ENFERMO DEL ALMA
RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA
TORRÓNTEGUI
Diplomado y Maestría en
Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
No hay nada que sea capaz
de inmunizarnos contra el desengaño, el despecho, el desencanto, la frustración
o la pérdida. Desde el primer día cuando niños esperamos se nos pegue a la teta
para mamar y nos dejan llorando a la indolente indiferencia adulta nuestras
primeras lágrimas, hasta la partida definitiva de alguien que amamos, el agobio
estacional de la soledad o el repentino desvanecimiento del amor, la experiencia
del dolor y el desconcierto atraviesa inevitable todas nuestras edades.
No es el único camino que
cruzamos, afortunadamente, pero a pesar del temor o desazón que nos provoca la
posibilidad del sufrimiento, no hay prevención ni inocencia que valga contra
tan respetable e invasiva emoción. Mis lecturas con los filósofos me
explicaron, quizás algo a destiempo, que el dolor corporal cumple una función
trascendente, pues nos alerta sobre algo que no anda bien. Las enfermedades
silenciosas, en cambio, las que no dejan heridas, son las que deben temerse
más.
No sé si la tristeza cumple
ese rol con similar precisión, pues a veces su fuente no nos lleva hacia las
seguras fallas de los demás o a los errores clamorosos que solemos cometer con
entusiasmo y no siempre sin querer, sino gracias a nuestros monstruos
interiores que nos empujan en busca del placer. Y quizás allí, en esta
confusión de origen, esté la explicación de un problema aún más grande que las
noches oscuras con las que de tanto en tanto nos sorprende la vida y los sueños
nos despiertan palpitando el corazón.
Más allá de toda confusión,
el dolor nos puede enseñar a vivir bastante más que su ausencia si, en un
arrebato de serenidad, nos atrevemos a aprender de él, o simplemente lo
destruirnos a plazos si no estamos aptos para la cosecha. Se sufre por gusto
cuando se sufre sin saber por qué, cuando se elige ser víctima quizás para huir
de la propia culpa o cuando nos ahogamos en culpa para no decepcionarnos de
nadie. Aunque alguna vez lo creí, ya no creo que el dolor corrija. Lo que te
salva acaso es la lección que extraes del tropezón y no el golpe por sí mismo.
También es cierto que pensar como dios manda, es decir, liberados de odios y
prejuicios, no siempre resulta fácil a la gente. El menosprecio del otro
siempre nos hace sentir mejores.
Cuando pierdes una amistad,
un amor porque te deja, veraz que al sanar la herida ya no sabrá igual el
desengaño. Así está hecha la vida y no sabemos si habrá segundo tiempo para
nuestras gastadas almas, a efectos prácticos, es el único tiempo óptimo
disponible para ser feliz de alguna forma. La vida tiene una duración
determinada que tendrá un final inesperado en un tiempo cuyo curso es
irreversible. El pasado es una realidad fija.
Todos tenemos un pasado y
nos proporciona los posibles alcances en las decisiones que tomamos. Un pasado
que la memoria trae sin ser solicitado, que razona sin pedírselo, que nos llega
deformado al utilizar solo el criterio personal de contemplación en hechos y
bajo la influencia de intereses sentimentales.
Nostalgias Un pasado que
creemos comprender sin explicar, lejos de cierta realidad, Nos pertenece
Camínanos sin entender lo que pasa en la vida, renegando de lo que consideramos
negativo y exaltando lo positivo, los buenos y malos momentos, lo dulce y lo
amargo, los aciertos y errores. Caminamos queriendo interpretar el futuro
dejando en vivir el presente maravilloso y resbalando en lágrimas producto del
recuerdo.
La vida no solo es pasado
sino comprendiendo cada pasó, decisión que tomamos, palabras que expresamos,
sentimientos que manifestamos. La vida es presente, sin estar encadenados al
pasado como vivir viciado sin razón, sin cordura. Si recordamos que el
equilibrio entre la razón y la cordura, entre vivir y morir, pende de un hilo
bien delgado, para aquellos que pretender vivir el presente sin cerrar los
ciclos vividos en el pasado.
Poner la mirada al frente,
es sin duda, la mejor opción que la vida nos presenta, pues quién quiere vivir
en un pasado, cuando tiene la experiencia para afrontar el presente y superar
todos los obstáculos, comprendiendo cada momento o circunstancia, con tal solo,
poner en práctica todo lo aprendido. Una mirada al frente con optimismo, fe y
esperanza es la mejor manera de afrontar la vida que a cada quien le toco
vivir, siempre usando las herramientas del pasado para tener una lámpara
encendida que facilite nuestra visión en cada paso que damos.
Quizás morir no es para
tanto, no para el que se va, si acaso la vida le anticipa el tiempo y le
concede serenidad para aceptarla como inevitable, pero casi siempre sí es para
los que se quedan. La partida de un ser querido nos lega prolongadas
meditaciones, noches tristes en insomnio, hasta el día que admites que es
imposible que vuelva y lloras esa lejanía en lo más interno del ser. Cuando
tomamos y recordamos la muerte- Lloramos
sacamos del ronco pecho el miedo a morir. Triste despedida con la esperanza en
que la muerte se olvide de nosotros. Una forma de partir sin
irse reflexionando.
Cada uno da lo que recibe y
luego recibe lo que da, pues nada se pierde y todo se transforma. Otros
escribimos, entre varias otras razones, para continuar existiendo una vez
muerto, como una voz que alguien haría el esfuerzo de escuchar.
Olvidamos que los libros tarde que temprano se lo comerán los jejenes. Pero hay
también personas que se convierten sin aspavientos en abrazos comprensivos, en
sonrisas sanadoras, en cartas entrañables, en buen humor frente a la adversidad
o en tantos gestos de pequeños desprendimientos que su solo recuerdo nos ayuda
a compensar la pequeñez, la mezquindad y la hipocresía que todavía es
privilegio del mundo de los vivos. Creo firmemente en esto y sin embargo la
muerte se sigue riendo al tomarse la licencia de llevarse a personas que apenas
empiezan a vivir, quienes están aún en la edad de la promesa.
Habrá que encontrar una o
varias maneras de engañarla para no darle gusto. Ya sé que también vendrá por
mí, pero hoy no la quiero cerca de la gente que más amo. Puedo reconocerle como
un destino, pero hoy quiero creer que la muerte es más bien un accidente. En lo
personal, prefiero ayudar que ser ayudado, aunque me queje en alguna
circunstancia. Prefiero hacerlo porque de esta manera contribuyo no solo a la
superación de los problemas de los demás, sino que subo un peldaño en el
escalón de la vida.
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