LIBERALISMO EN MEXICO Y LAS TENTACIONES
LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO
Diplomado y Maestría en desarrollo Humano FESC- Universidad
Nacional Autónoma de México.
Lo que el humano teme por encima de todo no es la muerte y el
sufrimiento, en los que tantas veces se refugia, sino la angustia que genera la
necesidad de ponerse en cuestión, de combinar el entusiasmo y la crítica, el
amor y el respeto. Puede decirse que nuestro problema no consiste solamente ni
principalmente en que no seamos capaces de conquistar lo que nos proponemos,
sino en aquello que nos planteamos; y que nuestra desgracia no está tanto en la
frustración de nuestros deseos, como en la forma misma de desear. Deseamos mal.
En lugar de desear una relación humana inquietante, compleja y perdible, que
estimule nuestra capacidad de voluntad para luchar y nos obligue a cambiar,
deseamos un idilio sin sombras y sin peligros “Comodidad” acomodarnos con el
causante, un nido de amor, y, por lo tanto, en última instancia un retorno al
huevo.
En lugar de desear una sociedad en la que sea realizable y
necesario trabajar arduamente para hacer efectivas nuestras posibilidades,
deseamos un mundo de satisfacción, una monstruosa abundancia pasivamente
recibida comprometiendo lel honor y la dignidad. En lugar de desear una
filosofía existencial llena de incógnitas y preguntas, queremos poseer una
doctrina global, capaz de dar cuenta de todo, revelada por espíritus que nunca
han existido o por caudillos que desgraciadamente sí han existido y son los responsables
de las desgracias sociales.
Adán y sobre todo Eva, tienen el mérito original de habernos
liberado del paraíso, fue el principio de la libertad; nuestro pecado es que
anhelamos regresar a él. Son muy conocidos en la historia, desde la antigüedad
hasta hoy, los horrores a los que pueden y suelen entregarse los lideres con la
mira puesta en logar sus intereses, y provistos de una verdad y de una meta
absolutas “Un tonto con inicitiva es destructor, un frustrado en su niñez, es
insasiable”.
El estudio de la vida social y personal nos enseña cuán
próximos se encuentran una de otro, la idealización y el sobresalto. La
idealización del fin, de la meta y el terror de los medios que procuran su
conquista. Quienes de esta manera tratan de someter la realidad al ideal,
entran inevitablemente en una concepción paranoide de la verdad; en un sistema
de pensamiento tal, que los que se atrevieran a objetar algo quedan
inmediatamente sometidos a la interpretación totalitaria: sus argumentos no son
argumentos, sino solamente síntomas de una naturaleza dañada, o bien máscaras
de malignos propósitos.
En lugar de discutir un razonamiento, se le reduce a un
juicio de pertenencia al otro - y el otro es, en este sistema, sinónimo de
enemigo - o se da un juicio de intenciones. Y este sistema se desarrolla
peligrosamente hasta el punto en que ya no solamente rechaza toda oposición,
sino también toda diferencia: el que no está conmigo está contra mí, y el que
no está conmigo, es mi enemigo. Así como hay, según Kant, un verdadero abismo
de la Razón, que consiste en la petición de un fundamento último e
incondicionado de todas las cosas, así también hay un verdadero abismo de la
acción, que consiste en la exigencia de una entrega total a “la causa de sus
intereses personales” absoluta y concibe toda duda y toda crítica como traición
o como agresión.
Ahora sabemos que este abismo de la acción, con sus guerras
santas y sus orgías de fraternidad, no es una característica exclusiva de
ciertas épocas del pasado o de civilizaciones atrasadas en el desarrollo
científico y técnico; que puede funcionar muy bien y desplegar todos sus
efectos sin abolir una gran capacidad de inventiva y una eficacia macabra.
