RECUERDOS QUE NOS
MARCAN EL ALMA
LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Ex Director “Escuela
Normal del Pacifico” Ex Director General “Instituto Pedagogico
Hispanoamericano”
La infancia se fue, dejando atrás momentos brillantes y
conmovedores que aprecio y llevo en mi corazón como preciosas perlas del
pasado. Los recuerdos de la infancia son tesoros invaluables que guardamos en
nuestros corazones. Estas no son sólo imágenes del pasado, sino también
lecciones y momentos importantes que nos formaron como los seres humanos que
hoy somos. Al recordar mi infancia, sonrío involuntariamente, sintiendo ese
sincero deleite y alegría que es inherente sólo a los niños. Uno de los
recuerdos más vívidos de mi infancia fue la tan esperada llegada del verano.
En nuestro pequeño pueblo el verano siempre ha sido una época
especial por su cálido sol abrazador, la llegada de las primeras lluvias, el
olor a verde por todo el campo, las hierbas secas florecen de nuevo. Los niños
jugábamos con los chorros de agua que caían de los techos de las casas al
momento de la lluvia. Por las noches los niños del barrio, nos sentábamos en
una gran piedra para contarnos nuestras historias o correr a los sapos. Durante
el día disfrutábamos del aire libre corriendo y jugando.
Fue a mi abuelo a quien comencé a escuchar sus historias. Al dar
oídos a sus historias me sentí como un viajero, inmerso en apasionantes
aventuras. Por las noches, después de juegos activos en el frío, regresábamos a
casa con las mejillas rojas y risas alegres, y mi madre nos recibía con un gran
vaso de leche caliente y una pieza de pan, y mientras cenábamos ella iba a
tender la cama con cobijas.
La infancia es todo un momento inolvidable de nuestra vida,
al que no se puede regresar, pero cuyos recuerdos siempre vivirán en lo más
profundo de nuestros corazones. Cierro los ojos y es como si estuviera
reviviendo esos momentos mágicos, olores, sonidos e incluso sensaciones
capturadas en mi memoria. Mi casa del pueblo, y la de mi abuelo que se
encontraba frente a la mía, siempre me pareció un auténtico reino de milagros.
Lo espacioso del patio donde todas las mañanas se llenaba de vacas y becerros o
el patio de mi casa lleno de gallinas era mi lugar favorito para jugar. A
menudo caminaba por los montes o iba arriando las vacas y me imaginaba como un
explorador intrépido que exploraba selvas lejanas.
Los árboles se convirtieron en sombras que ocultaban los
rayos del sol y se movían siluetas extrañas entre los matorrales como si fueran
malos espíritus que se escondían en el camino para observarme pasar. El tiempo
pareció detenerse mientras pasaba horas en este mundo imaginario, estaba
literalmente absorbido por todo este juego. Mi primer encuentro con el mar, fue
una de las impresiones más vívidas de mi infancia tomado de la mano de mi
abuelo. Aún recuerdo, aquel momento maravilloso cuando mi abuelo me llevo al
puerto como su acompañante.
Aún recuerdo las olas reventando sobre la arena, el
indescriptible olor a sal y frescura, me pareció que este lugar fue creado por
algún tipo de magia superior. Mi abuelo y yo, fuimos temprano al banco
mercantil y rural y despues de que se desocupo nos fuimos a la playa más
cercana con la intención de matar el tiempo mientras se llegaba la hora de
abordar de nuevo el autobús de regreso al pueblo. Recuerdo que el sol penetraba
el agua y el agua se veía brillante, hermosa. Deseaba bajar a la arena,
construir mis propios castillos, y con mis ojos infantiles intentar capturar
para siempre esa fugaz visita.
Mi abuelo gustaba de sentarse fuera de su casa con una taza
de café de olla muy temprano por la mañana. Fueron momentos en los que escuche
de su boca muchos acontecimientos de la vida diaria y real del pueblo y sus
personajes. Aún recuerdo su voz suave y tranquilizadora, y sus historias
cautivadoras. Me habló de su juventud, de la revolución mexicana, el cómo llego
de nuevo la paz. Sus amistades, la perdida de amigos importantes en su vida.
Todo lo fui escuchando atentamente registrando cada uno de aquellos
acontecimientos que brotaban por su boca y de su cerebro repleto de
experiencias y sabiduría
Todos se convirtieron para mí en importantes lecciones de
vida, aunque en ese momento no comprendí plenamente su significado. En diciembre
y enero, en pleno invierno en nuestro pueblo siempre ha traído consigo un
encanto especial. La brisa y vientos helados hacian que las gentes se enredarán
en una cobija para ir al mercado a tomarse una taza de pinole acompañada de un
pedazo de calabaza. Mis mejillas ardían por el frio, y por mi nariz escurría un
poco de moco, sin embargo, mis ojos brillaban de alegría al bajar al mercado
acompañando a mi padre y tomarme una taza de atole de pinole con un pedazo de
calabaza.
En esos días, el tiempo pasaba desapercibido y la aparición
del crepúsculo vespertino nos sorprendía cada vez debido a que oscurecía muy
temprano. Recuerdo cuando por primera vez leí un letrero en la calle por mi
cuenta. – Me sentía orgulloso por haber aprendido a leer. Por fin las letras
negras de mis libros escolares cobraban vida y me llevaban por el camino de la
imaginación hacia ese mundo desconocido al que llamamos literatura. Cada uno de
estos recuerdos guarda una parte de mi alma y me recuerda aquellos momentos en
los que la vida parecía una serie interminable de descubrimientos asombrosos.
En navidad los hermanos nos encargábamos en ir a buscar un
palo blanco para que mi madre lo envolviera con algodón y sirviera de árbol de
navidad. Ella cada año sacaba y colgaba las mismas bolas para decorarlo, y nos
pedía que hiciéramos una cartita a santa clos. Era muy emocionante. Estos
recuerdos de momentos de la infancia sencillos, pero tan importantes y
valiosos, llenan mi corazón de calidez y gratitud. Me recuerdan lo importante
que es conservar parte de la percepción que el niño tiene del mundo, su pureza
y sinceridad. Después de todo, es la infancia la que nos moldea y sienta las
bases del tipo de personas que seremos en el futuro.
La vida cambia, creces, y con ello trae tus
propias preocupaciones y dificultades, pero los recuerdos de la infancia
permanecen con nosotros para siempre. Estas son las pequeñas perlas de nuestro
pasado que hacen que el camino de nuestra vida sea más brillante y alegre.
Podemos aprender mucho de nosotros mismos: la alegría sincera de las cosas
simples, la capacidad de ver milagros a nuestro alrededor y una confianza
ilimitada en nosotros mismos.
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