LA MUERTE ME
LLEVO A LA IGLESIA (Parte CINCO)
RAMÓN ANTONIO
LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI
Diplomado y
Maestría en desarrollo Humano FESC- UNAM
Los padres de
la iglesia nos dicen que la raíz de todas las pasiones es el egoísmo. El amor
enfermo en nosotros mismos. Rara vez valoramos lo que tenemos en nuestras
manos. Nos quejamos constantemente de lo que nos falta. El amor propio
convierte en propiedad la presencia de los demás en nuestra vida. Rara vez
amamos realmente a la otra persona, sobre todo la usamos.
No
experimentamos las cosas y las personas en nuestras vidas como regalos, sino
como nuestra propiedad y, extensiones de nuestro yo narcisista. Nuestros hijos
se convierten en una extensión de nosotros mismos, queremos que realicen
nuestros propios sueños y deseos. La pareja para cubrir nuestros vacíos y
heridas, lo espiritual como muleta para nuestra irresponsabilidad y la religión
como escondite para nuestra cobardía.
Dirás que
Dios se esconde cuando lo necesitas. Tal parece que el nuevo grito desesperado
de la sociedad es ¡Si, creo en Dios, pero no en los Sacerdotes! Argumentan que,
para estar cerca de Dios, no son necesarios los sacerdotes, no hay necesidad de
sacerdotes, misas, iglesias y formalidades y rituales. Podría comparar a la
Iglesia como un hospital a donde acuden a curarse. También hay gente que nunca
pone un pie en una Iglesia, sea porque no cree, la desprecia, no está de
acuerdo en su manejo, el sacerdote los ha alejado.
Ser sacerdote
es una profesión, como un profesor en una escuela, un médico en un hospital y
al igual que ellos en la profesión de sacerdote como el ciertos médicos o
profesores llegan a creerse Dios. Creen que sin ellos la institución no vive
por eso terminan con su cabeza adulterada. Si, fuera cierta la idea de que al
morir se salvara tu alma, creo que tanto dentro de un templo o fuera del mismo
sucederá y es lógico con tantas personas que no son católicas ¿A dónde van sus
almas?
Para muchos
es una institución que viene del pasado, tiene que ver con sociedades en las
que la religión jugaba un papel importante, ya que se basaba en el
desconocimiento del mundo por parte de las personas. Así, el sacerdote, a quien
se consideraba poseedor de conocimientos que tenían que ver no sólo con la
vida, sino principalmente con lo trascendental, con Dios, la eternidad, la
intervención de Dios en el mundo, la interpretación de su voluntad a los
hombres, gozaba de un prestigio y respeto especiales.
Las personas,
lo que no podían interpretar, especialmente el dolor, la enfermedad y la
muerte, querían recibir consuelo del sacerdote, y éste, considerando la
súplica, respondía en base a su poco o mucho conocimiento.
Hoy, sin
embargo, el mundo ha progresado. La ciencia ha explicado muchas cosas.
Principalmente ha dado respuestas a los mecanismos del dolor y de la muerte,
mientras que el humano, utilizando los medios tecnológicos que le ha dado la
ciencia, ha superado muchos miedos que lo abrumaban en el pasado. Así, siente
que no necesita al sacerdote para que lo consuele o lo conecte con lo
trascendente, sino que está convencido “de que Dios está dentro suyo, y no
ocupa al sacerdote para conectarse con él”
Muchos, nuevamente,
consideran al sacerdote como el guardián y salvador de una tradición cultural y
espiritual. Esto significa que el sacerdote es un elemento de la antigua vida
comunitaria. Los sacerdotes están en nuestros días en las ceremonias
religiosas, atendiendo a enfermos terminales, fiestas populares, por lo que son
un bien o un mal necesarios, según se tenga conciencia. El sacerdote, como
exponente del ritual religioso, está asociado a los grandes acontecimientos de
la vida humana, el bautismo, el matrimonio, la muerte. Las celebraciones y los
grandes acontecimientos de la vida.
El sacerdote
es el administrador de los bienes parroquiales y eclesiásticos, el que puede
encauzarlos hacia los necesitados y desfavorecidos, es el exponente de una
política asistencialista. El sacerdote es así útil, ahí es donde se encuentra
la parte más esencial de su misión. No les interesa el contenido metafísico de
la fe, de la salvación, del Reino de Dios, sino de su contenido social.
El sacerdote
se convierte en el brazo que guiará a las personas que creen en Cristo y son
miembros de la Iglesia, para mostrar solidaridad y amor. La Iglesia vale tanto
como da, y si los sacerdotes se concretan en dar servicios por paga nunca será
suficiente para atraer a el templo a los creyentes.
El sacerdote
es un elemento social valorado como de alta jerarquía moral. Las personas, para
poder convivir, necesitan estar imbuidas de un espíritu de respeto mutuo y
mantener ciertas tradiciones, que aseguren la aceptación social. El sacerdote,
con su palabra y los principios morales del mensaje evangélico, guía moralmente
a las personas, como ciertamente la violación de las leyes humanas ha sido
ligada a la violación de las leyes divinas. Por lo tanto, el pecado también
actúa como elemento disuasorio a nivel social. Y no solo eso.
Los
principios morales protegen al hombre de la desesperación, a la que conduce el
vacío moral. Una vida sin barreras morales, es una vida que no da sentido y
propósito al humano.
La iglesia no
cambia sus posturas. El mundo está cambiando en todos sus aspectos: las formas
de producción, los hábitos, la estética, las variaciones en las relaciones
interpersonales, las familias están cambiando. Nuestra tolerancia por la
diversidad se está ampliando. Por otro lado, el sentimiento religioso no se
calma. La gente sigue buscando una salida existencial en la fe. La Iglesia se
basa en la fe, pero normalmente se combina con un modelo de vida conservador,
que quizás en algunos aspectos no parece compatible con la forma en que
definimos la forma de vida moderna y los derechos de las personas en ella.
Esto plantea
la cuestión de un difícil equilibrio entre no perder el contacto con un mundo
cambiante y mantener su coherencia interna. Varias "tentaciones"
nacen en este paisaje. Y una de ellas es elegir un camino que se pueda
calificar de “extrema derecha religiosa”. Nadie le está pidiendo a la Iglesia
que cambie sus puntos de vista o modifique su doctrina.
Los creyentes
tienen derecho a aceptar los compromisos que impone la fe, aunque todos sabemos
que en la práctica la Iglesia es más indulgente y abierta. Debería tratarse de
amor y no de odio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario