SOCIEDAD DE LA SOBRE PROTECCIÓN DE LOS NIÑOS
RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
Diplomado y Maestría en Desarrollo Humano FESC- Universidad Nacional Autónoma de México.
En algunas familias el niño ha tomado un lugar que no es el suyo. Antes los padres eran el elemento central, ahora el pequeño es un niño-rey, tan precioso que es impensable dejarlo correr riesgos por mínimos que estos sean. Algunas parejas también quieren controlarlo todo y no le permiten el derecho a cometer errores. Tampoco se debe negar la influencia de la sociedad. La preocupación por el desempleo, el futuro en general o la angustia palpable tras los robos, violaciones, y asesinatos de niños, también pueden jugar un papel. Queremos proteger a nuestros hijos de todos los riesgos.
Pero esta actitud es contraproducente, porque el niño no aprende a afrontar las dificultades, tanto las de hoy como las de mañana. La presión social es innegablemente muy fuerte, los padres temen ser juzgados todo el tiempo y carecen de confianza en sí mismos. Es así como algunos prefieren no llevar a su pequeño a la tienda por temor a que llore o se enoje. Esta necesidad de perfección también lleva a algunos al agotamiento de los padres, porque a pesar de todos sus esfuerzos, inevitablemente son derrotados.
Numerosos estudios han demostrado que el cerebro de un niño que toma riesgos se desarrolla mejor y será más capaz de manejar futuras situaciones estresantes. En Estados Unidos, por ejemplo, quitan los columpios de los parques infantiles para evitar caídas. ¡Pero es cayendo como aprenden sobre la vida! A medida que crecen, descubren el mundo y ganan confianza en sí mismos. Si evitamos correr cualquier riesgo, el niño no podrá hacer frente a este tipo de situaciones como adolescente o adulto.
Son este tipo de padres los que a menudo asisten a la escuela de su hijo y exigen mayor vigilancia en el recreo porque es inaceptable que su hijo se caiga y se raspe la rodilla. Algunos van más lejos exigiendo se instalen cámaras para asegurarse lo que cada niño hace en su recreo. Los hijos actualmente son más abiertos y desarrollan una forma de inteligencia extraordinaria, también tenemos padres que los desafían, los empujan al extremo a hacer cosas que realmente no son capaces de hacer. Así es como no se construyen a sí mismos, y les falta confianza en sí mismos.
Cuando son pequeños, hay que dejarlos jugar libremente, sin instrucción, simplemente con materiales de libre acceso, lápices, hojas u otros, para que la imaginación se haga cargo. Cuando la escuela organiza clases de descubrimiento, los padres tienen que dejarlos ir, aunque les rompa el alma el verlos llorando para no ser dejados en la escuela por primera vez. Debemos recordar que aprendemos nuestro trabajo como padres y que toma tiempo.
El desafío es ante todo dejar la autonomía al niño de manera progresiva. No se trata de negar los peligros, obviamente es necesario adaptarse a su entorno de vida. Si él quiere tomar una barra de pan solo y estamos ansiosos, empecemos por acompañarlo y dejemos que lo haga bajo nuestra supervisión. Luego déjalo ir con su hermano o hermana, enseguida con amigos, finalmente solo. Son los padres quienes lo enseñaran a cruzar la calle haciéndole saber que no debe cruzar cuando el semáforo está en verde o en rojo, aunque no venga auto.
El espacio del niño en libertad está drásticamente restringido. Las inquietudes de los padres son cada vez más importantes y los pequeños casi siempre están bajo la supervisión de un adulto. A los niños ya no se les deja hacer nada. Los adultos organizan constantemente su tiempo para ellos. Cuando están aburridos, dan vueltas frente a las pantallas la tableta, computadora, o, del televisor en el hogar.
Para algunos padres, es impensable imaginar a su hijo deslizándose por un tobogán y que caigan boca abajo en una alberca con agua, o que sea empujado en el patio de la escuela, andando en una bicicleta solo. Para ellos existe peligro en todo, y para evitarlo, se anticipan, vigilan, sobreprotegen, vigilan, aunque eso signifique reducir considerablemente la libertad. Sólo la autonomía y la asunción de riesgos son estrictamente esenciales para el buen desarrollo del niño.
El comportamiento de los padres en sobre protección, puede crear niños que llegaran adultos pegados a sus padres, totalmente desprevenidos para la vida e incapaces de correr riesgos. Es seguro que un hijo de padres sobreprotectores mentirá aún más que los normales. Tampoco debemos olvidar que educamos siendo modelo. Si estamos constantemente ansiosos, ellos también lo estarán.
Para con el hijo hay que ser benévolos en lugar de sobreprotectores, le ofrecemos al niño una seguridad emocional que le permitirá luego tomar riesgos medidos. Si uno siempre está detrás de ellos, construyen una idea falsa de sí mismos, de la vida. Y cuanto más dura será la caída. Cuando los padres se posicionan como observadores de los peligros físicos y psicológicos, el niño puede desarrollarse. Es probando cosas, haciendo funcionar su imaginación y arriesgándose, que crea su propia identidad. La vigilancia de los padres no es una supervisión como si el niño estuviera en una prisión. Muchos niños se quejan de que sus padres no los escuchan. Dicen "cuando les hablo de mis amigos, me preguntan por mis calificaciones. Ya no juegan solos los niños, ni van a la escuela solos.
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