lunes, 1 de septiembre de 2025

 

REGRESO A CLASES “¿MAESTROS, Y PADRES?”

LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI RAMÓN ANTONIO

Ex Director de le escuela Normal del Pacifico – Ex Director General del Instituto Pedagógico Hispanoamericano.

Tenemos el regreso a clases, y todo padre sueña con tener el mejor profesor para sus hijos. Si bien es difícil evaluar el nivel de conocimientos que ofrece un profesor, sin duda vale la pena prestar atención a su comportamiento con los alumnos. En el marco de la educación escolar, un niño tiene derecho a la inviolabilidad de su persona, a la protección de sus límites y a la inviolabilidad de sus bienes. Si un niño le dice que un profesor se comporta agresivamente, le quita sus cosas sin pedir permiso y las tira con rudeza. Un maestro no tiene derecho a quitarle sus cosas al niño bruscamente “El maestro no tiene derecho a acercarse, quitarle algo al niño, esconderlo y no devolvérselo”

Tampoco debe tirarlo ni romperlo, ya sea intencionalmente o por acciones bruscas. Preste atención a lo que dice el niño al regresar de la escuela. Si un profesor comete tales actos, ya es ilegal, y el niño, junto con sus padres, tiene derecho a defender sus derechos. Un maestro no tiene ningún derecho a insultar, humillar, a los niños, o a un niño en especial. No puede llamarlo tonto, fracasado, ignorante (Maestro tóxico) Los padres criados por profesores tóxicos no siempre prestan atención a tales palabras, se ríen, o avalan esos comportamientos recordando los castigos que recibían de su maestro siendo niño en la escuela, sobre todo cuando se dirigen a los hijos de otros.

Pero vale la pena prestar atención al hecho de que su hijo habla periódicamente de que el profesor insulta a los estudiantes diciendo cosas despectivas sobre ellos, por ejemplo, al evaluar sus capacidades mentales, comete acciones que humillan al niño, por ejemplo, le prohíbe ir al baño, obliga al niño a realizar acciones absurdas que lo humillan, por ejemplo, pedirle que cante, baile, sirva de payaso en medio de la clase, es inaceptable. Un castigo público, como obligar a un niño a pararse en un rincón frente a toda la clase, causa un daño grave. Crea una sensación de humillación, reduce la autoestima y puede provocar el rechazo de sus compañeros, lo que puede convertir al niño en víctima de acoso escolar en el futuro.

En esencia, con estas acciones, el profesor demuestra al resto del alumnado que este niño puede ser humillado. Ignorar necesidades básicas, como pedir ir al baño, es percibido por el niño como una privación del derecho al respeto y la seguridad. Esto también aumenta el nivel de estrés y puede reforzar una actitud negativa hacia la escuela en general. Desde la perspectiva del respeto, estas acciones también son inaceptables. Un profesor no tiene derecho a insultar a los padres de un alumno ni a revelar información personal. Por ejemplo, si sabe que el niño es adoptado, pero este lo desconoce. Revelar esta información se considera revelar el secreto de la adopción y constituye un delito penal.

Esto también puede incluir cualquier otra declaración de información no pública sobre el estudiante que debería haber permanecido en secreto. Un profesor debe tener especial cuidado con sus palabras, porque el acoso a un estudiante a menudo comienza con una sugerencia del profesor. Los maestros tienen estrictamente prohibido ser cómplices del abuso psicológico o emocional. Desafortunadamente, a menudo un maestro se permite ser sarcástico, burlón o despectivo con un estudiante. Al hacerlo, en realidad da permiso a sus compañeros para que lo acosen. Algunos maestros faltos de pedagogía, castigan a toda la clase por la mala acción de uno.

