Año 1975..TIEMPOS DE LUCHA ESTUDIANTIL
RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC Universidad Nacional Autónoma de México.
La sangre bullía por las venas tratando en salir del cuerpo mientras gritaba consignas en contra del gobierno, en contra de su mala conducta, rebelarnos contra la maldad del mundo. Era un estudiante rebelde y debido a las injusticias no estaba dispuesto a permanecer callado. El gobierno era hostil contra nosotros pero no queríamos la sociedad en la que estábamos viviendo.
La opresión se dejaba sentir en cada acto de gobierno, nada le era favorable al pueblo y aquel que protestaba lo mandaban capturar con el pretexto de calmar la revuelta. Las cosas tenían que cambiar a costa de lo que fuera necesario, ya no toleraríamos las falsas acusaciones que nos hacía Jacobo Zabludosqui por la televisión nacional. El pedía que nos encarcelaran difundiendo la orden que salía desde el propio presidente Luis Echeverría.
La mala política, el mal gobierno, el maltrato a los ciudadanos y a los estudiantes sin respeto a los derechos fundamentales del ser. Dos cosas enfrentábamos “Poder y abuso” Mientras la iglesia se mantenía callada. Nos rebelábamos contra las fechorías de sus funcionarios, los abusos profundamente arraigados en la institución, la mala práctica en el manejo de los recursos públicos y recibimos de ellos desprecio, rencor, calumnia, señalamientos de mala conducta social.
Para la televisión privada con dinero público éramos el enemigo número uno de la nación. Basábamos la lucha en la inferioridad social, la brecha existente expresada en un dominio cruel contra los ciudadanos.
Comprendíamos que no lograríamos el cambio pero la mente nos dictaba que estábamos del lado de la justicia y nuestro objetivo como estudiantes era servir al pueblo, reformarlo de fondo.
De hecho muchos estudiantes desaparecieron, otros se regresaron a su pueblos. Estas son lecciones que la vida nos ofrece para que apuntemos con sangre el carácter y no olvidemos de dónde venimos. En la ciudad y esa soledad recordaba el vientre de muchas madres que deseaban un mejor futuro para sus hijos, ello me rompía el corazón. Ante los golpes del gobierno borraba por completo la inocencia entre lo bueno y lo malo.
Recordar las montañas desde donde venía, los recursos con los que contaba y estar ocupado estudiando y a la vez luchando contra el responsable de la miseria nacional. En más de una ocasión solté las lágrimas de impotencia, trataba de esconderlas para que mis compañeros no las vieran como símbolo de debilidad, era un hecho la lucha me empujo de niño ingenuo a hombre en un abrir y cerrar de ojos.
Mi cielo, el campo, rió, pensamientos de libertad, así como todo lo que más quería no estaban mirando la lucha en la que andaba metido. Un pueblo de gente dulce, amable, sin comparación, con sus niños bendecidos por el flujo y sudor de sus padres para darles de comer y vestir. Gente impuesta amar, sin estrecheces y que solo desean ser respetados. Había que honrarlos con la lucha en la ciudad por ser gente digna de elogio a quien el gobierno había sacado de sus prioridades por ser pobres, vivir en el monte, muchos de ellos de padres que no sabían leer y escribir.
Era una situación muy dura cuya regla de medida solo la estirarla el gobierno a su antojo, la cárcel o muerte, pero mi amor a la patria era primero, esa amarga patria representada por los campesinos, por gente de bien que no tenía derecho a estudiar, ni recibían el respeto de sus poderosos gobernantes.
Los funcionarios del gobierno; ellos con el deseo de venganza auto elogiándose como buenas y finas personas, nosotros los estudiantes luchando en las calles por la sociedad a la que amábamos, eso nos enojaba. Nos molestaba la crueldad, el insulto a la inteligencia, el silencio del pueblo, la falta de entusiasmo para apoyarnos en su propio beneficio.
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