JOHN DEWEY Y
LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS (PARTE TRES)
RAMÓN ANTONIO
LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
Diplomado y
Maestría en Desarrollo Humano FESC-Universidad Nacional Autónoma de México
Él decía que
en la escuela se debe ayudar a los alumnos a clasificar los problemas de la
sociedad para que la entiendan mejor, y seleccionan lo conveniente (Lo malo y
lo bueno). La escuela debe ser capaz de ofrecer al alumno que vaya más allá de
su institución, limitaciones tanto de la escuela como del hogar y entorno, en
cuanto a conocimiento y oportunidades.
Los contextos
en donde se vive limitan y se adquieren patrones de comportamiento a lo que el
estudiante se adapta y los reproduce. Por ello la institución educativa se hace
presente para que esos patrones nos e reproduzcan en exceso y limiten el
desarrollo del estudiante (La escuela tiene la tarea de ser un lugar donde la
integración sea posible).
Es la escuela
y sus maestros los encargados en dirigir los impulsos naturales de los humanos
en crecimiento, para que encajen en los contextos sociales, es la esencia del
control social. Lograr una sociedad en donde se promueva y participen todos en
igualdad de condiciones. Para que tales sociedades sean posibles, se necesita
una educación que promueva los comportamientos y actitudes que nos hacen
preocuparnos por las relaciones sociales y la capacidad de desarrollo social
sin que esto conduzca al caos. Dewey, nos dice que debemos estar alerta para
que los conflictos fuera de la escuela no se interpongan tanto en el camino del
maestro como del estudiante.
La escuela y
el maestro tienen la responsabilidad final de no sólo aceptar los valores del
hogar, sino limpiarlos y ofrecer otras mejores perspectivas. La escuela debe
ser capaz de satisfacer los intereses del estudiante y la sociedad, en esa
función de reconstrucción de valores, desarrollo y garantía de que en el futuro
prevalecerán y en este proceso el maestro tiene un papel central en la
sociedad.
La familia
debe entrar en apoyar las áreas de problema respetando el derecho que les
asiste como padres a sus propias ideas sobre la educación y una buena vida, y
esos padres prestar atención para que no se la desconexión entre padres y
maestro por un control mal enfocado, por lo que el maestro debe ser asesor no
represor sino un recurso útil en medio del conflicto.
Dewey
reflexiona en que es la voluntad interior de cada estudiante la que lo empuja
tanto en lo bueno como en lo malo y esas corrientes en su mayoría le llegan
desde la sociedad, las que contribuyen en su desarrollo. Sí, no son buenas o no
tan buenas, es la escuela y el hogar las que al final apelaran para que la
personalidad no se desvié, por lo tanto, esa voluntad se ve convertida en la
expresión objetiva del estudiante, el maestro y los padres.
Una vez que
el punto discutible se controla regresa la armonía y la interacción conectada.
Las autoridades educativas por comodidad lo pueden valorar como algo natural e
inevitable y se lo atribuyen a la edad. Podemos observar que la autoridad solo
expresa sus deseos e ideas comunes.
La escuela
debe ser como una gran familia con su propia autoridad, pero no están aislados,
sino que cada niño, está relacionado con otro y hacen grupos para convertirse
en grados y escuela, es lo mismo de la escuela, las pequeñas están unidas y se
van interconectado para hacer un gran número de ellas para convertirse en
sector y unidos los sectores en la gran institución responsable de la educación
en donde van incluidos todas las personas que están involucradas.
Por ello un
niño, un maestro, los padres de familia nunca pueden ser visto como algo
aislado, sino que es parte de un contexto más amplio y, por lo tanto, está
sujeto a las normas, reglas, leyes, autoridades, en donde ese todo debe estar
en armonía. Los derechos de cada uno de ese conglomerado deben ser vistos como
la parte que se encarga de ofrecerle la satisfacción a cada uno y el alcance de
sus metas propuestas.
Para vivir en
plena armonía en la sociedad se declara que la familia, la escuela, la iglesia
local y el estado son instituciones que deben armonizarse entre sí, y a través
de cuyos derechos el niño puede crecer en libertad humana. Ninguna institución,
y en consecuencia ningún humano, existe únicamente por sí mismo, sino que
inevitablemente existe como parte de algo más grande. Todos conviven participan
para el bien común y con ello construyen el bien público.
La escuela,
el hogar, la autoridad y los individuos son la parte normativa de los valores
que se juegan en lo cotidiano y le llaman tradicionales. En ello se conjugan
las voluntades, habilidades e intereses colectivos y comunes de la localidad,
para ser el reflejo de la una organización humana muy superior que es la
humanidad.
Es lo común
lo que la construye, es la base de la sociedad y sus valores, pero la moral no
es de valor universal sino de principios normativos en los conglomerados
humanos. En unas regiones responde de un modo y en otra también, por eso no
alcanza la universalidad en lo moral y en lo ético.
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