanos de a pie.
Lo obligué a mirar las
afectadas infraestructuras de muchas escuelas públicas y a escuchar mi queja
acerca de que la educación pública no solo debería ser la mejor, sino, la
única, pues las instituciones educativas privadas, son un verdadero robo, con
sus altos precios y sus tácticas abusivas de cobrar unas cuotas mensuales
enormes, y cobrar inscripciones, que no solo son más del doble de caras que las
cuotas mensuales, sino, que cada año escolar, hay que volver a inscribir a los
niños, aunque sigan en el mismo colegio.
El se defendía diciendo
que la educación privada es uno opción, para los que no quieran que sus hijos
estudien en escuelas públicas. Pero seamos honestos, con un sistema educativo
tan marginado y deteriorado, con infraestructuras, en algunos casos carentes de
todo, la educación privada, más que una opción, es una necesidad para muchos
padres que quieren que sus hijos se eduquen lo mejor posible.
En este respecto, le
propongo que apoye un proyecto de ley que obligue a que todos los funcionarios
del gobierno, solo puedan inscribir a sus hijos en escuelas públicas. De esta
forma, se preocuparán porque el sistema educativo funcione a las mil
maravillas. Soy culpable porque a fuerzas lo lleve a que viera los hospitales
públicos donde se mueren pacientes por falta de recursos, aparte de que cuando
hay recursos, el paciente tiene que pagar por ellos. Sé que lo que vio debió
deprimirlo, aunque parezca ser una persona sin sentimientos, se que en el fondo
algo de humanidad le ha de quedar, pues la corrupción que carcomió su
ideología, no pudo haber arrasado con todo.
Me declaro culpable de no
confiar en su sistema de justicia, el cual obedece ciegamente a un gobernante,
y por tanto, a la oligarquía que lo sostiene.
Aunque honestamente, al diputado solo lo retuve y lo obligué a ver el
panorama del país que él debería estar representando, él optó por hacer caso
omiso de mis quejas y prefirió enjuiciarme. Usted y yo sabemos que la acusación
de secuestro no procedía, pues en ningún momento utilicé arma alguna,
simplemente lo acosé con algunas fotos y mis directos comentarios y quejas
sobre las calamidades que el pueblo padece. Pero su sistema de justicia
favorece al más poderoso, por eso, ese diputado que tanto se ha enriquecido a
costa de nuestros sufrimientos, hoy ante la sociedad es la víctima, mientras
que yo, señor juez, me declaro culpable de un secuestro que nunca ocurrió, pero
que usted asumirá porque así le ordenaron.
Me declaro culpable, pues
no pienso doblegar mi voluntad ante un estado que ha degenerado todo aquello
que lo erigía. Que no representa en nada la voluntad de su pueblo. Que solo
utiliza al pueblo cuando necesita su voto. No, señor juez, no me van a
doblegar. Prefiero que me encierren en prisión antes que humillarme frente a
esta justicia tan injusta. La corrompida balanza que siempre se inclina hacia
el lado que tiene más dinero, dictará su sentencia, mas no obrará de forma
justa. Me siento sin honor, sin la dignidad de representar la casta guerrera de
un mexicano.
Siento que he traicionado
los principios y el código de honor que me fueron heredados y los que juré
defender a costa de mi vida. Hoy no quiero seguir viviendo en la deshonra. Hoy
he recurrido al Harakiri. He tomado mi espada y me he desentrañado, con eso
espero limpiar mi honor y revalidar los valores de mi casta. Ahora puedo ir a
cualquier lugar, no me detiene ningún obstáculo. Siento que soy aire y puedo
volar literalmente donde desee. Me traslado hasta donde se encuentran aquellos
por quienes di mi vida. ¿Qué les ocurre? Todos están en la misma situación que
antes.
Nadie ha cambiado, siguen
indiferentes al mundo. Siento consternación por el hecho de que no valoraron mi
sacrificio. Entiendo que todos se han vuelto egoístas y solo piensan en ellos
mismos. Ese egoísmo los ha hecho actuar individualmente. Qué pena, olvidaron
que la fuerza está en la unión, por eso no logran sus objetivos, el hecho de
que cada uno lo intente por sí solo, les evita conseguirlo.
Ahora me siento mejor de
haber ejecutado el harakiri, pues si no era por mi propio honor, lo habría
hecho para no vivir la vergüenza de que mi casta perdiera de repente sus
principios y se dejara seducir por las promesas de riquezas individuales,
olvidando a sus hermanos, olvidando lo que juraron defender y finalmente,
olvidándose de quienes son en realidad.
Solo quisiera poder
volver y hacerles ver a mis hermanos lo equivocados que están al preocuparse
solo por ellos mismos y olvidar a sus hermanos. Nada es un logro si carece de
valor, si no tiene un significado apreciable más allá de nuestro propio
aprecio. Es hora de irme, de seguir mi camino hacia mis ancestros, donde
esperaré pacientemente al resto de los míos. Solo entonces sabré si han
cambiado de parecer, si aprendieron a preocuparse por los demás, si aprendieron
a unirse para ver qué unidos es la forma más fácil de lograr los objetivos y
que de esa manera, los objetivos se disfrutan mucho más. Hasta entonces, me
limitaré a esperar, esperar, o quizá despertar.
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