viernes, 15 de septiembre de 2023

 

LA MUERTE ME LLEVO A LA IGLESIA (Parte CINCO)

RAMÓN ANTONIO LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI

Diplomado y Maestría en desarrollo Humano FESC- UNAM

Los padres de la iglesia nos dicen que la raíz de todas las pasiones es el egoísmo. El amor enfermo en nosotros mismos. Rara vez valoramos lo que tenemos en nuestras manos. Nos quejamos constantemente de lo que nos falta. El amor propio convierte en propiedad la presencia de los demás en nuestra vida. Rara vez amamos realmente a la otra persona, sobre todo la usamos.

No experimentamos las cosas y las personas en nuestras vidas como regalos, sino como nuestra propiedad y, extensiones de nuestro yo narcisista. Nuestros hijos se convierten en una extensión de nosotros mismos, queremos que realicen nuestros propios sueños y deseos. La pareja para cubrir nuestros vacíos y heridas, lo espiritual como muleta para nuestra irresponsabilidad y la religión como escondite para nuestra cobardía.

Dirás que Dios se esconde cuando lo necesitas. Tal parece que el nuevo grito desesperado de la sociedad es ¡Si, creo en Dios, pero no en los Sacerdotes! Argumentan que, para estar cerca de Dios, no son necesarios los sacerdotes, no hay necesidad de sacerdotes, misas, iglesias y formalidades y rituales. Podría comparar a la Iglesia como un hospital a donde acuden a curarse. También hay gente que nunca pone un pie en una Iglesia, sea porque no cree, la desprecia, no está de acuerdo en su manejo, el sacerdote los ha alejado.

Ser sacerdote es una profesión, como un profesor en una escuela, un médico en un hospital y al igual que ellos en la profesión de sacerdote como el ciertos médicos o profesores llegan a creerse Dios. Creen que sin ellos la institución no vive por eso terminan con su cabeza adulterada. Si, fuera cierta la idea de que al morir se salvara tu alma, creo que tanto dentro de un templo o fuera del mismo sucederá y es lógico con tantas personas que no son católicas ¿A dónde van sus almas?

Para muchos es una institución que viene del pasado, tiene que ver con sociedades en las que la religión jugaba un papel importante, ya que se basaba en el desconocimiento del mundo por parte de las personas. Así, el sacerdote, a quien se consideraba poseedor de conocimientos que tenían que ver no sólo con la vida, sino principalmente con lo trascendental, con Dios, la eternidad, la intervención de Dios en el mundo, la interpretación de su voluntad a los hombres, gozaba de un prestigio y respeto especiales.

Las personas, lo que no podían interpretar, especialmente el dolor, la enfermedad y la muerte, querían recibir consuelo del sacerdote, y éste, considerando la súplica, respondía en base a su poco o mucho conocimiento.

Hoy, sin embargo, el mundo ha progresado. La ciencia ha explicado muchas cosas. Principalmente ha dado respuestas a los mecanismos del dolor y de la muerte, mientras que el humano, utilizando los medios tecnológicos que le ha dado la ciencia, ha superado muchos miedos que lo abrumaban en el pasado. Así, siente que no necesita al sacerdote para que lo consuele o lo conecte con lo trascendente, sino que está convencido “de que Dios está dentro suyo, y no ocupa al sacerdote para conectarse con él”

Muchos, nuevamente, consideran al sacerdote como el guardián y salvador de una tradición cultural y espiritual. Esto significa que el sacerdote es un elemento de la antigua vida comunitaria. Los sacerdotes están en nuestros días en las ceremonias religiosas, atendiendo a enfermos terminales, fiestas populares, por lo que son un bien o un mal necesarios, según se tenga conciencia. El sacerdote, como exponente del ritual religioso, está asociado a los grandes acontecimientos de la vida humana, el bautismo, el matrimonio, la muerte. Las celebraciones y los grandes acontecimientos de la vida.

El sacerdote es el administrador de los bienes parroquiales y eclesiásticos, el que puede encauzarlos hacia los necesitados y desfavorecidos, es el exponente de una política asistencialista. El sacerdote es así útil, ahí es donde se encuentra la parte más esencial de su misión. No les interesa el contenido metafísico de la fe, de la salvación, del Reino de Dios, sino de su contenido social.

El sacerdote se convierte en el brazo que guiará a las personas que creen en Cristo y son miembros de la Iglesia, para mostrar solidaridad y amor. La Iglesia vale tanto como da, y si los sacerdotes se concretan en dar servicios por paga nunca será suficiente para atraer a el templo a los creyentes.

El sacerdote es un elemento social valorado como de alta jerarquía moral. Las personas, para poder convivir, necesitan estar imbuidas de un espíritu de respeto mutuo y mantener ciertas tradiciones, que aseguren la aceptación social. El sacerdote, con su palabra y los principios morales del mensaje evangélico, guía moralmente a las personas, como ciertamente la violación de las leyes humanas ha sido ligada a la violación de las leyes divinas. Por lo tanto, el pecado también actúa como elemento disuasorio a nivel social. Y no solo eso.

Los principios morales protegen al hombre de la desesperación, a la que conduce el vacío moral. Una vida sin barreras morales, es una vida que no da sentido y propósito al humano.

La iglesia no cambia sus posturas. El mundo está cambiando en todos sus aspectos: las formas de producción, los hábitos, la estética, las variaciones en las relaciones interpersonales, las familias están cambiando. Nuestra tolerancia por la diversidad se está ampliando. Por otro lado, el sentimiento religioso no se calma. La gente sigue buscando una salida existencial en la fe. La Iglesia se basa en la fe, pero normalmente se combina con un modelo de vida conservador, que quizás en algunos aspectos no parece compatible con la forma en que definimos la forma de vida moderna y los derechos de las personas en ella.

Esto plantea la cuestión de un difícil equilibrio entre no perder el contacto con un mundo cambiante y mantener su coherencia interna. Varias "tentaciones" nacen en este paisaje. Y una de ellas es elegir un camino que se pueda calificar de “extrema derecha religiosa”. Nadie le está pidiendo a la Iglesia que cambie sus puntos de vista o modifique su doctrina.

Los creyentes tienen derecho a aceptar los compromisos que impone la fe, aunque todos sabemos que en la práctica la Iglesia es más indulgente y abierta. Debería tratarse de amor y no de odio.

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