viernes, 3 de enero de 2025

 

RECUERDOS QUE NOS MARCAN EL ALMA

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Ex Director “Escuela Normal del Pacifico” Ex Director General “Instituto Pedagogico Hispanoamericano”

 La infancia se fue, dejando atrás momentos brillantes y conmovedores que aprecio y llevo en mi corazón como preciosas perlas del pasado. Los recuerdos de la infancia son tesoros invaluables que guardamos en nuestros corazones. Estas no son sólo imágenes del pasado, sino también lecciones y momentos importantes que nos formaron como los seres humanos que hoy somos. Al recordar mi infancia, sonrío involuntariamente, sintiendo ese sincero deleite y alegría que es inherente sólo a los niños. Uno de los recuerdos más vívidos de mi infancia fue la tan esperada llegada del verano.

 En nuestro pequeño pueblo el verano siempre ha sido una época especial por su cálido sol abrazador, la llegada de las primeras lluvias, el olor a verde por todo el campo, las hierbas secas florecen de nuevo. Los niños jugábamos con los chorros de agua que caían de los techos de las casas al momento de la lluvia. Por las noches los niños del barrio, nos sentábamos en una gran piedra para contarnos nuestras historias o correr a los sapos. Durante el día disfrutábamos del aire libre corriendo y jugando.

 Fue a mi abuelo a quien comencé a escuchar sus historias. Al dar oídos a sus historias me sentí como un viajero, inmerso en apasionantes aventuras. Por las noches, después de juegos activos en el frío, regresábamos a casa con las mejillas rojas y risas alegres, y mi madre nos recibía con un gran vaso de leche caliente y una pieza de pan, y mientras cenábamos ella iba a tender la cama con cobijas.

 La infancia es todo un momento inolvidable de nuestra vida, al que no se puede regresar, pero cuyos recuerdos siempre vivirán en lo más profundo de nuestros corazones. Cierro los ojos y es como si estuviera reviviendo esos momentos mágicos, olores, sonidos e incluso sensaciones capturadas en mi memoria. Mi casa del pueblo, y la de mi abuelo que se encontraba frente a la mía, siempre me pareció un auténtico reino de milagros. Lo espacioso del patio donde todas las mañanas se llenaba de vacas y becerros o el patio de mi casa lleno de gallinas era mi lugar favorito para jugar. A menudo caminaba por los montes o iba arriando las vacas y me imaginaba como un explorador intrépido que exploraba selvas lejanas.

 Los árboles se convirtieron en sombras que ocultaban los rayos del sol y se movían siluetas extrañas entre los matorrales como si fueran malos espíritus que se escondían en el camino para observarme pasar. El tiempo pareció detenerse mientras pasaba horas en este mundo imaginario, estaba literalmente absorbido por todo este juego. Mi primer encuentro con el mar, fue una de las impresiones más vívidas de mi infancia tomado de la mano de mi abuelo. Aún recuerdo, aquel momento maravilloso cuando mi abuelo me llevo al puerto como su acompañante.

 Aún recuerdo las olas reventando sobre la arena, el indescriptible olor a sal y frescura, me pareció que este lugar fue creado por algún tipo de magia superior. Mi abuelo y yo, fuimos temprano al banco mercantil y rural y despues de que se desocupo nos fuimos a la playa más cercana con la intención de matar el tiempo mientras se llegaba la hora de abordar de nuevo el autobús de regreso al pueblo. Recuerdo que el sol penetraba el agua y el agua se veía brillante, hermosa. Deseaba bajar a la arena, construir mis propios castillos, y con mis ojos infantiles intentar capturar para siempre esa fugaz visita.

 Mi abuelo gustaba de sentarse fuera de su casa con una taza de café de olla muy temprano por la mañana. Fueron momentos en los que escuche de su boca muchos acontecimientos de la vida diaria y real del pueblo y sus personajes. Aún recuerdo su voz suave y tranquilizadora, y sus historias cautivadoras. Me habló de su juventud, de la revolución mexicana, el cómo llego de nuevo la paz. Sus amistades, la perdida de amigos importantes en su vida. Todo lo fui escuchando atentamente registrando cada uno de aquellos acontecimientos que brotaban por su boca y de su cerebro repleto de experiencias y sabiduría

 Todos se convirtieron para mí en importantes lecciones de vida, aunque en ese momento no comprendí plenamente su significado. En diciembre y enero, en pleno invierno en nuestro pueblo siempre ha traído consigo un encanto especial. La brisa y vientos helados hacian que las gentes se enredarán en una cobija para ir al mercado a tomarse una taza de pinole acompañada de un pedazo de calabaza. Mis mejillas ardían por el frio, y por mi nariz escurría un poco de moco, sin embargo, mis ojos brillaban de alegría al bajar al mercado acompañando a mi padre y tomarme una taza de atole de pinole con un pedazo de calabaza.

 En esos días, el tiempo pasaba desapercibido y la aparición del crepúsculo vespertino nos sorprendía cada vez debido a que oscurecía muy temprano. Recuerdo cuando por primera vez leí un letrero en la calle por mi cuenta. – Me sentía orgulloso por haber aprendido a leer. Por fin las letras negras de mis libros escolares cobraban vida y me llevaban por el camino de la imaginación hacia ese mundo desconocido al que llamamos literatura. Cada uno de estos recuerdos guarda una parte de mi alma y me recuerda aquellos momentos en los que la vida parecía una serie interminable de descubrimientos asombrosos.

 En navidad los hermanos nos encargábamos en ir a buscar un palo blanco para que mi madre lo envolviera con algodón y sirviera de árbol de navidad. Ella cada año sacaba y colgaba las mismas bolas para decorarlo, y nos pedía que hiciéramos una cartita a santa clos. Era muy emocionante. Estos recuerdos de momentos de la infancia sencillos, pero tan importantes y valiosos, llenan mi corazón de calidez y gratitud. Me recuerdan lo importante que es conservar parte de la percepción que el niño tiene del mundo, su pureza y sinceridad. Después de todo, es la infancia la que nos moldea y sienta las bases del tipo de personas que seremos en el futuro.

 La vida cambia, creces, y con ello trae tus propias preocupaciones y dificultades, pero los recuerdos de la infancia permanecen con nosotros para siempre. Estas son las pequeñas perlas de nuestro pasado que hacen que el camino de nuestra vida sea más brillante y alegre. Podemos aprender mucho de nosotros mismos: la alegría sincera de las cosas simples, la capacidad de ver milagros a nuestro alrededor y una confianza ilimitada en nosotros mismos.

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