Sabemos que ningún origen existencial elevado o supuestamente divino, inmuniza
a una doctrina contra el riesgo de caer en la interpretación propia de la
lógica paranoide que afirma un discurso particular - todos lo son - como la designación misma de la realidad y
los otros como ceguera o mentira.
El atractivo que poseen las formaciones colectivas que se
embriagan con la promesa de una comunidad humana no problemática, basada en una
palabra infalible, consiste en que suprimen la indecisión y la duda, la
necesidad de pensar por sí mismo, otorgan a sus lideress una identidad exaltada
por participación, separan un interior bueno - el grupo - y un exterior amenazador. Así como se ahorra
sin duda la angustia, se distribuye mágicamente la ambivalencia en un amor por
lo propio y en un odio por lo extraño y se produce la más grande simplificación
de la vida, la más espantosa facilidad. Y cuando digo aquí facilidad, no ignoro
ni olvido que precisamente este tipo de formaciones colectivas, se caracterizan
por una inaudita capacidad de entrega y sacrificios; que sus miembros aceptan y
desean el heroísmo.
Un síntoma inequívoco de la dominación de las ideologías
proféticas y de los grupos que las generan o que someten a su lógica doctrinas
que les fueron extrañas en su origen, es el descrédito en que cae el concepto
de respeto. No se quiere saber nada del respeto, ni de la reciprocidad, ni de
la vigencia de normas universales. Estos valores aparecen más bien como males
menores propios de un resignado escepticismo, como signos de que se ha abdicado
las más caras esperanzas. Porque el respeto y las normas sólo adquieren
vigencia allí donde el amor, el entusiasmo, la entrega total a la gran misión,
ya no pueden aspirar a determinar las relaciones humanas.
Y como el respeto es siempre el respeto a la diferencia, sólo
puede afirmarse allí donde ya no se cree que la diferencia puede disolverse en
una comunidad exaltada, transparente y espontánea, o en una fusión amorosa. No
se puede respetar el pensamiento del otro, tomarlo seriamente en consideración,
someterlo a sus consecuencias, ejercer sobre él una crítica, válida también en
principio para el pensamiento propio, cuando se habla desde la verdad misma,
cuando creemos que la verdad habla por nuestra boca, porque entonces el
pensamiento del otro sólo puede ser error o mala fe; y el hecho mismo de su diferencia
con nuestra verdad es prueba contundente de su falsedad, sin que se requiera
ninguna otra.
Nuestro saber es el mapa de la realidad y toda línea que se
separe de él sólo puede ser imaginaria o algo peor: voluntariamente torcida por
inconfesables intereses. Desde la concepción apocalíptica de la historia, las
normas y las leyes de cualquier tipo, son vistas como algo demasiado abstracto
y mezquino frente a la gran tarea de realizar el ideal y de encarnar la
Promesa; y por lo tanto sólo se reclaman y se valoran cuando ya no se cree en
la misión incondicionada.
Lo que ocurre cuando sobreviene la gran des idealización no
es que se aprenda a valorar positivamente lo que tan alegremente se había
desechado o estimado sólo negativamente; lo que sucede entonces, casi siempre,
es una verdadera ola de pesimismo, escepticismo y realismo cínico. Se olvida entonces
que la crítica a una sociedad injusta, basada en la explotación y en la
dominación de clase, era fundamentalmente correcta y que el combate por una
organización social racional e igualitaria sigue siendo necesario y urgente. A
la des idealización sucede el arribismo individualista, que además piensa que
ha superado toda moral por el sólo hecho de que ha abandonado toda esperanza de
una vida cualitativamente superior.
Lo más difícil, lo más importante, lo más necesario, lo que
de todos modos hay que intentar, es conservar la voluntad de luchar por una
sociedad diferente, sin caer en la interpretación paranoide de la lucha. Lo
difícil, pero también lo esencial es valorar positivamente el respeto y la
diferencia, no como un mal menor y un hecho inevitable, sino como lo que
enriquece la vida e impulsa la creación y el pensamiento, como aquella sin lo
cual una imaginaria comunidad de los justos cantaría el eterno hosanna del
aburrimiento satisfecho.