 Si hablamos de manera más amplia sobre la legalidad de las acciones en relación con toda la clase, es una situación en la que un profesor castiga a todos por culpa de un estudiante. Por ejemplo, obligar a toda la clase a permanecer de pie durante toda la clase porque alguien habló, o a realizar ejercicios humillantes como sentadillas. Estos métodos son inadecuados e indican que el profesor está en el lugar equivocado o no comprende que su trabajo es enseñar, no aplicar medidas correccionales. Ningún profesor tiene derecho a ejercer violencia física sobre un estudiante. Esto incluye empujar, golpear, abofetear e incluso intentar agarrar a un niño de la mano y sujetarlo por la fuerza.

Quizás a tu alrededor haya quienes recuerden cómo un profesor golpeaba una mesa con una regla, llamando la atención e ignorando que podía golpear a un niño en la mano, quizás recuerdes a una maestra golpeándote los nudillos de la mano con su borrador, o dándote con una regla en la mano, jalarte de los pelos “Diablillos” a un lado de la oreja. Tambien existe un grave problema con profesores de secundaria que muestran interés sexual por pubertas de tercero grado. Este interés, malsano debe tomarse en serio.

Ningún profesor debe tocar a una pubertá, o puberto: abrazar, tocar por debajo de la cintura, hacer un cumplido o una broma íntima, o hacer preguntas sobre la vida personal con prejuicios. Todo esto no solo es inaceptable, sino que también conlleva responsabilidad penal. A veces, un profesor puede tener una actitud sesgada hacia un alumno en particular. Esto puede deberse a que el niño proviene de una familia adinerada, viste bien, tiene una vida que a simple vista es cara. El profesor en su deformación personal que sufrió en su niñez le baja las calificaciones, llama a sus padres para quejarse el niño, o estudiante, con más frecuencia y a permitir que otros niños se burlen de él. Esta situación ya es un conflicto en sí misma.

Tambien se dan los casos en que el profesor asume una actitud negativa hacia un niño, o estudiante por ser gordo, su apariencia deja que desear de acuerdo al criterio del profesor, es torpe, usa lentes, padece una discapacidad, etc.  El profesor, al hacerlo patente y referirse al niño, o burlarse de esto o permite que otros niños se rían, en realidad provoca el acoso escolar. Esto también es un conflicto que proviene del profesor. Algunos adolescentes, en tercero de secundaria y preparatoria, queriendo destacar y ganar autoridad, empiezan a ofender o humillar al profesor, son groseros e ignoran los comentarios. De esta manera, demuestran que no ceden ante su autoridad, ya que el profesor intenta exigirles responsabilidades.

El problema es que cuando los padres son llamados por el profesor, o la dirección de la escuela, a menudo no ven nada malo en el comportamiento grosero de sus hijos, ya sea porque se comunican de la misma manera en casa o porque son sobreprotectores. Como resultado, se ponen de su lado. Pero esto genera un conflicto, porque el profesor sigue siendo una autoridad y debe ser respetado, le caiga bien o no al alumno. Y son los padres quienes deben explicárselo al hijo. Tambien hay niños que llegan a la escuela primaria convertidos en malcriados, y que nadie puede influir en ellos, no escucha, se inquieta, responde al profesor con rudeza, puede levantarse en medio de la clase e irse, tirar una mochila, patearla, pellizca a uno de sus compañeros, golpea, daña la propiedad ajena.

El maestro intenta transmitirles a los padres que el niño es incontrolable, que no le han inculcado los principios básicos: no puede golpear a otros niños, no puede ser grosero con el maestro. Sin embargo, los padres lo defienden, negándolo “Todo está bien, no hay de qué preocuparse”. Como resultado, el niño no recibe explicaciones, castigos ni consecuencias por su comportamiento. Los padres creyendo ayudar y apoyar al hijo se molestan y empiezan la presión sobre el maestro, pero no hacen nada con el niño, hasta que se llega la situación de que se solicita a la supervisión escolar la expulsión del niño de esa escuela. Cada situación debe abordarse individualmente, pero lo principal es prestar atención al estado de ánimo con el que el niño asiste a la escuela y a lo que él y sus compañeros dicen del profesor.

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