HISTORIA EN SAN IGNACIO, SINALOA
RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
Era la despedida de mi madre cuando tome el autobús a la ciudad de México a estudiar.- Que dios te bendiga hijo, estudia mucho para que seas un ejemplo para familia, espero te adaptes pronto y te mantengas en sano juicio, siendo justo en tus decisiones. Me bendijo con su mano y subí para tomar un asiento. Poco cuento esta historia, siempre parto desde mi pequeño pueblo, de sus gentes hermosas con vida sencilla y gran esfuerzo para vivir.
No es fácil salir del pueblo para encaminarte a esa gran ciudad que se come a todas las personas opero tampoco es sano quedarte arriba del tejado observando el correr de los años y las oportunidades perdidas por falta de entrega. Te vas o te quedas, así es reto del nuevo hogar y para ello se requiere mantenerse equilibrado, sin traicionar la palabra empeñada de que vas a estudiar por varios años. En el pueblo todos saben quién eres y a lo que vas, así que esperan lo hagas.
Considero me tocó vivir en un momento privilegiado, único en la historia del pueblo, en donde la iglesia y el padre Valencia hacían que las familias se mantuvieran unidas y en el respeto de sus tradiciones, de cada familia dependía si se unían. Pertenezco a esa generación privilegiada de graduados profesionistas que salieron a estudiar después de terminar el sexto grado de primaria. Mi vida no es tan diferentes a la vida de muchos de ellos que como yo, abandonaron el pueblo y continuaron creciendo entre idas y vueltas en vacaciones para ver a mama y papa, amigos, a todo eso que amábamos y que llamamos familia.
En casa comíamos las tres comidas, y durante la tarde o el día buscábamos momentos felices mediante actividades recreativas ya fuera en el barrio, los patios de la escuela amarilla, por el rio o los arroyos. Todos los barrios conocían de ¿Quién? éramos hijos, nuestros gritos y juegos.
Todas las familias estaban involucradas para comentar lo que sus hijos andaban haciendo y si de un baile se trataba, todas platicaban y observaban a la muchacha que sacaras a bailar. Era una tradición familiar que la madre acompañara a las muchachas al baile y mediante su experiencia le indicara con quien no bailara o se entretuviera platicando entre pieza y pieza ¿Cómo? olvidar), si ese era nuestro vivir.
La familia era como un embudo familiar, es decir debía casarse la primera para que siguiera la segunda cuando alcanzaban la edad del matrimonio por lo que la segunda se apuraba a conseguirle novio a la primera y no quedarse esperando mientras los años corrían. Los niños conservábamos en el cuarto una alcancía a la que llamábamos cochinito escondido en un rincón y ahí guardábamos las monedas, por otro lado los juguetes (Carros de madera, bate de guácima, pelotas forradas con cera de abeja etc.)
Antes de dormir nos empinábamos una botella de leche con una arepa o galletas de animalitos. Contábamos con profesores que sabían mucho de la vida, su vida familiar estaba en equilibrio, no se escuchaban rumores de amasiatos o malos pasos en los varones, y las profesoras eran ejemplo en buenos modales, gustaban en ir al templo para dar testimonio de su fe católica. El cura nos evangelizaba con frases como que debíamos tratar el cuerpo como templo, ser dedicados al estudio, la calidad humana.
El templo se convertía los domingos en el lugar más atractivo para asistir a mirar las chicas, siempre llegaban atractivas, recién bañadas, con su mantellina en la cabeza. Los jóvenes nos parábamos a la entrada para observarlas cuando llegaba una a una del brazo de su madre o las amigas. Los jóvenes éramos ordenados, cumplíamos las normas establecidas en la población. A veces sentíamos que no éramos aceptados por los altos estándares que los padres ponían a las chicas para escoger con quien platicar y que nosotros simplemente los aceptábamos apegándonos a ellos.
Era una plática saludable, que ni siquiera se podría llamar de novios, eso beneficio nuestro crecimiento sano tanto para ellas como para nosotros, en un estilo de vida envidiable. Al paso de los años y voltear atrás llego a la conclusión que vivimos una ida adecuada, admirábamos y respetábamos las sanas costumbres, teníamos creencias religiosas arraigadas y hasta la tienda de la esquina nos fiaba.
Las reuniones de jóvenes siempre contaban con una guitarra, se cantaba y nadie se sentía incómodo por ser desentonado. Tomábamos agua de limón, horchata pero al paso del tiempo comenzaron a gustarnos otras bebidas que mareaban y no contenía refresco (Cerveza) Mayor risa no se podía soltar que llegaras a la cantina de Amado Loaiza y pidieras un vaso de leche.
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