jueves, 15 de junio de 2023

 

VICTIMAS Y VICTIMARIOS

RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI

 


Las personas que se comportan como víctimas habituales adoptan un papel o un rol que es todo un montaje de actuación para mostrarse desvalidas, atropelladas por otros, abandonadas a su cruel destino. A cambio esperan recibir atenciones, compasión y solidaridad en los juicios que han establecido contra aquellos a quienes acusan. Ellas deben ganar en este juego y otros deben perder y ser culpados. Estas víctimas psicológicas tuercen la realidad hacia un extremo de la vida donde tienden a apropiarse de las situaciones experimentadas parcialmente en sus relaciones o adaptadas a su propósito de indefensión aumentándolas exageradamente o interpretándolas como dirigidas contra ellas por otros.

Es común en la convivencia humana que cometamos equivocaciones o que afectemos negativamente a otros en nuestras interrelaciones ya sea por nuestra ignorancia, nuestras limitaciones y quizá por nuestro egoísmo inconsciente o nuestra irre-flexividad frente a las necesidades del momento o a las expectativas de quienes están cerca de nosotros. Todos cometemos errores, algunos imperceptibles y otros enormes; a veces aprendemos de estos, lo que nos fortalece y nos permite enriquecer la existencia.

He descubierto como una constante con mis amigos que la mayoría de los comportamientos o acciones que ellos perciben como dirigidos a causarles daño no tenían ese propósito de parte de quien acusan como victimario o como culpable. He logrado dialogar con las partes involucradas y he encontrado que sus actos correspondieron a manifestaciones inevitables establecidas por las condiciones de sus personalidades y por las condiciones del momento.

La vida pocas veces se acomoda estrictamente a nuestros deseos, ideales, esperanzas o exigencias, por lo que atribuir a otros culpas de lo que nos pasa o repetir que provienen de un azar desventurado parece un poco arbitrario y selectivo. Probablemente las personas que las víctimas identifican y rotulan como victimarios tienen también extraordinarias cualidades y logros, no solo respecto a ellas sino también como atributos constantes en su historia personal y sea la causa primaria de la agresión o descalificación.

Las víctimas prefieren enfocarse en sus rasgos negativos, en sus defectos, o en sus flaquezas para conformar ante sus allegados una imagen propia de martirizadas y ultrajadas mientras los supuestos victimarios asumen la de insensibles e injustos. Lo incómodo de este drama es que va adquiriendo dimensiones desproporcionadas. Las personas que lo ejecutan escogen el lado oscuro de su emotividad, de su personalidad y también de la de otros, y se refugian en un sentimentalismo vano y acusador, parecen decir a quienes las desaíran “ya que no haces lo que exijo de ti o no piensan al igual que yo, me vengaré haciéndote quedar mal con todo el que quiera oírme”

Ese supuesto sentimentalismo que expresan no es más que sensiblería o sentimentalismo retorcido, una distorsión de los eventos atravesados para utilizarlos a su amañamiento y sin contemplar los perjuicios que causan, algo tan incontenible como que alguien tire una colilla de cigarrillo prendida en un depósito de gasolina, y que para colmo se quede allí esperando a ver qué pasará.

Todos podemos ocasionalmente sentirnos víctimas de algo o alguien, como un hecho aislado, no acumulativo, lo que siempre es una interpretación. Lo normal es que superemos esa dolorosa percepción y que sigamos viendo la bondad de la existencia y que si uno habla mal, habrá otros que hagan lo contrario. Las personas que se enrolan como víctimas suelen ser rápidas y poco prudentes en sus juicios contra otros a quienes rechazan “Tiran a destrozar honras”. Por lo común, no corrigen sus desaciertos ni reparan las injusticias que cometen, atascando de odio sus sentimientos.

Algunas personas pueden representar un “montón de imperfecciones y fallas” así suelen describirlas quienes se proclaman como sus víctimas, y la relación con ellas puede ser altamente confusa y violenta para quienes las estigmatizan o definen así, lo que hace imposible que las partes involucradas interactúen en armonía por el acoso constante al que son sometidas. Si efectivamente predomina la expresión negativa, destructiva, opresora ejercida por uno de los implicados y no por el otro “ Seres antisociales” los cuales se refugian en sus lamentos y en las intrigas que buscan la compasión y la complicidad encubridora de quienes les rodean. Si no logran estos cambios, la relación se tornará cada vez más tormentosa y deberá ser disuelta.

Las víctimas habitualmente rompen las relaciones sin establecer las modificaciones necesarias y sin comprender que sus propias acciones fueron inadecuadas y que contribuyeron a crear las crisis que han percibido como exclusivas de los demás: ellas hacen un juicio oportunista que las releva de responsabilidad y las hace aparecer como inocentes a los ojos de quienes han atendido ingenuamente sus quejas como algo real. Si inician nuevas relaciones, sus rasgos seguirán presentes y volverán a armar la misma trama; se involucrarán en un drama igualmente desolador, y muy fructífero para producir confusión, malestar, es algo así como que se convierten en un imán que atrae tanto dificultades como personalidades inmaduras con las que fácilmente recrean sus tragedias.

Es fácil identificar a las víctimas “no son felices” “Algo las delata siempre cuando hablan” Son adictas a las quejas. Son disociadoras y llevan su malestar a los ambientes en que se desenvuelven “Iodex porque desbarata bolitas”. Escogen a un personaje y se ensañan contra él.

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