Hay que poner un gran signo de interrogación sobre el valor
de lo fácil; no solamente sobre sus consecuencias, sino sobre la cosa misma,
sobre la predilección por todo aquello que no exige de nosotros ninguna
superación, ni nos pone en cuestión, ni nos obliga a desplegar nuestras
posibilidades. Hay que observar con cuánta desgraciada frecuencia nos otorgamos
a nosotros mismos, en la vida personal y colectiva, la triste facilidad de
ejercer lo que llamaré una no reciprocidad lógica; es decir, el empleo de un
método explicativo completamente diferente cuando se trata de dar cuenta de los
problemas, los fracasos y los errores propios, y los del otro cuando es
adversario o cuando disputamos con él.
En el caso del otro aplicamos el esencialismo: lo que ha
hecho, lo que le ha pasado es una manifestación de su ser más profundo; en
nuestro caso aplicamos el circunstancialismo, de manera que aun los mismos
fenómenos se explican por las circunstancias adversas, por alguna desgraciada
coyuntura. Él es así: yo me vi obligado. El cosechó lo que había sembrado; yo
no pude evitar este resultado. El discurso del otro no es más que un síntoma de
sus particularidades, de su raza, de su sexo, de su neurosis, de sus intereses
egoístas; el mío es una simple constatación de los hechos y una deducción
lógica de sus consecuencias. Preferiríamos que nuestra causa se juzgue por los
propósitos y la adversaria por los resultados.
Cuando de este modo nos empeñamos en ejercer esa no
reciprocidad lógica que es siempre una doble falsificación, no sólo
irrespetamos al otro, sino también a nosotros mismos, puesto que nos negamos a
pensar efectivamente el proceso que estamos viviendo. La difícil tarea de
aplicar un mismo método explicativo y crítico a nuestra posición y a la
opuesta, no significa desde luego que consideremos equivalentes las doctrinas,
las metas y los intereses de las personas, los partidos, las clases y las
naciones en conflicto.
Significa, por el contrario, que tenemos suficiente confianza
en la superioridad de las causas que defendemos, como para estar seguros de que
no necesita, ni le conviene esa doble falsificación con la cual, en verdad,
podría defenderse cualquier cosa. En el carnaval de miseria y derroche propio
del capitalismo tardío, se oye a la vez lejana y urgente la voz de Goethe y
Marx que nos convocan a un trabajo creador, difícil, capaz de situar al
individuo concreto a la altura de las conquistas de la humanidad. Dostoyewski
nos enseñó a mirar hasta dónde van las tentaciones de tener una fácil relación
interhumana: van no sólo en el sentido de buscar el poder, ya que, si no se
puede lograr una amistad respetuosa en una empresa común, se produce lo que se
llama intereses compensatorios: la búsqueda de jefes, el deseo de ser vasallos,
el anhelo de encontrar a alguien que nos libere de una vez por todas del
cuidado de que nuestra vida tenga un sentido.
Dostoyewski entendió hace más de un siglo, que la dificultad
de nuestra liberación procede de nuestro amor a las cadenas. Amamos las
cadenas, los jefes líderes, las seguridades, porque nos evitan la angustia de
la razón. Pero en medio del pesimismo de nuestra época se sigue desarrollando
el pensamiento histórico, el psicoanálisis, la antropología, el marxismo, el
arte y la literatura. En medio del pesimismo de nuestra época surge la lucha de
los proletarios, que ya saben que un trabajo insensato no se paga con nada, ni
con promesas o esperanzas fallidas, ni discursos, caricias o habalanzas. Surge
la rebelión magnífica de las mujeres, que no aceptan una situación de
inferioridad a cambio de halagos y protecciones; surge la insurrección
desesperada de los jóvenes, que no pueden aceptar el destino que se les ha
fabricado.
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