FANTASMAS EN
SAN IGNACIO, SINALOA
RAMON ANTONIO
LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
Casi todos
los pueblos con caserones antiguos cuentan con un lugar “encantado” como la
casa de tres pisos que se encuentra frente a la plazuela en el municipio de San
Ignacio y el cerro de la capilla frente al pueblo. Esta circunstancia demuestra
que, muy probablemente, no hay casas encantadas, y que es la mente de las
personas que creen en casas encantadas lo que realmente está encantado. Con
este trabalenguas quiero decir que, si realmente el número de casas encantadas
fuese el que nos venden los parapsicólogos, hace ya siglos que los científicos
habrían demostrado que tal encantamiento es cierto, y se habría producido el
descubrimiento más importante de la historia de la ciencia: la existencia real
de un más allá del que proceden esas almas desencarnadas.
Por lo visto,
los fantasmas tienen querencia por los inmuebles vetustos con suelos de madera
y con multitud de corrientes de aire. Np asusta cuando de leyendas se trata y
se asegura que hay espíritus morando el lugar. Seguramente la cultura popular
de las películas de terror tiene bastante que ver con estas experiencias: la
gente ya sabe las cosas que los espíritus se dedican a hacer y saben cómo se
comportan. Al final, de una forma u otra, el testigo de lo “insólito” repite
como un loro lo que le han contado, lo que ha escuchado en un programa de radio
o visto en una reconstrucción en forma de teatrillo barato de un programa
televisivo nocturno y dominical.
Uno de estos
lugares encantados, popular por la publicidad gratuita que los moradores
autóctonos le han hecho en lo que va de siglo, es el cerro del diablo y la casa
de tres pisos. La leyenda cuenta que un señor de apellido Escobosa, siglos
atrás se vio tentado a pedirle dinero al diablo y salió por la noche al cerro
de la mesa para invocarlo y que a cambio de ello, el diablo se llevaría a toda
sus generaciones hasta el cerro conocido como del diablo. Ahí, se construyo una
capilla mortuoria con la esperanza de que el diablo no se presentara por
ninguno de ellos. El rumor se ha convertido en una parte pintoresca de quienes
visitan el pueblo.
Es una
historia sencilla, típica y fácilmente explotable por los que adornan la
realidad hasta convertirla en un producto comercial apto para el eterno
reciclado de los media de ramo paranormal, que cada vez consiste más en una
crónica de sucesos truculentos para impactar a quienes se aburren con la
cultura. Y el hecho de que desde el propio ciudadano común determina la
existencia de esta historia que encaja con su existencia que aunque es en
sentido negativo, es para los que la aceptan una invitación al miedo aceptado
puerilmente que en todo este cuento hay visos de realidad inexistente.
¿Pero acaso
los lugares encantados son propiedad de quienes venden rumores y creencias
supersticiosas como si fueran los principales problemas que interesan a la
ciencia contemporánea?; no, así que cualquier persona con un poco de sentido
crítico y curiosidad puede acercarse y hacer algunas preguntas y comprobaciones
tendentes a dar una visión distinta de la que imprimen las revistas mensuales a
todo color. Se trata de comprobar qué hay de cierto en los relatos que nos
transmite ese ciudadano anómalo que es el “Difundidor del misterio”.
Hace unos
años atrás, fui a ver qué había por allí, a comprobar qué ocurría. Quería
averiguar si lo que me habían contado los locales era cierto o era un cuento
chino. Subí al cerro y solo encontré unas cuantas tumbas saqueadas. La noche
siguiente entre a territorio de la casa de tres pisos para sentir de cerca su
misterio y procurando aguantar la risa para que nuestros pelos del cuello se
pudieran erizar convenientemente. Aquí está la crónica, amigos del misterio, de
lo que pude experimentar aquella noche.
Aquello era
acojonante; era acojonante que un periódico publicase semejante estupidez y no
le pegase un tirón de orejas (con retorcimiento del lóbulo) a su autor, por
tomarle el pelo al lector de manera tan ridícula y basta.
Nada más
entrar nos recibió el profesor Manolo Bastidas Peña, que no tenía aspecto
extraño, ni mirada aviesa, si sonrisa sospechosa, ni su sombra se movía por
voluntad propia; era una persona normal, una persona que vivía a un lado de la
casa de tres pisos y cuando le pregunte sobre la casa y sus fantasmas me dijo
que: jamás había sentido nada extraño en el lugar, ni visto fantasma o cosa
rara alguna aunque conocía la leyenda que acompaña al lugar.
En seguida
llego el profesor Juan Blancarte Salcido, y éste sí había sentido cierta
“incomodidad” en el patio que hay a la entrada de la casa, como una especie de
malestar o sospecha. Es un ejemplo típico de cómo interpretan las personas
determinados momentos del día –mejor de la noche- en lugares que la rumorología
paranormal etiqueta de encantados.
A
continuación inspeccionamos todo la casa. Las maderas crujían, las corrientes
de aire se dejaban notar en muchos rincones de la casa, los estores de las
ventanas golpeaban las paredes al compás de las rachas de viento que se colaban
por las rendijas, y muchas voces llegaban a nuestros oídos, voces de la gente
que pasaba por la calle, claro, amortiguadas por los gruesos muros del
inmueble.
No es de
extrañar que algunos “testigos de los insólito” hayan interpretado estos
detalles como pruebas de extrañas presencias.
Como ya había
visitado en otras ocasiones la casa de tres pisos intente amedrentar a otros
compañeros de la infancia sobre la posible percepción que de ella tienen y
comprobé que es inútil convencer a los moradores del pueblo de que en esa casa
pasan cosas extrañas.
Las personas
admiten que suceden cosas extrañas, raras, sensitivas y hasta un dolor de
estomago produce, se dice que han visto presencias femeninas envueltas en una
sábana blanca. Aclaro que no era mi intención convertirme en caza fantasmas,
sino más bien inspeccionar el rincón aquel, pero creo que al final no logre el
objetivo que me aportara una sola prueba válida de que existe un más allá
dentro de la misma.
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